Nuevo libro Criterios estéticos y culturales:
¿Cómo incorporar el paisaje a las plantaciones forestales?

A través de "El paisaje y las plantaciones", el silvicultor chileno Luis Otero expone el modelo que deberían seguir las industrias forestales. El principal daño, advierte, está en la homogeneización del cultivo. "El paisaje influye en nuestra forma de ser", señala.  

Vanessa Leal Soto 

"En nuestro imaginario siempre está el paisaje como referencia", dice Luis Otero, ingeniero forestal de la Universidad de Chile. Cuando era niño, recuerda, jugaba en plantaciones de árboles de eucalipto, siempre con la cordillera de los Andes como eje de todas las cosas. Por eso, hoy su aroma lo remite a esa época y, cuando viaja a ciudades como Buenos Aires, se pierde en la planicie, buscando cerros en los que reposar la mirada. Así se configura, dentro de la identidad nacional, el paisaje; algo que Otero ha estado investigando durante años y de lo que ha escrito varios libros, más recientemente "El paisaje y las plantaciones forestales". Después de todo, paisaje viene del latín pagus , que es el lugar donde se vive.

"El paisaje influye en nuestra forma de ser. Cuando yo degrado el paisaje, en alguna medida me degrado a mí mismo también", sostiene Otero. "Hay una frase muy interesante de Winston Churchill que dice: 'Les damos formas a nuestros edificios y luego ellos nos dan forma a nosotros'. Podríamos parafrasearla y decir: 'Le damos forma al paisaje y luego él a nosotros'. La belleza influye en las personas".

Con la intención de mostrar la interacción entre la naturaleza y el ser humano, Otero pasó casi tres años tomando las fotografías y escribiendo el texto del libro, que se basa en las cuatro dimensiones del paisaje aplicadas a las plantaciones forestales: la ecológica, en la que se desarrollan procesos naturales; la económica, que se refiere a la satisfacción que el ser humano siente a partir de su intervención en la naturaleza; la estética, que tiene que ver con la belleza escénica; y la social-histórica, entendida como la ocupación de un territorio a través del tiempo.

En Chile, hace más de cien años que se introdujeron las plantaciones de pinos y eucaliptos, en el área de las minas de Lota y Coronel de Concepción. Hoy suman 2,6 millones de hectáreas entre el centro y el sur del país, sobre las que los ecologistas se debaten si ya forman parte del paisaje tradicional o no. Independientemente de la respuesta, Otero plantea en su libro que la industria detrás de ellas -que es una de las exportadoras de celulosa más grandes a nivel mundial - ha solucionado en gran medida el problema de erosión de los suelos, provocado por los incendios del siglo XIX - que afecta la cordillera de la Costa. Pero pone de manifiesto su gran preocupación: el monocultivo.

"Hay grandes problemas en Constitución, Concepción y la provincia de Arauco. Esas zonas están demasiado homogeneizadas por las plantaciones, lo que constituye un gran riesgo ecológico para el país porque aumentan las sequías y el peligro de incendios como los que vivimos este año", dice el autor. "Las enormes talas rasas que realizan las empresas forestales son el origen de esta homogeneización y se siguen realizando por falta de regulación del Estado. Si, por ejemplo, uno va al Lago Lanalhue, al sur de Arauco, puede ver talas rasas gigantes, casi a la orilla del agua, que obviamente dañan de manera tremenda un paisaje tradicional del sur de Chile, afectando la cultura de las comunidades mapuches y el turismo".

Por el contrario, un buen ejemplo de un paisaje con biodiversidad, apunta Otero, es el del lago Budi, en la provincia de Cautín, el corazón de la comunidad mapuche Lafkenche. Allí hay una mezcla de pequeñas plantaciones de pinos y eucaliptos con bosques nativos, praderas y cultivos agrícolas. Otro es la costa de Chiloé, que tiene entre bosques nativos, praderas, islas, palafitos y embarcaciones. Ambos forman paisajes de mosaico, que es el que Otero propone en el libro.

"Nosotros creemos que nos basta con la naturaleza. Que Chile, por el hecho de tener montañas, mares y desiertos espectaculares, basta. Pero el paisaje es el resultado de nuestra interacción con la naturaleza, no son solo los parques nacionales", agrega Otero. "Protegemos el paisaje prístino y el más importante es el productivo, que es el que rodea nuestras ciudades y donde desarrollamos nuestra vida. No basta con producir madera. Hay que generar un paisaje que sea armónico para tener un país verdaderamente desarrollado".

Estética del paisaje

Existe una íntima conexión entre la estética y la ecología de los paisajes. Como explica Otero, por lo general, la belleza escénica de un paisaje es indicador de su buen manejo que, a su vez, viene dado por un cúmulo de variables. Una es la coherencia, vista como la repetición de patrones de color, forma y textura que le dan unidad al paisaje. Otra es la legibilidad, que se refiere a la comprensión de los elementos conocidos del paisaje, lo que permite asociarlos en la memoria. Mientras que la diversidad está referida al número de elementos del paisaje, los que producen misterio -la última variable- al estar presentes en mayor cantidad y, por consiguiente, deseos de explorar.

"Hay que hacer un mosaico diverso en edades, especies, tamaños, formas, texturas y colores. Es decir, no podemos tener un bosque continuo. Eso genera mayor cantidad de hábitats distintos", dice Otero. "Cuando hay, por ejemplo, un bosque adulto de pinos y uno joven de la misma especie, hay dos hábitats diferentes en los que es posible encontrar animales distintos".

Para Otero, un paisaje que tiene más unidades, es decir, tipos de vegetación (plantaciones de diversas especies, edades, praderas, bosques nativos y cultivos) y geoformas (planicies, lomajes, colinas y cerros) tiene mayor valor. Hay muchos otros factores que configuran su calidad. Bastante frecuente es que la tierra erosionada ocupe tanto la mirada, por el espacio que abarca, que deje la sensación de una herida en el paisaje. O que la tala rasa y las plantaciones, al no seguir los patrones determinados por la tierra o el agua, sino formas arbitrarias, por lo general geométricas, den como resultado un paisaje que parece artificial. Otras veces se trata de elementos que solemos ver durante viajes en carretera, pero que no son menos antinaturales, como las líneas de alta tensión o vallas publicitarias que, en definitiva, interrumpen el paisaje.

Pero lo que hace que una vista sea particularmente bella es lo que Otero ha identificado como "hitos". Es decir, los ríos, lagos, volcanes y cascadas, a los que poco a poco, en Chile, se les han ido incorporando miradores para incentivar el turismo. "Son temas que los países desarrollados se han planteado desde hace tiempo. Tienen paisajes patrimoniales que son productivos, como el valle del río Rhin en Alemania o la campiña inglesa de Cornwall".

Dimensión cultural

En donde haya habido una larga historia de ocupación de territorio, hay un paisaje cultural. Sean indígenas, españoles o alemanes, la presencia del hombre no solo coloniza el espacio, también le da vida, a través del uso de recursos naturales como los agropecuarios, forestales o turísticos. En Chile, paisajes de gran tradición cultural y belleza escénica son el Estuario del río Maule, el río Valdivia y el lago Panguipulli, de producción maderera y artillera. También sobresalen las araucarias de Alto Biobío, en las que se recolecta frutos silvestres; las praderas arboladas de Valdivia y Osorno, con producción ganadera y de leche; las estancias del río Simpson, en las que se produce lana y carne; y la costa de Valparaíso, el lago Vichuquén, los Nevados de Chillán y el lago Llanquihue, de interés turístico.

En estos paisajes, al igual que en aquellos en los que haya presencia de hitos, Otero advierte que las plantaciones forestales deberían ser limitadas o alejadas del perímetro de la ciudad o pueblo, si este es de raíces alemanas, españolas, mapuches o tradicionales chilenas. Son especies no nativas que, según Otero, ya constituyen la imagen país, pues se han instalado en el imaginario colectivo y no solo estimulan visualmente a quienes las aprecian como parte del paisaje, sino que además posibilitan la provisión de agua en verano, la recreación, la protección contra las inundaciones y los deslizamientos de suelos que afectan la infraestructura.

"El paisaje es la naturaleza más la cultura", dice Otero. "Hay que aceptar que las plantaciones de pino ya son muy antiguas en Chile, tal como las viñas, que se trajeron del sur de Europa y se establecieron en Chile durante la época de la colonia y hoy día constituyen un paisaje tradicional del valle central del país. Por lo tanto, son parte de la cultura. Hay que restaurar y cuidar el paisaje del que forman parte. No podemos seguir plantando en la forma en que lo hemos venido haciendo hasta ahora".

Sin las plantaciones forestales, recalca, nos veríamos en la obligación de abastecernos de la madera de bosques nativos, lo que a largo plazo conllevaría a la desaparición de estos últimos. Pero como las plantaciones son extensas y perduran más en el tiempo que, incluso, las viñas y el paisaje ganadero, sus efectos son más impactantes. De allí la necesidad de planificar el paisaje.

 


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El del lago Budi es un buen ejemplo de paisaje de mosaico.<br/>
El del lago Budi es un buen ejemplo de paisaje de mosaico.

Foto:Luis Otero

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