La ambigüedad de "Oleanna" sigue sin dejar a nadie indiferente

Pedro Labra Herrera 

Cuando esta pieza -calificada como una de las más estimulantes escritas en décadas, y una de las más controversiales de su autor, David Mamet- se estrenó aquí en 1994, a solo dos años de su clamoroso éxito en Broadway (dirigida y protagonizada por Nissim Sharim con Loreto Valenzuela en la contraparte), el punto central fue el posible acoso sexual de un docente universitario a una de sus alumnas, del cual se podían inferir otros asuntos.

Ahora, tras un cuarto de siglo, cuando ese tipo de agresión ya no está tan en el ojo del huracán y la sociedad se ha esforzado por establecer barreras y formas más claras de frenar tales hechos, la nueva versión de "Oleanna" que ofrece el Teatro de la UC se concentra en bucear en torno a la educación usada como instrumento para escalar posiciones sociales y obtener poder. Un sentido más amplio implícito en el título -el nombre de una colonia fundada en EE.UU. del 1800 en pos de la ilusa utopía de la sociedad perfecta (a la que no se alude en escena)- y de mucha actualidad hoy por hoy en nuestro país.

El texto conserva la brillante agudeza y lucidez de su dialéctica para plantear la confrontación de sus únicos personajes -el profesor y la estudiante- que son polos opuestos de género y clase social, en un plano de absoluta ambigüedad: ¿hubo o no acoso?, ¿quién es la víctima y quién el victimario? Así nos desafía a tomar partido por uno o por otra -la mujer o el hombre, el tipo adinerado o la chica pobre- a lo largo de un debate en que cualquier aseveración dicha es al minuto siguiente anulada o puesta en duda por la otra parte. Y nos provoca con la evidencia de que estamos en un mundo sin convicciones ni certezas, en que solo conversar con alguien ya es una situación de amenaza.

Por ello la obra es capaz de despertar ardientes discusiones entre sus espectadores una vez terminada. Con todo las continuas llamadas (5 en los tres actos o cuadros) que hacen del teléfono un incómodo tercer personaje, lucen hoy como una intrusión algo forzada; y con el correr de los años suena poco convincente que dos personas involucradas en un sumario de ataque sexual sostengan una segunda y tercera entrevista a solas, sin un intermediador presente.

Por fortuna nada de eso le quita eficacia a la versión dirigida por Rodrigo Basáez con al menos dos méritos indiscutibles. Como él es antes que director un notable diseñador escénico, el primero es el planteo bifrontal del espacio como si fuera un sofisticado ring (lo que nos permite además vigilar cómo reacciona el espectador enfrente). El otro es la magnífica actuación de Marcial Tagle como el académico civilizadamente arrogante cuyos errores le hacen avanzar paso a paso al despeñadero. Claro que el enfoque obliga a forzar el rol femenino: el personaje que encarna Catalina Martin en el primer cuadro (el más apasionante por sus digresiones sobre el valor de la educación y la naturaleza de la inteligencia) es muy distinto al del final, y no hay nada que justifique el cambio. Se puede suponer que toda su inocente vulnerabilidad del principio fue simulada, lo que encaja como reflejo del empoderamiento actual de la mujer. Correcto, pero suena algo alambicado, aparte de contradecir la cualidad equívoca del resto (y como el macho es derrotado, puede sugerir hasta misoginia).

En los entreactos y a la vista ambos se cambian de vestuario a los costados como alistándose para el próximo round, incluyendo un desnudo de la actriz bonito de ver pero totalmente prescindible.

Teatro UC. Miércoles a sábado a las 20:00 horas, hasta el 10 de septiembre.

 


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Marcial Tagle y Catalina Martin protagonizan la obra escrita por David Mamet.
Marcial Tagle y Catalina Martin protagonizan la obra escrita por David Mamet.
Foto:TEATRO UC


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