Crónicas del ministro del Interior de Aylwin:
En adelanto de sus memorias, Krauss revive el "boinazo"

Desde los gritos de Pinochet a las tensiones en el matrimonio de una de las hijas de Eduardo Frei, el ex secretario de Estado entrega su versión pormenorizada del "gallito frustrado" que protagonizó junto al general en 1993.  

 

Mayo de 1993. Aprontándose a iniciar una gira a Europa, el Presidente Aylwin le asegura a su ministro del Interior -y quien asumirá como Vicepresidente-, Enrique Krauss, que le deja el país tranquilo. Krauss tiene dudas. La justicia se apronta a revisar la calificación legal de la quiebra de Valmoval, empresa de Augusto Pinochet Hiriart (hijo del aún comandante en jefe del Ejército, Augusto Pinochet Ugarte), en el ojo de la atención pública desde que estallara el caso de los pinocheques, millonarios pagos de la institución al vástago del general.

El viernes 28 de mayo -estando ya Aylwin en el exterior- los hechos confirman su preocupación: ese día -y luego de que La Nación, el diario oficialista, publicara la noticia sobre Valmoval, que implicaba reactivar judicialmente el tema de los pinocheques- se inicia un particular movimiento. Militares en tenida de combate (incluidas boinas y armas largas) se despliegan en las afueras del edificio del Ejército: el llamado "boinazo", el momento más tenso vivido por el gobierno de Aylwin.

En un adelanto de las memorias que está preparando (y que él prefiere calificar de "crónicas"), Krauss devela detalles de cómo lo enfrentó. "Un gallito frustrado", es el nombre del capítulo.

"Mi general está muy molesto"

Una reunión en la que ese viernes debían participar los directores de Inteligencia de las ramas armadas dio el indicio. A la cita no asistió el representante del Ejército, sino un oficial de menor rango. Luego, cuando ya se iniciaba el encuentro, el Vicepresidente recibió una llamada. Era el general Jorge Ballerino, el entonces más estrecho colaborador del comandante en jefe.

"Mi general está muy molesto con las publicaciones, es un hecho grave", sentenció el hombre de confianza de Pinochet. "En el fondo de la comunicación se escuchaban inentendibles gritos de Pinochet que confirmaban su ira y, me imagino, procuraban atemorizarme. Sugerí a Ballerino que diera un calmante a su general y le propuse que habláramos personalmente", relata Krauss.

En la cita con Ballerino concretada después, el militar solo abordó el caso Valmoval, poniendo énfasis en su "gravedad". Nada se concluyó.

No meterse en la jaula del león

Las horas siguientes fueron de statu quo . Los militares permanecían con sus tenidas de combate.

"Al Presidente lo mantuve permanentemente informado por un sistema telefónico directo dispuesto para la comitiva presidencial, desde el momento mismo en que pudimos dimensionar los alcances del evento producido: se trataba de una preocupante bravata del general que quería jugar un "gallito" en que la sola apretada de manos ya sería un éxito para él. No nos quedaba más que esperar que las provocaciones no fueran mayores a las realizadas hasta entonces. Nuestra capacidad de respuesta, según se ha dicho, era mínima y no debíamos exponernos innecesariamente: siempre es peligroso meterse en la jaula de un león, mucho más si se encuentra enojado.

El Presidente Aylwin reaccionó con cautela, pero se molestó al saber lo que pasaba y reiteró su instrucción de que la ley se cumplía a cabalidad... Entre el viernes y el domingo, debimos hablar unas cinco veces".

En el mundo político cundía la preocupación. Quedó claro ese sábado, en el matrimonio de una de las hijas de Eduardo Frei.

"La gente estaba inquieta. Quería saber lo que pasaba. Algunos aseguraban tener "nexos" con los militares y ofrecían su ayuda. Yo les daba las gracias, pero explicaba que el asunto por ahora estaba en mis manos hasta el regreso de don Patricio".

Reunión con Pinochet... sin la palabra boinazo

Fue el domingo, inquieto por la prolongación del problema, cuando Krauss tomó la decisión: debía dialogar con Pinochet. Sin consultar a nadie, le pidió al edecán naval de la Presidencia ubicar al militar. Al poco rato, lo llamó el general (r) y senador designado Santiago Sinclair: "Quieres hablar con mi general... aquí está". Y Pinochet se puso al teléfono, proponiéndole reunirse en la Escuela de Telecomunicaciones del Ejército. Krauss lo rechazó y le ofreció La Moneda, que a su vez Pinochet rechazó. Terminaron conviniendo juntarse en la casa de Ballerino.

"Pinochet "abrió los fuegos". Planteó que había una serie de "problemas pendientes". Entre ellos, el de las investigaciones por las violaciones de los derechos humanos durante su gobierno. No apuntó a que los militares buscaran escabullir esas causas, sino al "trato" que recibían en los tribunales. Hablaba puntualmente de las expresiones de rechazo, concretamente gritos, insultos e intentos de agresión por parte de organizaciones y familiares de las víctimas cuando cumplían distintos trámites judiciales. El planteamiento era razonable. Me comprometí, entonces, a hablar con el ministro de Justicia, Francisco Cumplido, quien había sido mi compañero de curso en el Instituto Nacional. La idea era buscar un procedimiento expedito, que no implicara un menoscabo para los uniformados durante esos trámites judiciales, pero le advertí que los inculpados o testigos que padecían estos ataques también debían declinar las actitudes provocativas con que concurrían a tribunales, en ocasiones hasta con condecoraciones y siempre altaneros y soberbios.

Visto el primer punto de la "tabla", pasó al segundo: el ritmo, a su juicio lento, con que el Ministerio de Defensa cursaba decretos de interés para el Ejército. Nuevamente, estimé que, si existía, se trataba de un asunto solucionable y le dije que plantearía a Defensa la necesidad de reactivar ese papeleo.

El "pliego" de Pinochet continuó con las remuneraciones de los militares, las que catalogó de "muy bajas". Le hice ver que era una materia completamente ajena a mi competencia (...).

Despejadas las materias "fáciles", Pinochet, como dicen en el fútbol, entró al "área chica" y con la pierna en alto: "Me interesa que usted le pida la renuncia al ministro de Defensa". Como argumento, mencionó simplemente que no se entendían. Su impertinencia era manifiesta y lo paré en seco: "Mire, general, soy el Vicepresidente en este momento, el ministro señor Rojas tiene una relación personal conmigo, pero su desempeño en el cargo es una materia de exclusiva competencia del Presidente de la República, a quien debe planteársela usted, si le parece conveniente".

Entonces, volví a mi compromiso de facilitar un entendimiento entre su institución y Defensa. Le dije que asignaría una persona a esa tarea y hasta anticipé su nombre: Jorge Burgos (...)

En ese momento, fiel a su estilo autoritario y permanente afán de descolocar a quien tenía al frente, anunció: "Entonces vamos a firmar un acuerdo". Y de la nada, apareció un joven oficial que venía con un texto escrito en una especie de pergamino. Con firmeza le señalé un categórico "no, usted está hablando con el Vicepresidente de Chile, quien, de acuerdo con la Constitución, ejerce el mando supremo de la nación". En ese punto, apelé a la majestad de la República: "A ningún Mandatario chileno se le pone en duda la palabra...".

Visiblemente contrariado, Pinochet hizo un gesto, pero no insistió. "Con esto damos por superado el problema, entonces", le dije, poniendo fin al encuentro. "Sí", respondió él, aunque sin mayor entusiasmo ni convicción. Nos despedimos de mano.

Aunque parezca extraño, en la reunión no se habló explícitamente del "boinazo". Aunque estaba implícito, ni él ni yo lo mencionamos. Las razones que tuvo él las desconozco. En mi caso, consideraba que no era el momento adecuado. Estaba seguro de que si poníamos el tema sobre la mesa, se abriría un debate estéril. Por otra parte, vincular las manifestaciones públicas realizadas con la solución era reconocer el sistema como válido para estos propósitos, lo que es inadmisible para los cuerpos armados. A mí lo que me interesaba era despejar hechos concretos, para que los comandos dejaran el frontis del edificio del Ejército, pues esas acciones carecerían de justificación y se haría patente la motivación real. Por las mismas razones, no toqué la situación de su hijo. Él tampoco lo hizo".

"Maniobras inapropiadas", pero no una "rebelión"

Al regreso de Aylwin a Chile, ya superada la crisis, Krauss le presentó su renuncia. El Mandatario no la aceptó.

"A partir de ese momento, el tema fue asumido por otros ministerios y el temario de las mesas de trabajo se excedió de lo comprometido en la única reunión que sostuve en este lapso con Pinochet. El trabajo fue culminado con el envío al Congreso Nacional de un proyecto de ley relativo a los procesos por violaciones a los derechos humanos que se aproximaba peligrosamente a una especie de "punto final", de lo cual nada se había hablado. En definitiva, el proyecto, en buena hora, no prosperó (...).

A la vuelta de más de dos décadas, sigo creyendo que, más allá de las críticas que recibimos una vez superado y de las suspicacias que pueden persistir incluso hasta hoy, enfrentamos el llamado "boinazo" adecuadamente, por supuesto, "en la medida de lo posible". Tal vez alguien podría plantear por qué entonces no denunciamos a Pinochet ante la justicia. Difícilmente, creo, podría haberse hallado una figura para sancionarlo. Él, como hombre astuto que era, actuaba dentro de sus facultades: decretar el uso de determinado uniforme, sacar personal a la calle inmediata al edificio institucional con esa indumentaria y desplazar vehículos militares desde una unidad a la Escuela Militar formaba parte de sus atribuciones. Eran maniobras inapropiadas, provocativas y tensionales, pero que en rigor no constituían un acto de rebelión jurisdiccionalmente acreditable".

Récord de la transición. Desde 1990, Enrique Krauss ha sido el único ministro del Interior que ha desempeñado su cargo durante todo el período del Presidente de la República que lo nombró.

 Su hija, retenida por los militaresEl Vicepresidente lo supo meses después

Aunque el diálogo Pinochet-Krauss para zanjar la crisis se produjo un domingo, los militares continuaron con su maniobra hasta el martes siguiente.

En esos días, cuando el clima aún era confuso, hubo un incidente del que el Vicepresidente solo se enteraría meses después:

"Ocurrió que mi hija Alejandra, luego ministra del Presidente Lagos, se dirigía al estudio jurídico familiar que teníamos en calle Agustinas. Al pasar frente al edificio del Ejército comentó a uno de los militares estacionados lo incorrecto de su acción, lo que, pareciera, molestó a los uniformados, que la llevaron en calidad de "retenida" al interior del edificio. Identificada al ingresar al local, de inmediato descendió de los pisos superiores el entonces comandante de la guarnición de Santiago, general Guido Riquelme, quien le dio en muy buenos términos explicación de lo sucedido y le propuso una especie de pacto en cuanto a que fuera olvidado por ambos".



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En la foto superior, el general Pinochet condecora a Ballerino, quien sería su hombre de confianza durante la administración Aylwin, incluido el boinazo, cuya imagen emblemática fue la de los militares en tenida de combate afuera del edificio de las Fuerzas Armadas (foto principal). Pese a los conflictos, Pinochet tuvo una mejor relación con Krauss (foto inferior) que con el ministro de Defensa, Patricio Rojas.
En la foto superior, el general Pinochet condecora a Ballerino, quien sería su hombre de confianza durante la administración Aylwin, incluido el boinazo, cuya imagen emblemática fue la de los militares en tenida de combate afuera del edificio de las Fuerzas Armadas (foto principal). Pese a los conflictos, Pinochet tuvo una mejor relación con Krauss (foto inferior) que con el ministro de Defensa, Patricio Rojas.
Foto:JORGE BALLERINO


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