La táctica del quirquincho

Roberto Ampuero 

En el fondo, y pese a todo, seguimos siendo un país respetuoso de la institucionalidad. Aunque el Ejecutivo ya no logra articular a sus parlamentarios y, ante las críticas, prefiere enrollarse sobre sí mismo como el quirquincho que se protege con su armadura, el resto de las instituciones funciona. Al Gobierno le quedan 16 meses de administración, un tormento tal vez para la solitaria Presidenta, una fase de incertidumbre para todo Chile. Pese a todo, el país no se detiene; las personas, los emprendedores, las instituciones, lo impulsan y alientan.

Y esto no constituye un dato menor. Si viviésemos en un régimen parlamentario, el Gobierno actual probablemente hubiese fenecido por falta de respaldo en el Congreso. En este contexto, destaco la actitud republicana de la oposición, que concurrió con sus votos a salvar a la Mandataria, en un gesto que recuerda el apoyo que Pablo Longueira le brindó, en 2003, al entonces Presidente Ricardo Lagos, cuando su gobierno estaba por colapsar debido a casos de corrupción.

¿Habría cooperado esta semana de igual modo la Nueva Mayoría ante un gobierno de centroderecha con el agua al cuello? Es una pregunta nada retórica. Aunque se refiera a una situación hipotética, permite preguntarse qué actitud asumirá la izquierda ante un eventual gobierno de centroderecha a partir de 2018. ¿Será una oposición constructiva, o una que negará la sal y el agua? Bien mirado, el Gobierno actual cuenta con un factor a su favor: los opositores no intentan movilizar a "su" calle para, en un movimiento de pinzas entre políticos y manifestaciones callejeras, poner de rodillas a la administración. ¿Será igual de generosa una oposición de izquierda en un eventual gobierno de centroderecha en 2018?

En este contexto nos viene a la memoria la legendaria estatua en bronce del ruso Eugeny Vuchetich, instalada en Nueva York, llamada (parafraseando a la Biblia) "Convirtamos las espadas en arados". Aunque en política nada es seguro, es legítimo preguntarse qué debe esperar el país si el próximo año triunfa la oposición. ¿En qué se convertirán las retroexcavadoras y motoniveladoras, que fueron enterradas temporalmente por la adversidad de las circunstancias políticas? ¿En qué se convertirá la arenga jacobina de "arrancar hasta los cimientos del modelo neoliberal"? ¿Debemos prepararnos, después del gobierno de Michelle Bachelet, para uno en el cual la oposición exigirá desde el Congreso y "la calle" una suerte de cogobierno?

Algo es evidente: Chile no puede permitirse otro gobierno como el actual, ni tampoco una agudización de su polarización política. El país no puede seguir siendo conducido con improvisación, chapucería, zigzags y falta de liderazgo. El país no soporta otra administración refundacional que desconozca lo construido entre 1990 y 2014, se considere dueño de la verdad, desprecie la búsqueda de acuerdos y consensos, y carezca de un programa preciso y una hoja de ruta para recuperar la unidad nacional y construir un país más justo.

Es curioso, pero hoy Bachelet se ve tan huérfana del apoyo de políticos y partidos como cuando aterrizó en Santiago, procedente de Nueva York, para iniciar su campaña presidencial. La diferencia estriba en que entonces fue ella quien buscó esa independencia frente al "establishment" para entrar a La Moneda, y hoy es ese "establishment" el que busca esa independencia para conservar o conseguir nuevos cargos. Si antes ella no necesitó a los partidos, hoy son ellos quienes no la necesitan.

En el líquido contexto político actual, salpicado de trampas, fosos, arenas movedizas y lazos, y propenso a desatar a las temibles bestias de la guerra sucia para "americanizar" la política, Chile debe ser cauto. Hoy las fuerzas antipolíticas intentan conquistar poder con discursos antipoder, una empresa facilitada por políticos mediocres y corruptos, que nutren la distancia entre políticos y ciudadanía. Urge, por lo tanto, una ciudadanía empoderada, pero alerta, informada y exigente con respecto a lo que los políticos prometen y pueden cumplir. El país puede tolerar una administración que promete más de lo que cumple, pero una segunda administración de ese tipo ya es cosa delicada: llevará a Chile a perder su ubicación en el contexto regional, a deteriorarse y desdibujarse aún más, y a convertirse de nuevo en lo que fuimos: un país en la medianía de la tabla de posiciones continental.

Corresponde ser exigentes con los políticos y los candidatos presidenciales. No debemos dejarnos seducir por sonrisas, selfies ni bonos, ni por promesas irrealizables, ni hábiles surfeadores de la cresta de la ola política, ni mariscales de soluciones exprés, ni tampoco por diestros políticos que se presentan como ajenos al "establishment". Debemos rechazar a políticos quirquinchos, que se escudan sobre sí mismos para eludir el escrutinio público. Más que por su retórica y pretensiones, los políticos deben ser evaluados por sus aportes, su capacidad y formación, y por el modo en que planean concretar lo que prometen. Chile no está exento del riesgo populista.

 


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