EN GUGGENHEIM DE NUEVA YORK Retrospectiva de la autora premiada por el Congreso de EE.UU.
Agnes Martin: la artista "invisible" más famosa de Estados Unidos

A solo cuadras de la Trump Tower, donde vive el Presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, se exhibe una retrospectiva de la artista mujer más reconocida de los años 50 y 60, en ese país. Puente clave entre el expresionismo abstracto (primer movimiento pictórico estadounidense) y el minimalismo.  

CECILIA VALDÉS URRUTIA 

Agnes Martin nació en un remoto poblado canadiense, en 1912, el mismo día en que se hundió el Titanic, según le gustaba contar. El famoso trasatlántico británico que en su viaje inaugural debía llegar al histórico puerto de Nueva York, del que ahora solo quedan mudos testimonios.

Hoy la pintura abstracta de Martin se despliega en Manhattan, en el Museo Guggenheim de Nueva York. Ello, en momentos en que otra parte del mundo del arte estadounidense -casas de subastas, inversores- se muestran confiados en que el gobierno de Trump, al disminuir impuestos, tal vez dé un mayor impulso a ese importante sector del mercado. Es lo que creen algunos, como la vicepresidenta de la Casa Sotheby's.

El arte y la vida de Agnes Martin (1912-2004), en todo caso, se mantuvieron en las antípodas del mercado y de las luces. La retrospectiva revisita su particular visión, junto a parte de su sorprendente y singular biografía, austera y solitaria al extremo.

A pesar de ello (o a su favor, quizás), fue la única mujer artista que obtuvo un lugar esencialen el mundo del arte abstracto y minimalista de Nueva York, en los bullentes años 60. Y se la reconoce (aunque aborrecía los reconocimientos) por ser quien sentó las bases y creó un puente entre dos movimientos clave: el expresionismo abstracto y el minimalismo.

"El contenido de sus obras -que recogen las emociones- se relaciona con el expresionismo abstracto, mientras que su método de pintar -con repeticiones y composiciones geométricas- fue adoptado por los minimalistas, que llegaron a predominar en los años 60", precisa la curadora del museo Tracey Baskoff.

Pero Agnes fue más que un puente. Su mirada la lleva a decir algo censurado en el arte contemporáneo: "Cuando pienso en el arte, pienso en la belleza. La belleza es el misterio de la vida. Ahí es donde se encuentra la conciencia de la perfección... Quisiera que (mis pinturas) representaran la belleza, la inocencia y la alegría".

La retrospectiva interna al público en esa búsqueda profunda, que desarrolla a través de formas y líneas contenidas, suaves y sutiles, insertas en amplios campos de color.

Se exhiben sus primeros experimentos de los años 50, con sus "emociones abstractas". Están sus simplificaciones geométricas, sus famosas cuadrículas de líneas que extendía en el soporte, hasta sus pinturas monocromas en blanco y las más radicales solo de color negro. "Realizadas con rejillas y lápiz sobre soportes de lienzo".

En el movimiento estadounidense

La canadiense llegó al Nueva York de la posguerra, de fines de los años 30. Cuando surge el expresionismo abstracto, el primer movimiento esencialmente estadounidense.

Participaban en él jóvenes y audaces artistas de entonces como Ellsworth Kelly. La precoz Agnes, aunque solitaria, encuentra un sitio en algunos miembros de ese gran y ecléctico grupo. Comparte la tendencia de algunos por la síntesis y lo simple. Y da curso a su mirada libre y desprejuiciada.

Su arte empieza con retratos más abstractos, naturalezas muertas y paisajes. Pero fue recién a fines de los años 50 cuando Agnes pudo alejarse definitivamente del mundo objetivo, que en su arte se movía entre el surrealismo y la abstracción, con formas orgánicas cercanas a un Matta o a un Gorky, que desplaza hacia una geometría.

Vivía entonces en las afueras de Manhattan, en un precario y viejo edificio, sin agua caliente, que en el siglo XIX había sido un almacén. Inspirada en la naturaleza y "pensando en la inocencia de los árboles", pintó allí su primera obra fuera del mundo natural, abstracta.

Desde entonces y por casi 50 años trabaja una pintura austera, casi monocroma, de sutiles líneas y gestos repetitivos y tenues franjas de colores. Muy sugerente y de fuerte influencia en los artistas abstractos contemporáneos.

La llegan a llamar "la sacerdotisa del minimalismo", lo que la indigna. La fama estaba fuera de su esencia. La despreciaba. Buscaba la invisibilidad. Y no se sentía totalmente identificada con esa estética minimalista, que encontraba vacía de sentimientos. En cambio, sí se consideraba una expresionista abstracta, aunque admira a los minimalistas Rothko y Newman, de quienes aprendió que la geometría podía estar al servicio de lo espiritual.

Se autorrecluye junto a una montaña

La canadiense -que obtuvo en 1950 la ciudadanía estadounidense- llegó a tener importantes reconocimientos como el León de Oro de la Bienal de Venecia, en 1997, y la Medalla de las Artes, del Congreso de Estados Unidos, un año después. Su obra se exhibe en Londres, en Alemania y en los principales museos del país del norte, como el Guggenheim y el MoMA.

No obstante, sigue siendo una artista casi desconocida para gran parte del público común. Se explica, en parte, porque lo sutil y grandioso de toda su obra pictórica -con colores y franjas casi imperceptibles- hace casi imposible que queden bien reflejados en los impresos del papel de diario. A lo que se suma la austeridad extrema de su personalidad y su carácter ajeno a las luces y a cualquier atisbo de materialismo. Pintó casi siempre sola y en silencio, durante 70 años.

Su salud mental tampoco la acompañaba. A mediados de los años 60 la encontraron una noche perdida por las calles de Nueva York. Estaba en medio de un brote de esquizofrenia. Su amigo, Ellsworth Kelly, sabía de su fragilidad. Pero ella nunca se había manifestado a ese extremo.

Siete años más tarde, cuando estaba en lo alto de su carrera -con sus famosas obras con cuadrículas-, Agnes dejó la ciudad de Nueva York. Y también dejó la pintura. Se subió a una camioneta y viajó por Estados Unidos y Canadá. Terminó levantando una casa de adobe, al sur de Colorado, junto a la sierra de la Sangre de Cristo. Vivió varios años allí recluida en su vida espiritual y bastante religiosa también, sin ningún contacto con otros y sin leer diarios ni revista alguna. Se cree que su brote de esquizofrenia pudo haberle influido.

Pero en 1974 retomó la pintura y siguió esa búsqueda plástica silenciosa y estética sobre la belleza y "también de la felicidad". Martin sostiene que "la felicidad es estar alienada con la vida, sentir cómo la vida te arrastra".

Agnes vuelve por sucesivas temporadas a Nueva York. Una ciudad que le inquieta. La altera. En 1997, ella sostiene: "No creo en el intelecto. No tengo ideas. Hago lo que me dicta la inspiración".

Su sentido de pertenencia a la naturaleza fue el gran camino para su "búsqueda de perfección invisible", como decía. Agnes Martin parecía querer volver siempre a esos campos de borrosos colores, a aquella bucólica granja de su pueblo natal remoto en Canadá. El lugar donde había nacido, mientras se hundía el Titanic, como le gustaba contar a esa tremenda artista -clave en Estados Unidos-, quien defendió a toda costa su invisibilidad.

 


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<p>El Guggenheim revisita la pintura abstracta de esta protagonista de la escena neoyorquina.<br/></p>

El Guggenheim revisita la pintura abstracta de esta protagonista de la escena neoyorquina.


Foto:copyright AGNES MARTIN/EXPOSICION EN MUSEO GUGGENHEIM

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