Ensayo | La historia de un marginal
Sarlo consagra a un invisible

Por años considerado un autor casi secreto, Juan José Saer surgió a contrapelo del boom con una narrativa poética y personal. La influyente intelectual argentina Beatriz Sarlo pone otro ladrillo en su reconocimiento definitivo en el libro Zona Saer , donde lo sitúa como "el gran escritor de la segunda mitad del siglo XX argentino".  

Roberto Careaga C. 

Un día de julio del año pasado, Beatriz Sarlo y Fabián Casas tomaban un café cuando él, de pronto, le lanzó una propuesta: "¿Por qué no escribís un libro sobre Saer, como el que escribiste sobre Borges?". Prácticamente solo bastó que el escritor formulara la pregunta para que ella, acaso la crítica más decisiva de la cultura argentina, supiera la respuesta: "De inmediato me di cuenta de que eso era lo que quería hacer", cuenta en los agradecimientos de Zona Saer , justamente el libro que surgió de esa idea casual: como lo hizo con Jorge Luis Borges en el volumen que le dedicó en 1992, en este título que acaba de publicar Ediciones UDP, Sarlo sitúa ese lugar tan personal que Juan José Saer (1937-2005) ocupó en la narrativa transandina. Un lugar extemporáneo y marginal que -anota Sarlo- lo llevó a ser el "gran escritor de la segunda mitad del siglo XX argentino".

Por años considerado un autor secreto, Saer surgió silenciosamente en los 60 con una escritura de sustento poético, hecha de digresiones y repeticiones, casi siempre ancladas en la ciudad de Santa Fe, que dio novelas tan alabadas e influyentes como El limonero real (1974), Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983) o La grande (2005). Al momento de morir, gozaba de un inequívoco reconocimiento, pero la sombra del boom latinoamericano había oscurecido su nombre por años. "Saer no fue un gran ensayista, ni una figura pública, a lo Cortázar o a lo Vargas Llosa; tampoco era demasiado bueno en los reportajes ni en las conferencias. Como Onetti fue, simplemente, un escritor descomunal", escribe Sarlo, que añade más allá: "Está claro que Saer escribió al margen de esa nueva literatura -el boom-, que no tenía nada que ver con ella, que no le interesaba".

Escrito desde el asombro y evitando el lenguaje académico, en Zona Saer Sarlo reconstruye la trayectoria de su obra y, cuando es necesario, también la biografía del escritor. En el momento de mayor precisión llega a incluir mapas de Santa Fe, anotando los lugares de su obra. Lo sitúa en relación a Borges, y también a sus contemporáneos, como Manuel Puig o Antonio Di Benedetto. Y aunque nunca deja de desmenuzar la obra de Saer, de fondo Sarlo también hace una crónica de las "prácticas de sociabilidad literaria" en Latinoamérica en las últimas décadas.

De hecho, Sarlo relata la manera en que Saer se alejó muy conscientemente de la "red de relaciones mundanas"de los escritores de los 60, cuando él también vivía en el París de Cortázar. "Saer observó con una ironía tranquila y con paciencia la consagración de los escritores latinoamericanos en los años sesenta. Creo que, de haber sido posible, no estaba dispuesto a intercambiar lugares con ellos, porque nunca se propuso escribir una literatura que pudiera ser colocada dentro del espacio narrativo del boom ni buscar su público", dice la crítica en un correo electrónico. Y agrega: "Los escritores que él admiraba, como Di Benedetto y Onetti no formaron parte de esa constelación literaria, aunque a Onetti se lo mencionara con relativa frecuencia. Saer, sencillamente, no formaba parte y, además, a nadie se le habría ocurrido invitarlo a esa fiesta. Era algunos años menor que Vargas Llosa o García Márquez, de modo que también podía pensar que no implicaba un gran sacrificio esperar su turno. Saer tenía una serena pero inconmovible confianza en lo que escribía y, esto me parece decisivo, no apreciaba demasiado la literatura que, en ese momento, recibía la mayor recepción de la crítica y del mercado. Estaba dispuesto y, al mismo tiempo, resignado a esperar su turno.

-Distante de Manuel Puig y Cortázar, y también del eco de Borges, ¿cuál es la zona literaria en que se sitúa Saer en la narrativa argentina?

-Si tuviera que darle un nombre, diría: la invención de un regionalismo no regionalista. Con esto quiero decir una literatura que prescinde del pintoresquismo y el costumbrismo de los regionalistas, pero, al mismo tiempo, es inconfundiblemente de "su Zona". No tiene rasgos dialectales, no es criollista. Y, sin embargo, no puede confundirse con la literatura escrita en Buenos Aires. Otros escritores tuvieron esa perspectiva sobre la lengua: Héctor Tizón, en casi todas sus novelas; Daniel Moyano y Haroldo Conti. Se trata de una respiración de la prosa, de un ritmo de la sintaxis. La lengua de Saer no es provinciana y, al mismo tiempo, conserva diferencias con las de la gran ciudad rioplatense. Saer crea otra región. Lo urbano de sus ficciones no tiene como escena Buenos Aires, sino Santa Fe. No es un porteño.

-Como usted plantea, Saer debió construir su obra teniendo en cuenta a Borges. ¿Opera aún la sombra de Borges en la escritura argentina?

-Por supuesto que una literatura que tiene a Borges tiene a uno de los grandes del siglo XX. Se podrá discutir a quienes acompaña Borges. Pero lo que es seguro es que Borges acompaña a los más grandes. Es imposible pensar el siglo XX sin Joyce, Proust, Faulkner, Kafka, Beckett y, por supuesto, Borges. Su influencia es grande, porque Borges, además, ha dado algunas de las claves de su propia lectura. Con Borges se aprende a leer a Borges. Por otra parte, muchos de los escritores argentinos hoy han pasado por la universidad y muchos son (como Martín Kohan o Carlos Gamerro, Alan Pauls o Sergio Chejfec) escritores y críticos al mismo tiempo. Conocen Borges como lectores y pueden analizarlo como especialistas formados en teoría, crítica e historia literaria. Este también fue, desde fines de los años setenta, el caso de Piglia, posiblemente el más afín al modelo borgeano. Dicho esto, es evidente que el peso de un escritor puede ser una felicidad fatal. Las relaciones estéticamente productivas siempre tienen al conflicto como su impulso, sobre todo en los momentos iniciales de la posteridad de un grande.

-Desde su mirada como crítica, esas "prácticas de sociabilidad literaria", a las que renunció Saer, ¿se han vuelto más relevantes hoy para el desarrollo de un escritor?

-La pregunta es sociológica y la respuesta debería intentar ese camino. El mercado literario tiene una expansión pese a la paralela expansión de las redes sociales y de otras formas de la lectura. Y las empresas que lo dirigen son grandes multinacionales que operan con criterios desconocidos hace medio siglo, cuando Sudamericana publicó a García Márquez como apuesta de un editor, Paco Porrúa, que también fue editor de Cortázar. Porrúa era un lector de gran gusto y gran intuición, no un técnico. Hoy el mercado se ha tecnificado para los bestsellers . Y también ha desarrollado estrategias de difusión de libros que no pertenecen a la lista de los "más de cien mil ejemplares". Los autores aprendieron a organizar su defensa estética en los suplementos culturales y en algunas ocasiones los dirigen. Hablan el uno del otro; se encuentran en las ferias y otros acontecimientos que garantizan una repercusión, un rebote periodístico e intercambios personales. Quizá el ejemplo más entusiasta de esta "sociabilidad" haya sido Bolaño. Con todo, son estrategias defensivas, porque del otro lado están los dragones de los "más de cien mil", que podrían quedarse con todo.

-Usted fue muy activa en el debate público en los años del kirchnerismo. ¿Qué huellas dejó en el terreno cultural y literario este periodo?

-Cuando concluyó la dictadura, muchos nos preguntamos de qué modo la literatura iba a procesar la historia reciente. Y, en efecto, decenas de obras de ficción se ocuparon de eso. El impacto de la dictadura era insoslayable (incluso en la obra de Saer). Pero no me inclino a periodizar la literatura por décadas políticas. Escribo regularmente notas sobre política y la literatura raras veces se me cruza cuando estoy ocupada con esas notas. La política entra a la literatura cuando es evidente que pesa como dimensión interna de un texto. Respecto de estos últimos quince años, solo podría mencionar libros más próximos a una literatura que tiene el deseo del mercado; es un deseo legítimo, como es legítimo que yo no la siga con la misma atención.

 


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Foto:TOMÁS LINCH

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