El golpe que no fue

Roger Cohen The New York Times 

Si se trata de golpes, la intentona en Turquía fue un caso de estudio sobre ineptitud: no hubo un esfuerzo serio para capturar o amordazar al liderazgo político existente, no había ningún líder listo para tomar el poder, ni estrategia de comunicación (o incluso una conciencia de la existencia de redes sociales), ni capacidad para movilizar una masa crítica dentro de las FF.AA. o de la sociedad. En vez, hubo un pelotón de soldados desafortunados en un puente sobre el Bósforo en Estambul y el ataque aparentemente no coordinado a edificios de gobierno en Ankara.

Esto fue suficiente para que el Presidente, Recep Tayyip Erdogan, a través de una videollamada desde su propio teléfono, convocara a sus partidarios a las calles a repudiar la insurrección. El hecho de que Erdogan sin duda sea el principal beneficiario de esta agitación -la que usará para avanzar en sus esfuerzos por hacer de Turquía una autocracia islamista- no significa que la haya orquestado. El Ejército turco se mantiene aislado de la sociedad. Es totalmente posible que una camarilla de oficiales haya creído que una sociedad polarizada y descontenta se levantaría una vez que se diera una señal. Si es así, estaban equivocados y el error ha costado más de 260 vidas.

Pero en la Turquía de Erdogan, el misterio y la inestabilidad se han convertido en moneda de cambio. No es de extrañar que las teorías de conspiración abunden. Desde un revés electoral en junio de 2015, el Presidente ha manejado una Turquía cada vez más violenta. Este vuelco peligroso le ha permitido recuperarse en una segunda elección en noviembre y presentarse como la persona que puede evitar el caos. Su esfuerzo de culpar del intento de golpe, sin ninguna prueba, a un clérigo musulmán que fue su aliado y que vive en Pensilvania, forma parte de un patrón turbio y de intrigas.

En medio de la niebla que rodea a Erdogan esto es lo que parece claro: más de 35 años después del último golpe, y a casi dos décadas de la intervención militar de 1997, los turcos no quieren un retorno a las idas y vueltas entre un régimen militar y uno civil que caracterizó al país entre 1960 y 1980. Al contrario, se sienten unidos a sus instituciones democráticas y el orden constitucional.

El Ejército, un pilar del orden secular del fundador del país, Kemal Atatürk, es más débil. Cada partido político importante condenó el intento de golpe. Sea cual sea su ira creciente contra el Presidente, los turcos no quieren volver atrás.

Un golpe exitoso habría sido un desastre. Erdogan tiene un apoyo masivo en el centro de Anatolia, en particular entre los conservadores religiosos. Las mezquitas de todo el país estuvieron encendidas durante toda la noche, ya que los imanes hicieron eco de la llamada del Presidente para que la gente se volcara a las calles. No cabe duda de que cualquier administración militar habría enfrentado una insurgencia como la de Siria, de islamistas y de otros grupos. El golpe a lo que queda de las instituciones democráticas y el Estado de Derecho en Medio Oriente habría sido devastador.

No es extraño que el Presidente de EE.UU., Barack Obama, y el secretario de Estado, John Kerry, pidieran que todas las partes apoyaran al gobierno democráticamente elegido de Turquía, "con moderación" y se evite un derramamiento de sangre.

El problema es que la "moderación" no forma parte del vocabulario de Erdogan. Como me dijo Philip Gordon, un ex asistente especial de Obama en Medio Oriente: "En lugar de usar esto como una oportunidad para sanar las divisiones, Erdogan bien puede hacer lo contrario: ir tras sus adversarios, restringir a la prensa y otras libertades adicionales, y acumular aún más poder". En cuestión de horas, más de 2.800 militares fueron detenidos y sobre 2.700 jueces retirados del servicio.

Es probable que haya una ofensiva prolongada contra los llamados "Gulenistas" -o quienes sean considerados como tales por Erdogan- y contra el "estado profundo" kemalista (partidarios del antiguo orden secular). Una sociedad ya dividida se fracturará aún más. La Turquía secular no olvidará rápidamente los gritos de "Alá es grande" que se escuchaban la noche del viernes de algunas mezquitas y de las multitudes en las calles.

Un rápido impulso de Erdogan para reformar la Constitución a través de un referéndum y crear una Presidencia con amplios poderes ejecutivos también es posible. Ahora tiene argumentos que le permitan decir que solo esos poderes mantendrán a raya a los enemigos.

"Es muy posible que la democracia haya triunfado en Turquía solo para ser estrangulada a un ritmo más lento", me dijo Jonathan Eyal, el director internacional en el Royal United Services Institute de Gran Bretaña. No cabe duda de que las manifestaciones de apoyo a Erdogan de las capitales occidentales llegaron con los dientes apretados.

Para la administración Obama, el dilema de Medio Oriente no podían haber sido más claramente ilustrado. Cuando un general egipcio, Abdel Fattah al Sisi, dirigió un golpe hace tres años contra el Presidente democráticamente electo, Mohamed Mursi, Obama no apoyó al gobierno democrático como ahora.

Es cierto que Mursi era profundamente impopular. El golpe egipcio tenía un apoyo masivo. Era un hecho consumado cuando Obama habló. Aun así, los principios en Medio Oriente valen poco y a menudo se elige la opción menos mala.

En Turquía, la menos mala -la supervivencia de Erdogan- ha prevalecido. Eso no quiere decir que no vendrán cosas peores. Un golpe de Estado fallido no significa que la democracia haya ganado. De hecho, es posible que lo peor de este autócrata se desate en Turquía, con Estados Unidos y sus aliados con poca capacidad para hacer algo al respecto.

El esfuerzo de Erdogan de culpar del intento de golpe, sin ninguna prueba, a un clérigo musulmán que fue su aliado y que vive en Pensilvania, forma parte de un patrón turbio y de intrigas. 


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Ciudadanos arrestan a los soldados que bloquearon el puente sobre el Bósforo.
Ciudadanos arrestan a los soldados que bloquearon el puente sobre el Bósforo.
Foto:The Associated Press

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