Entrevista | Finalista de la Bienal Vargas Llosa:
Renato Cisneros el hijo del villano

Durante diez años, el escritor peruano investigó la vida de su padre, el "Gaucho" Cisneros, un general decisivo durante la dictadura de los 70 y la lucha contra Sendero Luminoso. El resultado es la inquietante y conmovedora novela "La distancia que nos separa".  

Roberto Careaga C. 

"¿Sabes si él eliminó o mandó a eliminar a alguien?", le preguntó el escritor Renato Cisneros al general Belisario Schwartz mientras almorzaban en un restaurante de Lima. Enfrente tenía al ex jefe de inteligencia de la dictadura de Francisco Morales Bermúdez, uno de los mejores amigos de su padre y hacia allá iba su pregunta: quería saber si su padre había matado a alguien. Razones no le faltaban: su papá fue el general Luis Felipe Cisneros, el "Gaucho", implacable ministro del Interior durante el gobierno militar de los años 70, y en los 80, a cargo del Ministerio de Guerra de Fernando Belaúnde Terry, un intenso promotor de una lucha a muerte contra Sendero Luminoso. "Si lo hizo, lo hizo tan bien que nadie se enteró", le respondió Schwartz.

La curiosidad de Cisneros (Lima, 1976) no era solo una cuestión personal, también era literaria. Desde la muerte de su padre, en 1995, supo que tenía que escribir sobre él. Antes de saber qué libro hacer se convirtió en periodista, trabajó en televisión y radio, publicó poemarios y novelas, hasta que un psicólogo le preguntó por sus padres. Entonces empezó a hacer preguntas, remover recuerdos, abrir archivos, develar secretos hundidos en la familia. Y así estuvo una década.

Lo que salió de esa investigación es La distancia que nos separa , una novela que recién estuvo disputando el premio de la II Bienal Mario Vargas Llosa. Se trata de un relato perturbador y conmovedor: el lado íntimo, frágil y sentimental de un hombre temible e inclemente, amigo y colaborador de la primera plana de la dictadura argentina de Videla y admirador de Pinochet, que impuso una ley de hierro en Perú. Un hombre al que el hijo no conocía del todo.

Junto a Jeremías Gamboa, Carlos Yushimito y Diego Trelles, entre otros, Cisneros es parte de una nueva constelación de narradores peruanos. Según él, ya lejos de la sombra de Vargas Llosa, están en sintonía con el tono de su generación en Latinoamérica: "Si en los años del boom estaba la obsesión por la novela total, lo que se está haciendo ahora es volcar la mirada hacia la intimidad. Y hablar con más desparpajo de aquellas cosas que biográficamente a uno lo han tocado", dice el escritor, que parece haber mezclado ambas ambiciones en La distancia que nos separa : aunque su escritura es siempre biográfica, al iluminar a la figura fue su padre incluye de soslayo un relato de las crisis políticas que han marcado a su país en las últimas décadas.

Aunque Cisneros hoy está seguro de que su novela es de ese tipo de "libros que responden algunas preguntas, pero que dejan abiertas otras que nadie contestará", alguna vez trató de contarlo todo. "Originalmente el libro tenía 700 páginas. Era una saga familiar. Creía que si quería comprender los mecanismos de la relación que tuve con mi padre necesitaba entender los mecanismos que él tuvo con mi abuelo. Y mientras más retrocedía en el tiempo me iba encontrando con historias delirantes, amores prohibidos, hasta que di con el tótem de mi familia paterna: mi tatarabuelo era un cura que tuvo 7 hijos con una mujer", cuenta. "Decidí dejar esa historia para otra novela. Pero ese va a ser un libro bastante menos doloroso que el de mi padre", agrega.

-¿Fue muy doloroso escribir este?

-Sí. La escritura del libro fue la lucha constante entre el hijo que no quería descubrir más cosas y que se horrorizaba o indignaba ante ciertos hallazgos, y el escritor que quería seguir escarbando y encontraba muy útiles y dramáticos ciertos hechos que el hijo repelía. Eso fue lo doloroso. No le recomiendo a nadie que husmee en los cajones secretos de sus padres si no hay detrás de esa curiosidad una obsesión tan neurótica como escribir una novela. Porque, si no, puede ser todo muy dañino, muy tóxico, y eso explica que la mayoría de los hijos se contenta con la versión que escucha de sus padres respecto de quienes son y quienes fueron.

-¿Temió encontrarse con verdades que no pudiera soportar mientras avanzaba en la investigación de los años más duros de su padre?

-Había un asunto que me había obsesionado y era saber si mi padre había mandado a hacer alguna ejecución puntual. Supe que participó indirectamente de la Operación Cóndor y que facilitó la captura de argentinos que estaban refugiados en Perú. Fueron años que yo no quería juzgar, pero sí de los cuales quería saber cada vez más. Lo que supe, ya después de que el libro había salido y me dolió enterarme tardíamente, es algo que escribió Julio Ramón Ribeyro. Cuando supe que ambos habían coincidido en París en 1978, 1979, me comuniqué con su viuda y ella me dijo que él no había escrito sobre mi padre en sus diarios. Pero al mes de publicar la novela aparece un ratón de biblioteca que me manda un correo diciéndome que en la página 267 de La tentación del fracaso hay dos anotaciones sobre mi padre. Una de ellas es genial y oscura: habla de una confesión que le hace mi padre de haber mandado a torturar a alguien. Como hijo me espantó, pero como escritor me dio rabia no haberlo encontrado antes.

-No deja de ser raro que se lo haya confesado a un escritor.

-Estaban en París, mi padre como agregado militar, Ribeyro estaba en un cargo oficial. Subrayaría que después del tercer o cuarto whisky surge la confesión. Pero yo siento que mi padre no hablaba por hablar, sino que le gustaba reforzar esa idea de que él era el hombre duro y fuerte del ejército peruano en esos años.

-Usted ha tenido una carrera pública como periodista, ¿tuvo efectos ser el hijo del "Gaucho" Cisneros?

-Hasta hoy por Twitter hay gente que me dice "así que eras hijo del carnicero". Hay una estela oscura en el personaje que él encarnó. Pero siempre fue una relación que yo reconocí. No reniego de haber sido hijo del "Gaucho" Cisneros. Antes lo defendía públicamente, porque desconocía muchas cosas y ya luego me di cuenta de que no tenía que ser un abogado público de él, sino que mi papel era otro. En sociedades como las nuestras se vive mucho de la idea de que el hijo tiene que honrar al padre y su ideología. Pero creo que habla muy bien de mi padre que yo sea tan distinto a él y que halla escrito un libro como este, donde él no está ni justificado, ni sublimado, sino simplemente expuesto.

-No hay muchos libros como "La distancia que nos separa", en que un hijo de un miembro importante de una dictadura investigue sin titubeos a su padre. Al menos, en Chile no hay.

-Lo más cercano que yo encontré fue Correr el tupido velo , de Pilar Donoso, pero es una figura literaria. Me costó mucho encontrar novelas de hijos cuyos padres habían sido militares. Por lo general, los que suelen hablar son los hijos de los desaparecidos, de los asesinados, pero no los hijos de los villanos. Y si es que hablan, lo hacen para defender a sus padres. Incluso busqué literatura europea, en los hijos de los oficiales nazis de la Segunda Guerra Mundial, pero encontré muy poco. Con los años me di cuenta de que si hay algo que le debo al personaje poliédrico y complejo que fue mi padre, fue dejarme un personaje. Fue muy importante hablar de él como si no fuera mi padre, sino como una construcción hecha a partir de los hallazgos, de los recuerdos, de las memorias tergiversadas.

 


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Foto:EFE

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