Entrevista | Lanza un policial sobre las palabras
Laurent Binet: "El lenguaje es el arma más poderosa"

A cuatro años de su aclamada novela HHhH , el escritor francés lanza ahora La séptima función del lenguaje , un hilarante thriller literario en torno al supuesto asesinato del crítico Roland Barthes. El caso lleva a Binet a explorar las vidas públicas y privadas de la intelectualidad francesa de los 80, como Michel Foucault, Julia Kristeva, Philippe Sollers, Louis Althusser y Jacques Derrida.  

Roberto Careaga C. 

La tarde del lunes 25 de febrero de 1980, Roland Barthes caminaba por París de regreso a su casa. El crítico francés, uno de los mayores lingüistas del siglo pasado, venía de un almuerzo con François Mitterrand, que por entonces aspiraba seriamente a convertirse en Presidente de Francia. Mientras cruzaba la Rue de Écoles, justo frente al Collège de France, donde él llevaba la cátedra de semiología literaria, una camioneta de una lavandería lo atropelló. Barthes ingresó al hospital y de ahí no salió sino hasta un mes después. Muerto. Falleció el 25 de marzo de 1980. Tenía 65 años. La historia oficial habla de un accidente y no hay nada que haga dudar de ella. Pero al escritor Laurent Binet (París, 1972) le conviene dudar.

O, mejor, a Binet le conviene pensar en otra posibilidad: la ficción. Eso hizo y se puso a escribir una novela en que Barthes en realidad no tuvo un accidente, sino que detrás del atropello hubo una mano negra. Hubo un asesinato. El libro se llama La séptima función del lenguaje y es, si existe la categoría, un thriller literario: el inspector Bayard recluta a un joven profesor de lingüística, Simon Herzog, e inicia una investigación que lo sumerge en la fauna de la intelectualidad francesa de los 80, por la que circulan como sospechosos filósofos y escritores, como Michel Foucault, Julia Kristeva, Philippe Sollers, Louis Althusser, Giles Deleuze, Jacques Derrida e incluso el italiano Umberto Eco. El asesinato pudo ser el resultado de una guerra de egos o, quizás, Barthes sabía algo que no debía saber: la verdadera séptima función del lenguaje, descubierta con sorpresa y temor por el lingüista ruso Roman Jakobson.

Tan vibrante como la mejor novela de Dan Brown, La séptima función del lenguaje es un retrato de una era mítica de la intelectualidad francesa, en que los filósofos no solo llevaban hasta el extremo el pensamiento -en el desbande de lo posmoderno-, sino que también vivían radicalmente cada uno de sus postulados: mientras Foucault se paseaba por los saunas gay buscando prostitutos, un joven Bernard Henri-Levi aprendía de Sollers, el cerebro de la revista Tel Quel, a cómo ser un publicista de sí mismo. Es la desacralización de una era dorada y, a la vez, un homenaje a la semiótica y a Barthes. También es un policial. "Pero espero que no sea solo una novela de detectives, aunque lo es. También es una ucronía, una novela satírica y espero que sea muchas otras cosas", dice el escritor.

Binet atiende el teléfono en su casa en París. Acepta hablar en inglés. Es, por lo demás, un escritor ya internacional: su libro anterior HHhH (2011) ganó el Premio Goncourt a la primera novela, fue llevada al cine y disputó en Estados Unidos el premio del Círculo de Críticos. Ahí, Binet contaba el atentado que sufrió el jerarca nazi Reinhard Heydrich en Praga, en 1942, pero no era la típica novela histórica sobre la Segunda Guerra Mundial: mientras narraba los hechos, Binet introducía en la trama el proceso de su escritura, reflexionando hasta dónde podía apegarse a la realidad o dejarse llevar por la ficción. Cuatro años después, aceptó el llamado de la ficción.

"Hay dos tipos de escritores. Aquellos que quieren escribir el mismo libro durante toda su vida y aquellos que deciden cambiar. Yo soy de estos últimos: no quiero seguir escribiendo sobre la Segunda Guerra Mundial durante el resto de mi vida", dice Binet. "Es cierto que mis dos novelas comparten la problemática de cómo resolver la tensión entre realidad y ficción, pero las enfrento desde ángulos opuestos. En HHhH me resistí a la ficción; escribí el libro desde el lado del narrador histórico que pretende atenerse a los hechos. Mientras que en La séptima función del lenguaje mi idea era jugar con la historia, retorcer los hechos", explica.

Además de imaginar que Barthes podría haber sido asesinado, Binet introduce en la novela un grupo secreto de larguísima data, que reúne a intelectuales y adeptos a la palabra, el Logos Club, en donde se dan discusiones al estilo de los sofistas griegos en que los participantes si pierden, también pierden un dedo. La idea, dice el escritor, viene de los debates de Sócrates o Pitágoras, pero también del libro y la película El club de la pelea , de Chuck Palahniuk. Y en esa línea se trata de discusiones salvajes, un poco como aparece retratado en la novela el escritor y hoy director literario de editorial Gallimard, Philippe Sollers: un ególatra verborreico que actúa como un payaso. En la vida real, Sollers se comportó a la altura: desplegó una intensa campaña para denostar La séptima función del lenguaje . "Quería burlarme un poco de Sollers y no me sorprendió que no le gustara el libro, pero sí que aún tenga tantos amigos dispuestos a atacarme", dice Binet.

- "La vida no es una novela. O al menos eso es lo que a ustedes les gustaría creer", se lee al inicio del libro, y ese es un problema que vive durante el libro uno de los protagonistas. ¿Ha tenido usted problemas con esa distinción?

- Mi libro tiene que ver con cierta paranoia clásica: qué es real y qué es simplemente un sueño. Es una antigua pregunta que ya estaba en Shakespeare o, como lo planteó Calderón de la Barca, La vida es sueño . Pero también se trata de una interrogante actual: pienso en la película Matrix . Es una problemática que me interesa: cómo conectar aquello que es real con lo que es ficción. Pues creo que la ficción nos ayuda a construir la realidad. Sin Cervantes o Shakespeare, nuestras ideas sobre la vida serían muy diferentes.

- ¿De dónde viene su interés por el universo de la lingüística y, en particular, por este grupo de intelectuales?

- Antes que nada, viene de mi trabajo como profesor, aunque realmente todo nace de mi interés por Roland Barthes. Barthes fue quien me enseñó cómo explicar los textos, cómo deconstruirlos y cómo llegar a decir y escribir algo interesante sobre un texto. Creo que incluso Barthes fue importante para mi cerebro: me hizo una persona más inteligente. Y luego, tuve una pareja que hizo un PhD en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, y estaba muy interesada en lo que llaman French Theory. Ahí descubrí a todos esos filósofos e intelectuales con los que, en realidad, no estaba familiarizado: Derrida, Deleuze, Foucault. Con ella fui varias veces a Cornell y pude conocerlos. Después, un paso llevó al otro, hasta que apareció la idea para esta novela.

- O sea que tuvo que salir de Francia e ir a Estados Unidos para conocer a este grupo de intelectuales franceses.

- Sí, y es muy significativo. En Francia sabemos los nombres de todos estos autores, pero no los estudiamos. Yo no tuve que leer a Foucault en la universidad. Y en Estados Unidos, cualquier estudiante de pregrado de literatura tiene que leer a Foucault o a Derrida. Aunque Barthes es un caso especial: el sí es muy estudiado.

- Pensando en cómo el grupo de filósofos y lingüistas de su novela se obsesionan con las posibilidades de la séptima función del lenguaje, ¿cree que en algún momento la lingüística exageró la importancia que le dio al lenguaje?

- No. De hecho, creo que el centro de la novela es que el lenguaje es el arma más poderosa. Si eres el maestro del lenguaje eres el maestro del mundo. Creo que aquellos lingüistas y teóricos de la semiótica mostraron cómo el lenguaje está imbricado en todo, incluso ahí donde nos parece que no hay intención de comunicar. Lo que nos enseñó la semiótica es que todo está hablando: tu ropa, tu auto, la publicidad, etc., y dicen mucho más de lo que creemos a primera vista. Las herramientas que nos entregaron aún son muy útiles para entender el mundo y, por supuesto, todo lo que está pasando en internet.

- En la novela, todo ese grupo de intelectuales no solo son retratados como investigadores relevantes, sino también como grandes hedonistas, muy envidiosos y que libran una batalla de egos con sus pares.

- Es cierto. El mundo de la academia es un gran campo de batalla de egos. No es nada nuevo. Sobre el lado hedonista de sus vidas, depende de cada caso: conocemos muy bien la vida de Barthes porque lo dejó escrito en diarios, mientras que Foucault era completamente público en ese aspecto de su vida, nunca lo escondió. De la vida privada de Deleuze o Derrida no se sabe tanto, así es que no la exploré. Mi interés no era revelar secretos, sino dar cuenta de hechos conocidos. Usé ese material porque desde el momento en que decidí construir mi libro como una novela de detectives me vi obligado a investigar el estilo de vida de los implicados en el crimen y de la gente que lo rodea. Y en cierto punto tuve que entrar en el universo de la prostitución juvenil de París de esos años: Foucault y Barthes acudían a ese universo.

- Quizás también por el estilo de vida que llevó ese grupo de intelectuales franceses en los 80 fueron tan reconocidos pública y políticamente. ¿Se acabó esa era?

- No, no lo creo. Ya no estamos en la era post mayo del 68, estamos en un mundo diferente. Pero todavía hay un importante grupo de intelectuales públicos, aunque ya no son las estrellas que fueron Barthes o Foucault. Las estrellas hoy son otras figuras. Foucault haría distinción entre los intelectuales específicamente y los intelectuales mediáticos, lo que es un poco tramposo porque él operaba como ambos. Aunque es posible que en esos tiempos los intelectuales fueran más serios y más especializados. Foucault pasó mucho tiempo hablando básicamente de la prisión y luego, sobre sexualidad. Ahora hablan de todo. Como Michel Onfray o Alain Filkenkraut, que tienen opiniones sobre todo. De alguna forma, Bernard-Henri Levi es uno de los grandes impulsores del típico intelectual mediático. Uno podría calificarlo de avant garde : ya estaba ahí 30 años atrás, como Sollers. Deleuze decía que un filósofo o un pensador es alguien que crea conceptos, tiene ideas, pero estos tipos son muy ruidosos y en realidad no tienen ideas. Los grandes intelectuales hoy tienen un perfil más bajo, como el economista Thomas Piketty.

- ¿Ha estado a la altura la clase intelectual francesa en la discusión del extremismo islámico y el terrorismo?

- No creo. La derecha está utilizando el problema del Islam como una forma para hacer aceptable el racismo y a la izquierda, demasiado asustada de parecer racista, le cuesta mucho criticar a las religiones considerando que toda religión es una fuerza contra el progresismo. Creo que quien mejor encaraba el problema era la revista Charlie Hebdo, que se reía de todas la religiones y no hacían excepciones con el Islam. Funcionaban en una tradición volteriana. Por supuesto, al final todo salió mal y se convirtió en una tragedia. Entonces, nadie está lidiando muy bien con el terrorismo en Francia, pero, al mismo tiempo, es tan sorprendentemente terrible y confuso. No es para nada fácil.

"Barthes fue quien me enseñó cómo explicar los textos. Creo que incluso fue importante para mi cerebro: me hizo una persona más inteligente"

 


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Foto:FRANCISCO JAVIER OLEA

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