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Entrevista | Ficción sobre una vida real
Julian Barnes Su compromiso con Shostakóvich

Domingo 10 de julio de 2016

 

Foto:FRANCISCO JAVIER OLEA
El escritor británico ha alcanzado un nuevo éxito mundial con su más reciente novela, El ruido del tiempo , que tiene como protagonista al compositor ruso Dmitri Shostakóvich. Publicada por Anagrama, llegará a fines de este mes a las librerías chilenas. Poco dado a las entrevistas en el último tiempo, el autor de El sentido de un final -Premio Man Booker 2011- y Niveles de vida conversó con The Bookseller en la sede de su editorial inglesa.
 


CATHY RENTZENBRINK El Mundo / Derechos exclusivos 

E l ruido del tiempo, la última novela de Julian Barnes (Leicester, 1946), comienza en Leningrado en 1937, con el compositor Dmitri Shostakóvich de pie, frente al ascensor de su apartamento, fumando cigarrillos. Ha molestado a las autoridades con su última composición, la ópera Lady Macbeth Mtsensk, y espera ser arrestado por el NKVD soviético y llevado a la Casa Grande, de donde pocos regresan. Tiene la esperanza de que, si se queda en el rellano, evitará la indignidad de ser sacado de su cama, y ahorrará a su mujer y a su hijo el terror de ser testigos del momento en que los agentes del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos se lo lleven.

Al encontrarme con Julian Barnes en la oficina de su editorial, le pregunto si cree que su novela sobre la vida de Shostakóvich pertenece al género de la biografía ficcional. "No, yo lo llamaría ficción", responde sin duda alguna. "Creo que es una novela. Para mí la novela es un género increíblemente generoso. Siempre lo ha sido, especialmente en el mundo anglosajón".Hablamos de su investigación, de las diferencias entre el novelista y el biógrafo, y de lo que cada uno tiene que aprender del otro: "Gran parte del material que reuní es póstumo y procede de una sola fuente, así que no sé si Shostakóvich estaba en ese rellano, no sé en qué pensaba en ese rellano ni qué recordaba cuando estaba en ese rellano. Por eso no creo que esta sea una biografía de ficción. Es una ficción sobre una vida real. La ficción ha tratado a menudo sobre la vida real. En realidad, no me importa cómo lo llame la gente".

Barnes se siente responsable ante la verdad -en la medida en que la pueda encontrar-, tanto en los detalles -cuando escribe en la novela que Shostakóvich ha vomitado veintidós veces, o que acaba de ganar trescientos rublos en una partida, los números son escrupulosamente reales- como en la representación general: "Admiro profundamente su música y también lo admiro, lo he admirado siempre como ser humano. Siento la responsabilidad de retratarlo con tanta precisión como sea capaz, a la espera de que la gente se conmueva, se entristezca o se entusiasme con su vida".

Julian Barnes consideró al principio la posibilidad de inventarse a un compositor con un destino similar al de Shostakóvich, alguien que viviera en la estructura histórica y política que soportó el músico, pero al final creyó que sería menos verosímil. Se confiesa realmente satisfecho con el resultado: "Shostakóvich fue el compositor más sometido a amenazas y persecución por parte del Estado; en la vida privada de ningún otro compositor la presión del Estado fue tan fuerte. Así que pensé: démosle lo que se merece, démosle lo que le corresponde por su supervivencia".

La pasión rusa de Barnes

El interés de Julian Barnes por Rusia comenzó en 1961, cuando su escuela contrató a un profesor ruso por primera vez. Ahora, el autor de El loro de Flaubert recuerda: "Pensamos: 'un ruso, parece atractivo'". Estudió a un nivel básico el idioma, y más tarde lo siguió aprendiendo durante dos trimestres en la universidad. Además, cuenta, es la literatura que más ama, junto con la francesa.

El escritor lleva escuchando a Shostakóvich desde que tenía 18 años. "Fui a Moscú a esa edad, y regresé con varios LP rusos con carátulas de papel que entonces parecían sofisticadas... Todavía los tengo. Después, en cierto momento, leí Testimonio , que es una versión de sus memorias [Shostakóvich se las dictó al musicólogo Solomon Volkov y fue especialmente despiadado en ellas con algunos músicos soviéticos mediocres], y me di cuenta de la posición política y humana que había tenido a lo largo de su vida. Y he ahí el momento en que Shostakóvich, de pie, con la pequeña maleta, espera a que se lo lleven, y casi tiene la certeza de que será conducido a la muerte. Los músicos con los que he hablado a menudo mencionan esto: si eres un escritor o un artista, tienes la capacidad de ponerte en lo peor, más si un Estado tiene el poder y el control sobre los ciudadanos que tenía la Unión Soviética, esa capacidad para juzgarte arbitrariamente y condenarte".

De entre todas las reacciones que ha suscitado el libro, a Barnes le agrada especialmente el hecho de que mucha gente que pensaba que Shostakóvich colaboró impunemente con las autoridades, ahora descubre lo complicado que fue en realidad todo aquello. "Solemos juzgar a otros países, especialmente cuando hablamos de la Guerra Fría, con demasiada facilidad", sostiene el novelista.

Disfrutar la publicación

El ruido del tiempo es la duodécima novela de Julian Barnes -ha escrito también novelas policíacas con el seudónimo de Dan Kavanagh- y todavía disfruta mucho durante el proceso de publicación. Escucha las sugerencias de sus editores ingleses, americanos y canadienses al mismo tiempo. "En realidad -afirma contundente- nunca tienes que dejar que te ocurra como a Iris Murdoch o Kingsley Amis, que pensaban que era imposible que alguien mejorase su prosa. Uno está muy unido a lo que escribe y sabe lo que ha escrito mejor que nadie, no hay duda, pero nunca debe pensar que no puede ser mejorado".

Una muestra de lo meticuloso que es Barnes con su trabajo es la preocupación por todos los detalles, lo que incluye también las portadas. Suzanne Dean, directora creativa de Random House -su editorial en inglés-, ha diseñado las cubiertas de las obras del autor británico durante los últimos veinte años. "Estoy siempre deseando ese momento", dice Barnes. Ella propone bastantes cubiertas y las discutimos. Siempre le pido un margen de 48 horas y me las llevo a casa, se las enseño a mis amigos y me quedo con sus reacciones".

Esta es la segunda novela del escritor desde que, en 2011, ganó el Man Booker Prize con El sentido de un final . Es bastante sabido que Barnes fue el inventor de la frase " posh bingo " [para referirse al premio], que incluyó en un artículo del London Review of Books publicado en los años 80-pero del que nadie tuvo noticia hasta que los contenidos fueron digitalizados-. "Yo había estado en una lista reducida de candidatos tres veces antes de ganar, y lo más peligroso es creer -y he hablado con otros novelistas de esto mismo- que decepcionarás a tu editor si no ganas. Recuerdo un año que estaba intentando animar a otros escritores, y entonces pensé: 'Un momento, ¡son ellos los que deberían estar animándome a mí!'".

Dedicado a su esposa Pat

Ganar supuso para él un alivio, pero el triunfo trajo consigo emociones complejas. "Fue tres años después de que mi mujer [Pat Kavanagh, la agente literaria de Ruth Rendell, Arthur Koestler o el propio Barnes] muriera. Ella había concurrido al Premio Booker una docena de ocasiones -tres veces conmigo- y ninguno de sus autores había ganado. Así que ganar fue triste también por eso, aunque después viniera la euforia. Pensé que habría sido bonito ganar con mi tercera novela, aunque cuando lo conquistas a los sesenta años, piensas: esto significa que mi fondo editorial va a adquirir otro impulso, lo cual me va a ayudar en este último tramo de mi carrera".

El ruido del tiempo está dedicado a Pat Kavanagh, que murió de un tumor cerebral: "Le he dedicado todos mis libros desde que la conocí, y los que haga son todavía para ella, sí. Tengo la esperanza de que este le habría gustado".

 La primera vez que escuché a Shostakóvich

"Las grabaciones en las que oímos por primera vez la música que amamos se quedan con nosotros para toda la vida. Puede que otras grabaciones posteriores tengan un sonido mejor, unas texturas más claras o sean más auténticas desde el punto de vista musical o histórico; pero el ritmo y las cadencias de nuestras primeras audiciones -en mi caso, antiguos discos granulosos de larga duración con un sonido a medio camino entre el mono y el estéreo- quedan atrapados en el recuerdo y en el corazón. La primera grabación de Shostakóvich que escuché fue una de la Quinta Sinfonía en la que Karel Ancerl dirigía a la Filarmónica Checa, editada por el sello Supraphon. Se publicó en 1963, cuando yo tenía 17 años, con una foto en color del Kremlin en la funda. Resulta difícil transmitir una idea de lo exótico que era todo aquello: primero la música, por supuesto, pero también los orígenes del disco (en aquella época, los ingenieros de Supraphon estaban a la altura de la mayoría de los de Occidente y lo primero que escuché de la música de cámara de Dvorak, Janacek y Beethoven también era de aquel sello).

(...) Mucha de la música de Shostakóvich no se publicó en disco en Occidente hasta principios de la década de 1960. Un viaje a Rusia en 1965 me condujo (además de a los lugares evidentes) al departamento de discos de los grandes almacenes GUM, cerca de la Plaza Roja. Volví con una docena o más de discos empaquetados con esmero, todos en endebles fundas de papel con una escuetísima descripción y sin notas, que me costaron muy poco dinero: entre ellos estaban las sinfonías Séptima y Octava (Mravinsky y la Filarmónica de Leningrado en el sello Akkorda), media docena de los Preludios y fugas (Sviatoslav Richter) y los conciertos para piano (interpretados por el propio compositor). La búsqueda de discos en aquellos días previos a Internet, al igual que la búsqueda de libros, exigía dedicación y kilómetros: así que, de un viaje a Francia, volví con un vinilo de 10 pulgadas de una de las obras más consciente y vacíamente grandilocuentes de Shostakóvich, Le Chant des Forets, editada por un sello llamado Le Chant du Monde.

Todos los cuartetos de cuerda del compositor los estrenó el Cuarteto Beethoven, al que el compositor siguió siendo fiel; aunque más de una vez expresó su deseo de haber podido conceder ese honor al Cuarteto Borodin. Así que tengo un estuche de vinilos del Cuarteto Borodin. Del resto de la música de Shostakóvich que atesoro, una gran parte la sigo teniendo en discos de vinilo bastante antiguos, con intérpretes rusos: Oistrakh, Rostropovich, Richter; aunque al último lo han sustituido los 24 Preludios y fugas de Tatiana Nikoleyeva, intérprete para la que se escribió la obra y que la estrenó. La única obra importante de Shostakóvich que no tengo en vinilo es su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, rodeada de una controversia que sirve de punto de partida a mi novela El ruido del tiempo . No 'entendí' la ópera hasta después de haber cumplido los 60, de modo que mi grabación -un directo vienés de 2009- está en CD. Como es inevitable, con el paso de los años he comprado muchas de las obras de Shostakóvich en CD, por comodidad y por el brillo del sonido. Pero son versiones, no sustitutas de las anteriores. Tengo un tocadiscos moderno y, aunque muchos de esos vinilos antiguos se encuentran ahora en mi ático, de vez en cuando los bajo y los escucho, entre el crepitar y el borboteo de su superficie -y al fondo las toses del público de Moscú y Leningrado, muerto desde hace mucho- para familiarizarme de nuevo con el verdadero sonido de los lejanos virtuosos que trabajaron en la música con el propio compositor. Y, al mismo tiempo, para familiarizarme de nuevo con mi propio y lejano yo, mucho más joven".

[Escrito para los libreros holandeses, a petición de Atlas-Contact. Enero de 2016]