Camila Vallejo versus Rodrigo Valdés

Carlos Peña 

La discrepancia entre la diputada Camila Vallejo y el ministro Rodrigo Valdés acerca de la mejor forma de financiar la educación pública -si con subsidios en proporción a la asistencia o en base a factores, digamos, sociales- ilustra uno de los fenómenos más significativos de la esfera pública chilena.

No fue una rencilla. Ni un acto de indisciplina. No fue una diferencia entre los resabios del utopismo juvenil y la resignación de la madurez. Fue, en cambio, un síntoma: la disputa puso en escena uno de los movimientos subterráneos de la vida pública chilena.

La tensión entre la política y la economía.

Durante la dictadura, la política, el manejo del poder estatal, lo inundó todo y subordinó a tal punto a la economía, que las reformas orientadas al mercado, en vez de ser el fruto de la evolución espontánea con que soñó Hayek, fueron el resultado de la simple imposición coactiva. Un régimen económico liberal fue el fruto de la máxima concentración de poder estatal que recuerde la historia de Chile.

La política subordinó entonces a la economía.

Pero una vez que la dictadura se acabó y la democracia fue recuperada, el asunto se invirtió. La economía comenzó a subordinar a la política. La ciudadanía comenzó a probar los frutos de la modernización -el árbol del bien y el mal- y la política, preocupada de que el bienestar material no se extinguiera, dejó que la economía y sus cultores tuvieran la última palabra.

La economía subordinó ahora a la política.

Es una de las paradojas del Chile contemporáneo: protagonismo de la política y del Estado en el momento de la instauración del modelo liberal; subordinación de la política y el Estado en el momento de la recuperación democrática.

Ese es el fenómeno que esta semana pusieron en escena la diputada Camila Vallejo y el ministro Rodrigo Valdés. El ministro, como el último representante de los technopols , los técnicos que intentan esgrimir su saber técnico para imponer su voluntad. La diputada, como la primera representante de la política que intenta imponer la suya esgrimiendo el dibujo de una realidad que no es, pero que podría ser.

Cada uno de ellos -el ministro Valdés y la diputada Vallejo- representan un modo diametralmente distinto de concebir la política.

La diputada Vallejo piensa que la tarea de la política es mover los límites de lo posible y su cita favorita podría ser una de Weber (un liberal, dicho sea de paso). El político sabe, decía Weber, que en este mundo nunca se consigue lo posible sino a costa de perseguir una y otra vez lo imposible. El ministro Valdés, en cambio, piensa que es la economía la que detecta los inmutables límites. Para él, el político sabe qué quiere, pero es el economista quien sabe cómo obtenerlo. Y el cómo indica que a veces el qué no es simplemente posible. La cita que el ministro podría esgrimir una y otra vez es una de Freud: la infelicidad y la renuncia son el precio de la civilización (o de la modernización).

Por supuesto, la tensión entre esos puntos de vista no se zanjará durante este gobierno y es probable que, alimentada por los cambios generacionales (de los que la presencia encontrada de Valdés y Vallejo es también una muestra) continúe todavía por algún tiempo.

Y seguro que más temprano que tarde también encontrará expresión en la derecha.

Hasta ahora -y después que Cruz Coke (Eduardo) pasó a ser un recuerdo- la derecha se identificó con el espíritu más bien tecnocrático, con la idea de que la racionalidad instrumental debe guiar, con esmero y con rigor, la vida colectiva. Apartarse de eso, siempre ha tenido para ella el feo rostro del populismo. Pero -atención- poco a poco ha ido cundiendo entre los más jóvenes (de nuevo la cuestión generacional) la convicción de que uno de los defectos de la derecha ha sido el descuido de la especificidad y la autonomía de la política.

Solo falta que aparezca la figura que encarne esa convicción.

Cuando ello ocurra -ahora sí que sí- la sociedad y la política chilena estarán viviendo un nuevo ciclo. No necesariamente mejor.

Solo nuevo.

 


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