Enfrentar la muerte Un debate sobre el entierro:
Moda y creencias en torno a la incineración

Tres académicos chilenos comentan el auge de la cremación. ¿Responde a una pérdida de la fe? ¿Hay temor de convertir las ánforas en templos familiares? ¿Queremos con esta práctica sacar a la muerte de nuestra vida cotidiana? Estas son algunas de sus reflexiones.  

Maureen Lennon Zaninovic 

La reciente instrucción "Ad resurgendum cum Christo", publicada la semana pasada por la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), confirmó que, sin duda, la cremación es un tema de interés transversal.

A pocos días de la conmemoración del Día de los Fieles Difuntos, este documento no pasó inadvertido, y de inmediato generó reacciones en redes sociales, numerosos artículos y cartas al director. En Facebook y Twitter tampoco faltaron los comentarios cinéfilos. Se desempolvaron secuencias como la de la película "El Gran Lebowski", de los hermanos Coen: frente a un acantilado, en día ventoso, Walter (John Goodman) abre un tarro de café que contiene los restos de su amigo Donny, y al esparcirlos, una ráfaga se los lleva.

Varios medios católicos publicaron, eso sí, que la instrucción -presentada el 25 de octubre- no ofreció mayores novedades o cambios trascendentales en la materia. Entre otras razones, porque empieza recordando lo que la CDF dijo en otra instrucción de 1963 sobre esas prácticas. El Código de Derecho Canónico (1983) lo recoge así: "La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación".

¿Qué llevó entonces a la CDF a publicar esta nueva instrucción? Por un lado, el aumento de la cremación en muchos países y, por otro, "la propagación de nuevas ideas en desacuerdo con la fe de la Iglesia", en palabras del documento.

En sintonía con lo publicado en 1963, la nueva instrucción dicta una serie de reglas sobre el modo de conservar las cenizas. "Si por razones legítimas se opta por la cremación del cadáver, las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado; es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente".

También aclara que "no está permitida la conservación de las cenizas en el hogar" y que "para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos".

Aprobación en los jóvenes

Eduardo Valenzuela, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica y autor de varios estudios sobre esta materia, comenta a "Artes y Letras" -instalado en su oficina del Campus San Joaquín- que "en nuestra tradición católica, la cremación es una práctica reciente que ha ido sumando aprobación, especialmente entre los jóvenes, aunque este grupo aún no enfrenta de lleno el dilema de la muerte. La cremación sigue siendo más frecuente en personas no religiosas, pero se extiende rápidamente entre creyentes. Lo que tenemos en perspectiva es un incremento cada vez más sostenido de esta práctica que comprende guardar las cenizas en distintas locaciones. Ese es el gran cambio en la forma en que los chilenos y, quizás los latinoamericanos, estamos enfrentando la forma de conservar nuestros muertos".

Valenzuela añade que el tema económico ha sido decisivo. "porque las diferencias en términos de costo entre una y otra opción son relevantes. Pero, sobre todo, hay que considerar que detrás de esto -como en muchos otros cambios culturales- opera una cierta tendencia individualista. La sepultura originalmente era una sepultura colectiva y relativamente igual para todos: uno se enterraba con otros y de manera muy semejante. La cremación, en cambio, es una disposición mucho más individualizada. Ofrece una variedad de posibilidades, a diferencia de la sepultura tradicional; es decir, las cenizas pueden ser dispersadas en el lugar que a cada cual le acomoda, en particular en el que era suyo. En ese sentido, la cremación se coloca más a tono con el individualismo contemporáneo, es una manera de afirmar una identidad personal incluso póstumamente".

Valenzuela se explaya sobre este tema: "La cremación no indica secularización, a pesar de que tiene un sabor, un aire. La cremación no supone un declive de nuestras creencias católicas, sino más bien un indicador del individualismo. Todavía en nuestra cultura católica, y especialmente en la religiosidad popular, convivimos con la muerte de manera bastante abierta y desprejuiciada. El tabú de la muerte es mucho más potente en los países de cuño protestante, donde, por ejemplo, los cuerpos no se velan en un lugar público: los velatorios se hacen de manera privada en las casas o en servicios funerarios. En cambio, nosotros todavía tenemos fuertemente arraigada una tradición de velarnos a vista y presencia de todos. Uno entra en cualquier templo católico, y los muertos están de cuerpo presente. Nuestra cultura cristiana, por el contrario, exhibe la muerte, la celebra y la festeja".

El decano de la Facultad de Ciencias Sociales puntualiza: "El tabú de la muerte es más protestante que católico; desde luego, es más moderno que tradicional, es más ilustrado que popular. No se está ocultando la muerte con la cremación".

Valenzuela tampoco teme porque, instaladas en las casas, las cenizas contribuyan a formar un culto a los ancestros o volvamos a la adoración de los ascendientes familiares. "De ninguna manera. No hemos observado nada semejante a un culto doméstico hacia los restos que se conservan en las casas. En nuestra tradición, nadie les prende una vela a las cenizas del deudo, salvo excepciones como en el caso de las animitas. Lo que sí hacemos de manera más o menos generalizada es pedir su intercesión. La gente les suele pedir a sus muertos que los ayude, que les proteja la familia, que los acompañe. Tendemos a santificar a los muertos y a dotarlos de cierta capacidad de gracia, pero no vamos más allá. Hasta ese gesto de oración interior. Lo que yo sí observo es una disposición muy generalizada de esparcir las cenizas en la naturaleza, en lo alto de un cerro, en un bosque, en el mar. Eso me parece que indica una disposición naturalista o panteísta que se está manifestando muy abiertamente, especialmente entre los más jóvenes. Es una tendencia que santifica la naturaleza, que busca dotar a la naturaleza virgen de un carácter sagrado, entendiendo por lo sagrado a lo que se aparta, lo que no se puede tocar. Tiene que ver en el éxito rotundo de los cementerios parque, que, en cierto modo, reproducen una locación natural para la muerte. Efectivamente hay algo de razón en la advertencia del instructivo papal respecto de una inclinación que podríamos llamar panteísta o naturalista".

El investigador comenta que lo propio de la muerte cristiana es que Dios se hace cargo de los muertos y la persona trasciende en las manos de Él, no en la memoria de los otros o de la propia familia. "Uno trabaja en este mundo para agradar a Dios, para darle gloria. Esa idea originalmente cristiana tuvo mucha resistencia, porque la gente siempre ha querido recordar a sus propios muertos y quiere que ellos trasciendan en la memoria de los vivos. Esa inclinación hizo que sea un éxito la visita al cementerio. Al viejo cementerio parroquial nadie lo visitaba. Se abría para acoger a un nuevo difunto, y nada más. Fue, en el mundo moderno, y con la creación de los cementerios laicos, que se popularizó esta visita y se reinstaló la idea del recuerdo, de la conmemoración y del memorial".

En efecto, el culto a los cementerios coincide, según historiadores como Philippe Ariès, con el romanticismo. La tumba cobra importancia junto con el auge de la muerte individualizada y la decadencia de la idea del destino colectivo de la humanidad después de la muerte, más propia del temprano medievo, en que predominan las fosas comunes y los osarios cerca de las iglesias.

La posible influencia de la India

Para Pedro Mege (antropólogo, docente de la Universidad Católica y director del Centro Interdisciplinario de Estudios Interculturales e Indígenas, ICIIS), el auge de la cremación tiene que ver en cómo concebimos el cuerpo dentro de nuestra "tradición platónica, semítica y griega, donde la concepción básica está dada por una dualidad cuerpo y alma". Mege considera que a esta tradición dominante hay que sumarle una importante influencia de la India. "Sobre todo en lo religioso, la India nos está marcando a través de miles de expresiones y formas de meditación. Una hipótesis es que una idea védica fundamental dice que para detener el deterioro del cuerpo hay que quemarlo, y cremándolo, lo haces eterno. En la India, las cenizas las puedes lanzar al Ganges, y quedan integradas físicamente, materialmente, a ese lugar. Nuestra tradición asociada a la tradición hinduista, a la tradición indoeuropea védica, considera que las cenizas no se corrompen, son eternas". Otra hipótesis, a juicio del experto, tiene que ver con la idea de que "el alma vuelve a su verdadero lugar, y el verdadero lugar puede ser tu casa, lo que los antropólogos llamamos el centro cósmico. Tú llevas las cenizas con el alma al centro cósmico que tú quieras".

Mege no considera que el auge de la cremación tenga que ver con una negación de la muerte o con una pérdida de la fe. "Hay sociedades, como la francesa y, muy particularmente, la norteamericana, que tienen aversión a la muerte. Para nosotros, la muerte es bastante familiar. Basta ver lo que pasa el 1 de noviembre, con los cementerios llenos. No rehuimos a los muertos. Nuestros rituales de muerte son familiares; van todos. Eso te demuestra que, siendo una sociedad bastante moderna, aún no hemos alcanzado el grado de soledad e individualismo de los europeos, donde la gente muchas veces se muere sola en sus departamentos. Somos bastante competitivos e individualistas, pero en los momentos importantes nos reunimos y nuestra fe sigue viva".

El antropólogo puntualiza: "Lamentablemente, el influjo de la cultura norteamericana ha sido tan fuerte, que nos instaló estos cementerios del tipo modelo cancha de golf, y tal vez esto sea otra hipótesis; estos camposantos resultan tan deprimentes, que la gente decide cremarse, volver a su centro cósmico".

La grandeza y dignidad del cuerpo

Jorge Peña Vial, decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de los Andes, entrega otra mirada. El académico ve en las ánforas emplazadas en las casas el peligro de regresar a una religión familiar. A su juicio, "enterrar a los muertos no es una conducta resultado de un 'instinto' biológico, sino una práctica cultural que testimonia la existencia de un orden cultural específicamente humano. Ya en el siglo XVIII, Giambattista Vico era absolutamente consciente de la importancia antropológica de las sepulturas, pues mantenía que la existencia de la religión, los matrimonios y la creencia en la inmortalidad del alma, atestiguada por la costumbre de enterrar, eran los tres elementos claves del proceso de humanización. Se percata de que la práctica de enterrar a los muertos implica la creencia en la inmortalidad del alma". Peña precisa que "lo propio de la antropología cristiana no es la inmortalidad del alma, sino la doctrina de la resurrección de la carne o de los muertos. El documento magisterial se atiene a este hecho fundamental. Dicho de otro modo, un filósofo cristiano ha de admitir a la vez la inmortalidad del alma y la resurrección de los muertos. Es la grandeza y dignidad del cuerpo lo que intenta salvaguardar el documento de la Iglesia".

El decano de Filosofía y Humanidades de la Universidad de los Andes puntualiza su análisis: "Con frecuencia se ha dicho que la Iglesia Católica reunía en su seno a Atenas y Jerusalén. Para los epicúreos, el cuerpo es más bien un lugar de delectación, pero la muerte lo descompone sin retorno. Para los platónicos, en cambio, el cuerpo es una tumba, pero el tránsito lleva a cabo la liberación del alma. Los primeros cristianos y padres de la Iglesia tienen que anunciar al Espíritu que libera, y al mismo tiempo predicar el verbo hecho carne, o peor: al Mesías Crucificado, que resucita después de tres días sin que sus llagas se difuminen", dice Peña.

"El misterio de la Encarnación encuentra, sin duda, resonancias en el fondo de nuestro corazón. Pero de entrada le parece absurdo a nuestra razón. Los espiritualistas lo encuentran demasiado material, los materialistas demasiado espiritual, cada uno proyecta sobre él el error de su enemigo congénito. La Iglesia, no obstante, mantiene la extrema tensión de la fórmula de San Juan: 'Y el Verbo se hizo carne' (Jn. 1,14)", concluye el filósofo.

'' Sobre todo en lo religioso, la India nos está marcando a través de miles de expresiones y formas de meditación". (Pedro Mege).

'' Pedro Mege (antropólogo) no considera que el auge de la cremación tenga que ver con una negación de la muerte o con una pérdida de la fe. 

'' La cremación no indica secularización, a pesar de que tiene un sabor, un aire". (Eduardo Valenzuela) 

" La cremación no supone un declive de nuestras creencias católicas, sino más bien un indicador del individualismo". (EduardoValenzuela) 

'' El culto a los cementerios coincide, según historiadores como Philippe Ariès, con el romanticismo. La tumba cobra importancia junto con el auge de la muerte individualizada y la decadencia de la idea del destino colectivo de la humanidad después de la muerte, más propia del temprano medievo, en que predominan las fosas comunes y los osarios cerca de las iglesias.

'' Lo propio de la antropología cristiana no es la inmortalidad del alma, sino la doctrina de la resurrección de la carne o de los muertos". (Jorge Peña)

'' El misterio de la Encarnación encuentra, sin duda, resonancias en el fondo de nuestro corazón. Pero de entrada le parece absurdo a nuestra razón". (Jorge Peña)


 


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