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Esperando a los bárbaros: las migraciones y el islam, según Bauman y Onfray

El terrorismo da armas a quienes ven en los extranjeros la causa de todos los males. Pero las migraciones masivas no son nuevas, dice Zygmunt Bauman en "Extraños llamando a la puerta". Por su parte, en "Pensar el Islam", Michel Onfray imagina las posibilidades de convivencia entre la república y las dos maneras de ser musulmán: la de la mayoría silenciosa y la de la minoría activista y violenta.  

JUAN RODRÍGUEZ M. 

Uno de los hablantes en el poema "Esperando a los bárbaros", de Kavafis, pregunta por qué hay tanta conmoción en la ciudad. El otro hablante le responde: "Porque hoy llegan los bárbaros".

La xenofobia y las grandes migraciones no son fenómenos nuevos. Sin embargo, el terrorismo islamista, además de los desplazamientos masivos de personas que huyen de las guerras en Medio Oriente le han dado una nueva vigencia al asunto. Y tal vez con más fuerza, porque hay quienes cruzan ambas situaciones: todos los terroristas son inmigrantes, dicen esas voces. Claro, se podría recurrir al sarcasmo y la ridiculización para acallarlas, o entregar una batería de datos que las desmientan. Pero eso es una prédica a los creyentes.

Lo que hace falta es pensar la crisis migratoria, y también el islam. Eso es lo que proponen, respectivamente, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) en "Extraños llamando a la puerta", su libro más reciente en español; y el filósofo francés Michel Onfray (Argentan, 1959) en "Pensar el islam" (ambos títulos publicados por Paidós).

Fusión de horizontes

Por primera vez estamos "juntos y apiñados", dice Bauman. Y, siguiendo al filósofo anglo-ghanés Kwame Appiah, agrega: apenas en los últimos doscientos años se ha llegado al punto en que "cada uno de nosotros puede imaginar la posibilidad de ponerse en contacto con cualquier otro" de los siete mil millones de habitantes del planeta. De ahí se sigue el reto de equipar nuestras mentes -formadas a lo largo de los milenios en que vivíamos en pequeñas comunidades- con ideas e instituciones que nos permitan vivir como la tribu global que llegamos a ser.

Bauman cree que a la persistencia histórica de las migraciones y del miedo a los extraños, en el presente se suman dos factores que agudizan la xenofobia. El primero es la marginalización y humillación creciente de grupos humanos por parte de la misma sociedad "que alardea de unas comodidades y una opulencia esplendorosas y sin precedentes". Entonces llegan los extraños y los marginados descubren que se puede caer más bajo, que además de ser miserable, se puede ser extranjero: "Lo que salvó a la llamada white trash (basura blanca) de los estados sureños de Estados Unidos de sufrir las condiciones extremas de un autoodio insoportable y suicida fue la presencia de negros infrahumanos privados incluso del único privilegio al que aquella white trash sí tenía derecho: su piel blanca". Hoy ocurre lo mismo: la dignidad humana se reduce a ser francés, inglés, estadounidense y, por qué no, chileno.

El segundo factor actúa en otro sector social, el " precariado emergente". Son aquellos "que temen perder sus preciados y envidiables logros, posesiones y posición social". Para estas personas los inmigrantes personifican "el derrumbe del orden", les recuerdan la fragilidad de sus logros: "Y, si bien no podemos hacer prácticamente nada para domeñar las esquivas y lejanas fuerzas de la globalización, sí podemos al menos desviar las iras que nos han provocado y nos continúan provocando, y descargar nuestra cólera -indirectamente- sobre quienes, siendo producto de esas fuerzas, tenemos más a mano y a nuestro alcance".

Para Bauman, la vía para salir del desasosiego presente y de las aflicciones futuras es rechazar "las traicioneras tentaciones de separación". Queramos o no, nuestro tiempo nos impone la realidad de "un planeta, una humanidad". No hay que aislarse de las diferencias y disimilitudes, por de pronto porque es imposible, pero sobre todo porque intentarlo equivale a echar a andar una bomba de tiempo. Hay que entrar en contacto "con la esperanza de que de ello resulte una fusión de horizontes".

Sin embargo, lo de Bauman no es un llamado a soltar globos, tomarse de las manos y cantar el himno de la paz. Reconoce que elegir el camino del acercamiento no asegura una vida sin problemas, que puede ser "desalentadoramente largo, movido y espinoso" e incluso que en un inicio es probable que se desencadenen más temores y se agraven las animosidades. El asunto es que no cree que exista una vía alternativa más corta, más cómoda y menos arriesgada: "La humanidad está en crisis y no hay otra manera de salir de esa crisis que mediante la solidaridad entre los seres humanos".

Islam republicano

Otro fenómeno que destaca Bauman es el de la llamada "securitización". Es decir, el traspaso al ámbito de la seguridad -y por tanto de los órganos de seguridad- de asuntos que antes pertenecían a otra esfera. Y entonces, por ejemplo, la precarización de los empleos y en general de la existencia deviene en lucha contra la inmigración e incluso contra el terrorismo, pues "todos los terroristas son migrantes". Es un "truco de prestidigitador", dice Bauman, cuestión que le hace el juego a los extremistas.

En alguna medida, Michel Onfray pone la cuestión del islam y los musulmanes en el terreno de la seguridad. Pero lo hace para tomarse en serio el conflicto y vislumbrar alguna salida. Y con polémica: "Pensar el islam" parte como una disputa más o menos personal en la que Onfray lanza sus dardos contra la "izquierda liberal" (o "derechizada") en Francia -la de las políticas de austeridad y apoyo al intervencionismo exterior estadounidense en Irak, Afganistán y otros países de Medio Oriente.

Los medios de comunicación afines a esa izquierda han tildado al filósofo de islamófobo, fascista y antisemita. También lo acusan de hacerle el juego a Marine Le Pen y al Frente Nacional, y hasta lo han llamado "compañero de viaje del Estado Islámico". ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, Onfray ha dicho que el terrorismo sí tiene que ver con el islam, que lo que ocurre es una guerra, que hay un choque de civilizaciones, que el Estado Islámico es un Estado y es islámico, que el origen del conflicto es el "neocolonialismo" occidental, y que está en contra de la intervención militar contra Isis.

Ahora, no es que Onfray exculpe al islam. Al contrario. A partir de una lectura al detalle de sus textos, concluye que: "No hay sino una diferencia de grado entre el islam pacífico del creyente integrado en la República, que lleva una vida normal convirtiendo en principio la famosa sura «no está permitido forzar a creer a nadie», y el islam de los que se basan en otras muchas suras del mismo Corán que resultan ser antisemitas, falócratas, misóginas, homófonas, belicistas y guerreras, y matan en nombre del libro que también dice que no hay que matar".

Hecho el punto, Onfray coincide con Bauman en apuntar a la vida contemporánea como suelo fértil de la situación actual. Lo que parece sugerir es que Francia es víctima del terrorismo -y de la xenofobia, se podría agregar-, porque no es fiel al ideario de libertad, igualdad y fraternidad. Incluso entiende que algunos jóvenes abandonen Francia para sumarse al Estado Islámico, "ya que la República ha dejado de ser capaz de proponer la aventura, el ideal, la acción y el compromiso para erigir como modelos a los actores de series B, a los locutores de la tele, a unos futbolistas descerebrados, a actores de cine, a cantantes de concursos televisivos", dice. "El pueblo ha muerto y ha sido sustituido por un populacho fabricado por los medios de comunicación de masas".

¿Qué hacer? Francia debe "renunciar al imperialismo planetario" y liderar una negociación diplomática con Isis (recordemos que lo reconoce como un Estado). Pero sobre todo, Onfray propone una laicidad pragmática, que se haga cargo de que varios millones de musulmanes viven en Francia, de que el islam -ya no el cristianismo- "es una religión exponencial, en plena forma". "La mejor forma de luchar contra la islamofobia es construir un islam republicano", dice. Hay que firmar un contrato social "para que haya un islam de Francia" -"que se apoye en las suras pacíficas"-, compatible con los valores de la República. A cambio, "la República da lo que tiene que dar: proporciona una formación a los imanes, un salario, vigila los sermones para que sean republicanos, financia los lugares de plegaria, asegura la protección de los musulmanes".

¿Y cómo se paga eso? "Todo esto se financiaría con una aportación al culto cobrada en función de las confesiones, reservando una casilla para el ateísmo o el agnosticismo en la declaración de renta". Frente a ello, agrega Onfray, el laicismo dogmático dirá que en Francia no se financia ningún culto, y entonces "los cultos serán financiados por países extranjeros que tienen interés en hacer del islam una religión de combate contra Occidente".

La banalidad del mal

Queda la sensación de que en Bauman predominan los grandes principios y conceptos, que es bien intencionado; mientras que Onfray, sin salir del terreno de la filosofía, y tenga o no razón, es más práctico, incluso más realista en sus análisis. Allí donde el uno habla de hospitalidad y diálogo, el otro propone su islam republicano. Sin embargo, los dos reclaman una ética de la responsabilidad, que no cierra los ojos con la esperanza de que desaparezcan los problemas: "Debemos pensar como hombres de acción y actuar como hombres de pensamiento", dice el francés. De ahí que proponga su libro como una "conversación".

En eso coincide con Bauman: ya que la alternativa es la destrucción, no queda sino el entendimiento, el establecimiento de un horizonte común. Sin olvidar que se trata de un proceso siempre incompleto, en curso. (Como la democracia). Pues, a pesar de los escollos, "la conversación seguiría siendo la vía directa al acuerdo y, por ende, a la coexistencia pacífica, mutuamente beneficiosa, cooperativa y solidaria". El mayor peligro que "acecha" a la moral reside en un territorio que se expande sigilosa, constante e implacablemente: la " adiaforización ". O sea, "el área de las interrelaciones e interacciones humanas eximidas de evaluación moral [...], sujetas solamente a valoración por su eficiencia a la hora de «dar resultados»". Eso que la filósofa Hannah Arendt llamó la banalidad del mal. La falta de pensamiento.

No se trata de que todos seamos responsables de todo y en igual medida. El sociólogo polaco dice que la moral supone limitar la responsabilidad, so pena de hacerla imposible, pero no el universo de quienes nos hacemos responsables.

Lo inmoral es esto último. Es, por ejemplo, difamar la imagen de otros -'traen enfermedades', 'son terroristas', 'son delincuentes', 'nos roban el trabajo', 'abusan del sistema de bienestar'- para justificar "nuestra indiferencia y nuestra desatención entendiéndolas como merecido castigo".

Uno más conciliador, otro más combativo, tal vez la gran concomitancia entre Bauman y Onfray es que ambos reflexionan sobre un problema que no es solo europeo: cómo vivir con los otros... "¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían/ y todos vuelven a casa compungidos?", así cierra el poema de Kavafis que abrió este artículo. "Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron./ Algunos han venido de las fronteras/ y contado que los bárbaros no existen.// ¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? / Esta gente, al fin y al cabo, era una solución".

Hay que equipar nuestras mentes con ideas e instituciones que nos permitan vivir como la tribu global que llegamos a ser.
 


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<b>Esta fotografía de 2014muestra a un grupo de migrantes africanos intentando ingresar a un campo de golf, cuya reja divide a Marruecos y el enclave español de Melilla.</b><br/>
Esta fotografía de 2014muestra a un grupo de migrantes africanos intentando ingresar a un campo de golf, cuya reja divide a Marruecos y el enclave español de Melilla.

Foto:AP PHOTO/JOSE PALAZON

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