El escritor y su doble

 

En una reflexión sobre la novela, Orham Pamuk señala que su éxito se mide por la duda que logre infiltrar en el lector acerca de la realidad de lo narrado. Si Adiciones palermitanas es estimada solo en base a ese baremo, se encontraría plenamente lograda porque Germán Marín crea un juego de espejos envolventes que dejan titubeante y sonriente la credibilidad en el lector.

Un viejo escritor, jubilado luego de casi dos décadas de trabajo en la Biblioteca Nacional, relata cansinamente su vida solitaria en un departamento de Providencia. Aunque casado y con una amante, Mónica, su voz quejumbrosa reincide en la dolencia que apenas le permite caminar, en sus paseos por el barrio, en su desencanto con los tiempos que corren, en el permanente espionaje de los que pasan desde la mesa de un café o a los vecinos de los edificios aledaños detrás de la cortina de su dormitorio y, sobre todo, sus dudosos y lentos avances en la escritura de un novela que transcurre en un hotel, el Palermo, ubicado en el barrio Brasil.

Barajadas con la voz del escritor se incluyen capítulos con el relato del personaje paralelo supuestamente creado por aquel, un exiliado que al volver a Chile acepta administrar el susodicho hotel, perteneciente a un italiano tacaño, quien, con menos vicisitudes y lamentos que su escritor, cuenta su rutinaria vida en la recepción del hotel, sus modestas distracciones en un salón de baile evangélico, la historia de los pensionistas y pasajeros, pertenecientes todos a una clase media empobrecida o parejas fugaces que lo emplean como apareadero. La narración, en esta cuerda, acaba con el cierre del hotel, la dispersión de sus huéspedes y la cruenta y pormenorizada demolición de la antigua casona que lo albergara.

Las sutilezas de la novela se encierran en la relación que plantea entre los dos personajes masculinos centrales, el escritor y el personaje creado por este, una suerte de reflexión acerca del vínculo entre lo narrado y lo vivido, en que no solo importan las historias de los clientes del Palermo (entre los cuales Marín hace reaparecer a personajes de anteriores narraciones suyas), sino, sobre todo, una divagación luminosa, decadente y matizada con un leve aunque permanente humor acerca de cómo va injertándose la escritura de un novela en la vida cotidiana del escritor.

La figura de este -que, dicho sea de paso, tiene más de alguna correspondencia con el autor, el personaje fuera de la novela- insiste en la soledad y desajuste del creador, acrecentados por la edad y sus achaques, un escepticismo profundo acerca de la importancia de la escritura -concebida como una mera distracción para matar el tiempo y espantar los fantasmas de la soledad-, que palidece frente a la vejez, la muerte y el sexo que, a pesar de los dolores y dificultades para caminar, no deja de practicar con Mónica, su ex secretaria. En la célebre ecuación entre la vida y la obra, el escritor diseñado por Marín se inclina por la vida y la obra circula como pasatiempo, a ratos sin mayor sentido. El doble en el Palermo, que no es escritor, pero sí un chismoso que transmite las habladurías acerca de los clientes del Palermo, en cambio convierte, al parecer por la melancolía con que despide al viejo hotel, su vida en una suerte de apéndice de su trabajo. Lo que al escritor le resulta odioso -el encierro, la soledad, la rutina a la que lo confina la enfermedad-, el administrador del Palermo lo acepta con resignación e incluso, con gusto. Si el administrador del hotel es un fiel empleado, sin imaginación, retraído, que vive de la vida de los otros, el escritor, en cambio, huye de la realidad, es inconformista, imaginativo y picarón: un viejo cochino, como le espeta Mónica. En medio de penalidades no menores, derrocha, entre quejidos, vitalidad sexual y creativa. Cuando después de un cita con Mónica, esta le sugiere al escritor terminar la jornada en el Palermo, lo que era producto de su ficción adquiere sorpresiva realidad para aquel y, al final de la novela, durante la segunda visita, el Palermo "real" subsiste al Palermo "ficticio" ya demolido y subsisten, incluso, sus huéspedes ficticios en un encabalgamiento de cortes de ficciones o de realidad y ficción que podría desatar tinta abundante, aunque no es preciso.

Adiciones palermitanas parece demostrar que no se requieren grandes historias ni personajes heroicos para construir una narración serena, punzante y divertida. Comparecen aquí, en una facilidad tan solo aparente, las virtudes acostumbradas de la prosa de Marín, rítmica, cercana, entrecortada, sin apuros, cruzada por hallazgos en el modo de decir, capaz de crear mundos interiores en los que el lector se ve envuelto como si participase de ellos.

Otro punto alto en la gran trayectoria narrativa de Germán Marín.

 


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<p> </p><p>Germán Marín Santiago, 1934.</p><p>Escritor chileno. Es autor de la trilogía <b>Historia de una absolución familiar,</b> compuesta por las novelas <b>Círculo vicioso</b> , <b>Las Cien Águilas</b> y <b>La ola muerta</b> . También ha publicado las novelas <b>Carne de perro</b> , <b>El palacio de la risa</b> , <b>Ídola</b> , <b>Cartago</b> , <b>La segunda mano</b> , <b>Deja hacer</b> y <b>El Guarén</b> , <b>Bolígrafo o Los sueños chinos</b> . Sus relatos están reunidos en la antología <b>Últimos resplandores de una tarde precaria</b> . Es autor, además, de <b>El circo en llamas</b> , edición prologada y anotada de la obra crítica de Enrique Lihn.</p>

 

Germán Marín Santiago, 1934.

Escritor chileno. Es autor de la trilogía Historia de una absolución familiar, compuesta por las novelas Círculo vicioso , Las Cien Águilas y La ola muerta . También ha publicado las novelas Carne de perro , El palacio de la risa , Ídola , Cartago , La segunda mano , Deja hacer y El Guarén , Bolígrafo o Los sueños chinos . Sus relatos están reunidos en la antología Últimos resplandores de una tarde precaria . Es autor, además, de El circo en llamas , edición prologada y anotada de la obra crítica de Enrique Lihn.


Foto:FERNANDO HERRERA

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