Cocinar las discrepancias

Joaquín García-Huidobro 

Con la llegada del invierno han vuelto las viejas tradiciones de la derecha chilena, concretamente las peleas de la UDI con Renovación Nacional. Esta vez los enojados son de RN, porque a última hora sus socios pusieron a Lavín a competir por la alcaldía de Santiago. Le llovió sobre mojado a Renovación, dado que en las primarias no había conseguido el resultado que esperaba. El público no ha visto con simpatía el retorno de este antiguo deporte de la centroderecha, y mucha gente está furiosa porque piensa que, a esta altura del partido, sus dirigentes ya debían haber aprendido algunas lecciones.

La cosa, sin embargo, todavía no llega a mayores, y me atreveré a proponerles a las directivas de ambos partidos un procedimiento de solución de esta y las futuras controversias. Aprovechando que, con la nueva ley de financiamiento de la política, los partidos tienen plata, les voy a recomendar un restaurante peruano increíble, poco conocido, en un lugar discreto y muy barato. Porque la buena política siempre se ha hecho alrededor de una mesa, aunque Camila, Boric y otros malhumorados se molesten.

Comiencen con un pisco peruano. No sé si saben que el pisco de ese país tiene una propiedad de la que carece el nuestro: refresca la memoria. Así se acordará RN del 14 de mayo de 2005, cuando levantó la candidatura presidencial de Sebastián Piñera, lo que dejó descolocado a quien entonces era la única carta de la centroderecha, Joaquín Lavín. Al final perdieron ambos, porque era la época de Bachelet la invencible. Y la UDI recordará la jugada que hizo para desbancar a Piñera en Valparaíso, hace también muchos años. En fin, verán que nadie tiene mucho que alegar, pero si acompañan el aperitivo con un ceviche de Piura (¡no de piure!) descubrirán que estas cosas no son muy graves. Al menos, ni nuestro Código Penal ni los Diez Mandamientos las prohíben.

Pasen después a una Gallina Tipakay para la UDI y un Pollo caramelizado con avellanas para RN. Verán cómo sus caras sombrías se iluminan, y empezarán a pensar en grande. Descubrirán que el enemigo no está allí, que tienen por delante un magnífico socio, al menos si miramos al resto del panorama político nacional. Comparen su situación con la de la Nueva Mayoría, donde el pobre Andrés Zaldívar o Carolina Goic tienen que sentarse a conversar con sofisticados conductores de retroexcavadoras. Ese solo pensamiento llevará a Hernán y Cristián a levantar sus copas, llenas de un vino no muy fuerte (les sugiero un Merlot), y decir un buen "¡salud, compadre!". Obviamente, el vino tendrá que ser chileno.

El vino no solo alegra el corazón, según enseña la Biblia (el más etílico de los libros importantes), sino que, en las dosis adecuadas, clarifica la mente. Los hará descubrir que, con la Nueva Mayoría delante, ganar la próxima elección presidencial es bastante menos complicado que enfrentar a Messi y a Di María. El equivalente al primero sería François Mitterrand y al segundo, Tony Blair. Nada de eso puede salir por ahora de La Moneda.

Estas constataciones, lejos de alegrar demasiado a nuestros comensales, los preocuparán un poco. Van a descubrir que el problema no es una primaria más o menos, o quién deberá derrotar a Tohá. La cuestión realmente importante es otra: de poco sirve ganar la próxima presidencial si no ha habido la preparación suficiente para gobernar. Esto exige hacer todas las tareas a tiempo, incluida la necesidad de tener muy buenas ideas para proponerle al país. Y en esto nuestros amigos todavía están al debe.

Pero un poco de susto no les vendrá mal a los presidentes de ambos partidos. Para compensarlo, le recomiendo a Cristián unos Guargüeros azucarados de Moquehua, mientras que a Hernán unos Prestiños de Huánuco o unos Higos rellenos de Huaura. Quizá entonces recuerden "La fiesta de Babette", esa gran película de Gabriel Axel, que muestra cómo una buena comida es capaz de hacer mejores a los hombres.

Y como a esa altura del almuerzo ya no tendrán discrepancias que resolver, podrán cambiar de tema y hablar del Brexit, que pone a Gran Bretaña y al resto de Europa en una situación más que difícil. Es lógico que les pasen estas cosas terribles: los ingleses no tienen a la vuelta de la esquina un buen restorancito peruano.

 


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