Consagración Narradora argentina
La excesiva vida de María Moreno

"Comencé a beber para ganarme un lugar entre los hombres", escribe la autora en Black out (Penguin Random House). A medio camino entre la crónica, la novela y la autobiografía, su obra fue reconocida como uno de los mejores libros del año 2016 por la crítica literaria de América Latina y España.  

Pedro Pablo Guerrero 

Alguna vez se autorretrató, a la pasada, como una "periodista socarrona, pendenciera con el patriarcado", rasgos que evidencia Black out , libro de género dudoso, inestable, en el que se muestra como una mujer fogueada en la vida de los bares, territorio de hombres donde se movía a sus anchas, bebiendo a la par con ellos hasta la madrugada, desde la agitación noctámbula de los años sesenta hasta la resaca de la dictadura militar argentina.

Reportera, entrevistadora, columnista y crítica cultural, María Moreno se inició escribiendo notas de vida cotidiana en el diario La Opinión y trabajó en distintos medios antes de fundar, en 1983, el periódico feminista "Alfonsina". El paso a la ficción lo dio en 1992, cuando publicó El affair Skeffington , novela que -a partir del hallazgo de un manuscrito- simulaba recrear la biografía de una escritora inédita, nacida en Estados Unidos y emigrada a la rive gauche del Sena en 1923. Entregada a la bohemia, animó la escena intelectual que protagonizaban lesbianas, excéntricas y mujeres liberadas. El libro incluía un conjunto de poemas de Skeffington y sus correspondientes notas explicativas. En el posfacio que añadió en 2013 a la reedición de Mansalva, María Moreno confiesa que las teorías de Dolly Skeffington eran las suyas, trasladando al París de entreguerras las polémicas feministas de la transición argentina y camuflando bajo sus personajes ficticios a personas reales de su tiempo.

Reacia a ser considerada autora de una "obra", María Moreno -seudónimo de María Forero, compuesto a partir del apellido de su ex marido-, rechaza la figura de quienes ven, al escribir, avenidas anchas e iluminadas que conducen a una respetable obra central, y, por otro lado, suburbios de mala muerte que corresponden a textos de mera subsistencia que nada tendrían de artísticos . "En mí no hay avenidas iluminadas ni siquiera metafóricamente. Puede que sea bisexual, pero no bitextual", escribe en su nota introductoria a la antología de crónicas Teoría de la noche (Ediciones UDP, 2011).

La patria del conventillo

En Black out , su libro más reciente -donde se cruzan la novela, la crónica y las memorias-, la autora narra distintos episodios de su vida practicando frecuentes saltos temporales, a la vez que intercala reflexiones a manera de microensayos o críticas. De su niñez, recuerda cuando todavía era María Forero, la hija de una doctora en Química y un fotógrafo que vivían separados. Su madre se empeñó en criarla en un barrio popular de Buenos Aires, aunque pretendía mantenerla alejada de todo contagio frotándola con algodón empapado en alcohol. "Si colocar alcohol entre el mundo y uno significaba protección y seguridad, yo tomé el mensaje al pie de la letra", escribe María Moreno indagando en los posibles orígenes de su adicción.

Otra de sus "ficciones del alcohol", como las llama en el libro, es el ejemplo del padre ("No separaba la sed de las ganas de aturdirse"). Su madre llevaba a las amigas al estudio fotográfico del marido para presumir de su apostura. Lo espiaban a través de la vitrina hasta que una vez lo sorprendieron justo en el momento en que sacaba una botella de ginebra.

El barrio del Once, recuerda María Moreno en Black out , estaba en los años cincuenta lleno de comerciantes "turcos" y refugiados judíos. Su abuela era portera del conventillo donde vivían, y ella le ayudaba a repartir la correspondencia que llegaba a los inquilinos: los Unger, los Fleicher, los Wundailer... En una ocasión, descubrió en el brazo de la señora Seiden un número de varias cifras.

"-¿Le dolió el tatuaje señora Ruth? -se me ocurrió preguntar.

-No es un tatuaje, chirusita . Es mi número de teléfono. Tengo tan mala memoria -dijo la señora Seiden, sin mirarme".

En cada cuarto, recuerda la autora, había "una patria, una etnia, una lengua", y junto a ellas la "presencia consoladora del alcohol". Pero también el pueblo bebía . A contrapelo de la condena que este hábito recibió desde fines del siglo XIX como signo de "degeneración obrera", María Moreno opone a la productividad de las fábricas y el descanso reparador de la casa, el espacio del bar. "Al beber se escapa [de] la red de lo útil dando un sentido jodedor al hecho de alimentar la fuerza de trabajo ", escribe. Advierte, a renglón seguido, que los despreciados "revolucionarios de café" efectivamente hicieron revoluciones. Desde la de Mayo, en Argentina, fraguada en la tertulia que se congregaba en la jabonería de Vieytes, hasta la de octubre de 1917 en Rusia. "¿Qué hacían Lenin y Trotsky sentados en las terracitas de La Rotonde de París mientras veían emborracharse a Modigliani?", pregunta.

En otra parte del libro, María Moreno busca razones para su dipsomanía en un prestigioso modelo cultural del pasado. Lo que sería un gesto de bovarismo casi cholulo -como dicen en Argentina para referirse a quienes manifiestan una admiración exagerada por figuras del ambiente artístico- si no fuera por la agudeza de su juicio.

"Comencé a beber para ganarme un lugar entre los hombres", explica. "Imitaba una iconografía fuerte: Alfonsina en el Café Tortoni, Norah Lange en el Auer's Keller. Como Alfonsina, quería un hogar contra el hogar, ser la mujer de las medias rotas (...), la varonera ante cuya sorna se ponen a prueba las teorías, la amada vitalicia pero protegida por el tabú del incesto a la que se descubre de pronto como la amante más fiel aun en su traza impostada de pendenciera. Estaba convencida de que, más que ganar la universidad, las mujeres debían ganar las tabernas".

¿Pero quiénes eran los hombres entre los cuales quería ganarse un lugar María Moreno? Norberto Soares, Miguel Briante, C. E. Feiling y Claudio Uriarte, entre los más cercanos. Nombres que en Chile no dicen nada, pero tocados en Argentina por el aura del ingenio a flor de labio y la leyenda de una obra literaria valiosa aunque breve, aplazada por la urgencia del periodismo, diferida por la autocrítica y definitivamente trunca por la muerte. María Moreno cuenta las aventuras de cantina junto a "sus" hombres como lo haría un compadrito recordando hazañas de cuchillo. Juergas que terminaban, al amanecer, caminando por calles de una ciudad vacía.

La sangre y el alcohol

En busca de un caso equivalente, a este lado de los Andes resulta imposible no pensar en Stella Díaz Varín, bebiendo de igual a igual con hombres a los que a veces debía poner en su lugar. Pero las diferencias saltan a la vista. Hubiera sido fácil para María Moreno mostrarse como una mujer recia, sin flancos débiles ni necesidad de ayuda, pero hay algo que la diferencia de los hombres más allá de toda determinación cultural o de clase: la sangre. Padecía de frecuentes hemorragias. "El diagnóstico de endometriosis no ponía en peligro mi vida y yo era suficientemente fuerte como para conservar un número normal de glóbulos rojos. Tenía un hijo, no pensaba tener otro", escribe.

Como el del alcohol, la sangre se convierte en un leitmotiv de Black out . Estrechamente unidos, hasta el punto de sentir que su cuerpo es un alambique. "Imaginaba que emanaba la misma cantidad de sangre que la que yo bebía de alcohol en cualquiera de sus formas", dice. El efecto sedante del trago aliviaba la enfermedad, pero no detenía el sangramiento. El relato acopia una sucesión de episodios bochornosos que solo empeoraron con el paso de los años. Hasta que decidió operarse.

Pero dejar el alcohol no era igual de fácil. "Yo, como todos, comencé a beber para encontrar placer y terminé bebiendo, como algunos, para no sufrir. En esa carrera, cada vez los períodos de abstinencia fueron más cortos, y la cantidad requerida para terminar en un black out , menor", afirma. Perder el conocimiento llega a ser un sucedáneo del nirvana; privarse del alcohol, un infierno. De esta experiencia da cuenta un diario que la autora llevó durante 35 días de abstinencia, y que se intercala en la novela tal como lo escribió.

"Quedaría muy bien decir que paré por vergüenza", declara cuando finalmente se detiene. Que fue por reparar faltas que ni siquiera recordaba, salvo a través del relato de los demás. Nótese, sin embargo, que la frase está construida con un verbo condicional. Es decir, no es esa la razón por la que abandonó el alcohol. "Lo hice por alguien, pero eso es un secreto", admite en otra parte. "No lo hice sola, y ese es otro secreto que es fundamental para mantenerme sobria". Solamente el otro logra poner fin al "orgullo alcohólico" y los daños colaterales del desenfreno: la culpa, la autodenigración y el deseo de morir.

"Porque uno de los efectos de dejar es la reaparición del deseo en su diversidad y confrontación. Caramba, menudo problema, ya que no tengo la edad de Lolita -la tenía cuando empecé a beber", comenta la narradora con el mismo gesto elusivo (¿de coquetería?) que la hace omitir su año de nacimiento en todas las reseñas biográficas de sus libros.

En la nota final de Black out , María Moreno escribe: "Imaginé este libro como un tributo múltiple y ritual de despedida sin ningún resquicio para la nostalgia -solo se tiene nostalgia de lo que no se ha vivido".

"Black out" como autoplagio

Un número significativo de páginas de Black out reproduce, casi palabra por palabra, una crónica del año 2000, titulada "La pasarela del alcohol", incluida como una sección de su libro recopilatorio Teoría de la noche (2011). Todas son reflexiones y experiencias directamente relacionadas con la bebida. Desde la anécdota del borracho que sube al ómnibus con una enorme jaula cubierta por un trapo negro, puesta al comienzo de Black out , hasta las hipótesis acerca del potencial liberador, incluso subversivo, de los bares, así como las primeras armas de la narradora en ellos, los recuerdos personales de su época más desenfrenada y su decisión de abandonar el alcohol, que ocupa las páginas finales.

Se podría decir que María Moreno escribió Black out a partir de "La pasarela del alcohol" -o en torno a ella, como si fuera el centro histórico de una ciudad en expansión- y que gran parte de los materiales agregados son el desarrollo de las ideas contenidas en esa crónica o sus demostraciones. En términos simples, las 18 páginas del texto original se encuentran disgregadas a través de las 400 que conforman la novela. Incluso una de las tres partes en que la autora la divide conserva ese mismo nombre ("La pasarela del alcohol").

"No vacilo en plagiar, sobre todo cuando tengo que ganar unos renglones para terminar rápidamente un artículo. Y (...) para plagiar empiezo por casa", confesaba María Moreno en el prefacio de Teoría de la noche .

Black out es un autoplagio flagrante que, organizado como novela, bebe indiscriminadamente del ensayo, la crónica y las memorias. Black out significa perder el conocimiento o la conciencia, lo que es una paradoja, porque el libro recupera la conciencia de una época. Sus protagonistas, en los bares que frecuentaban durante los 60 y 70, le sugerían a María Moreno escribir sus memorias. Las de ella, que serían también las suyas. "Yo propuse como título la variante de una película: Yo los conocía bien ", recuerda María Moreno (parafraseando el título de un largometraje estrenado en 1965 por Antonio Pietrangeli). Otro de ellos sugirió, malignamente, " Qué pequeños eran los grandes de los setenta ". Ambos títulos descartados caracterizan el retrato grupal de una generación que se extingue. A ella pertenecieron también Fogwill, mencionado un par de veces en el libro, y Ricardo Piglia, a quien la autora le dedica Black out en un acto de gratitud literaria.

"María Moreno es uno de los mejores narradores argentinos actuales. Tal vez el mejor. Sus crónicas saben captar con oído absoluto las voces y los tonos extraviados de su época", había escrito Piglia años atrás.

"Como Alfonsina Storni, quería un hogar contra el hogar, ser la mujer de las medias rotas, la varonera ante cuya sorna se ponen a prueba las teorías".

 


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Foto:Carolina Tobar

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