La música de las estrellas

 

Desde La infancia de Jesús , J. M. Coetzee parece haber iniciado un giro en su escritura, notorio ya en esa novela y que se confirma y aclara un tanto en Los días de Jesús en la escuela . Desde luego hay una continuidad entre las dos narraciones. En la primera, con el trasfondo de las emigraciones, un barco lleva a la ciudad española de Novilla a un niño extraviado en busca de su madre. El niño, de unos seis años, es apadrinado por un hombre que viene en el mismo barco, quien logra, finalmente, reunirlo con su madre. El relato se desarrolla en una atmósfera extraña, neutra, que camina intermedia entre la alegoría y el realismo. Los llegados a Novilla han perdido sus recuerdos, incluso reciben nombres nuevos de la burocracia que los acoge: David (el niño), Simón (el Buen samaritano) e Inés (la madre).

En Los días de Jesús en la escuela , los mismos protagonistas huyen de las autoridades de Novilla hacia un poblado más pequeño, Estrella, en las proximidades de un censo. La historia aquí, en efecto, gira en torno a la educación que darle a David, un chico difícil, muy seguro de sí mismo, con ideas y puntos de vistas en extremo excepcionales, resistente a la formación propia de una escuela pública común.

Los paralelos con la vida de Jesús son oblicuos, parciales y ambiguos. Narrada en tercera persona, el punto de vista que asume el narrador es el de Simón, no el de David, quien, por lo mismo, se muestra ante los ojos del lector con la misma extrañeza y perplejidad con aparece ante los ojos de aquel, un hombre honesto, racional, con dificultades para abrirse al misterio, al discurso esotérico, a lo que podría llamarse, aunque Coetzee nunca emplea el término, "lo sacro".

El narrador sudafricano es muy sutil para plantear el tema. En la búsqueda de una mejor educación para el pequeño y extraño David, la madre y él lo inscriben en una curiosa academia de danza, regentada por el matrimonio de Juan Sebastian y Ana Magdalena Arroyo. Su filosofía educacional, alternativa y esotérica, busca a través de la música y la danza sintonizar a los niños con los números celestiales, permitiendo que esos números desciendan a su alma. En vez de enseñar la matemática vulgar -de "las hormigas"- enseñan la matemática de las estrellas, el orden inmanente en el cosmos. David resulta maravillado con el método de los Arroyo y se convierte en alumno adelantado, en particular, de la bella Ana Magdalena, la profesora de Danza. En el círculo de esa academia se encuentran también Alyosha y Dmitri, dos nombres de índole dostoievskiana (toda la novela se halla bajo su explícito influjo), el último de los cuales juega un papel central en la historia, cuya pasión se contrapone a la sequedad de corazón de Simón, así como la racionalidad de este y de Inés contrastan con la espiritualidad de los Arroyo.

En la narración, más que revelarse la especial naturaleza de David (quien, en apariencia, representa la figura de Jesús), Coetzee se focaliza en la evolución de Simón, quien, de algún modo, no solo es el "padrastro" de David, sino también una figura del escritor en un mundo escéptico y descreído. En más de algún párrafo, incluso, se percibe una crítica a sí mismo, al escritor Coetzee, tan frío, racional, escueto, mínimo. Por cierto, que esta lectura es solamente hipotética toda vez que, como lo demuestran sus obras más biográficas, Coetzee emplea el máximo de recursos literarios disponibles para, al hablar de sí mismo, adoptar un punto de vista lo más distante que sea posible.

Los días de Jesús en la escuela , que pareciera formar parte de un proyecto mayor, es una hermosa narración, inquietante, levemente (entendiendo por "levedad" una virtud) espiritual, abierta a muchas lecturas, en la que Coetzee pone en escena, con su habitual inteligencia, elementos de numerología, cábala, pitagorismo y platonismo.

En la narración se desliza la crítica a una educación que es puramente informativa e instrumental y descuida el equilibrio y la armonía interiores, y también al predominio de una mentalidad calculante -capaz de ver solo los números terrestres- y ciega a los números celestes, que más que contar, abren la mirada a "lo incontable". A su vez, por medio de la figura de Dmitri, insinúa la necesidad de celebrar la pasión en el mundo, aunque de ella surja tanto lo trágico como lo sublime. El amor solo acaece cuando el alma se torna capaz de ponerse a bailar, cuando sentimos "que algo falta, en el momento en que nada nos falta".

Sin abandonar su ascética prosa, Coetzee regala un relato delicado, sugerente y que pone su escritura en una dirección nueva y prometedora. Lo que es fantástico de decir tratándose de un escritor de su excelencia.

 


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JOHN MAXWELL COETZEE CIUDAD DEL CABO, 1940 Narrador, traductor y ensayista sudafricano. En 2003 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Entre sus novelas se cuentan Tierras de poniente (1974), Esperando a los bárbaros (1980), Foe (1986), Desgracia (1999), Elizabeth Costello (2003) y Diario de un mal año (2007), así como las novelas biográficas Infancia (1998), Juventud (2002) y Verano (2009).
JOHN MAXWELL COETZEE CIUDAD DEL CABO, 1940 Narrador, traductor y ensayista sudafricano. En 2003 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Entre sus novelas se cuentan Tierras de poniente (1974), Esperando a los bárbaros (1980), Foe (1986), Desgracia (1999), Elizabeth Costello (2003) y Diario de un mal año (2007), así como las novelas biográficas Infancia (1998), Juventud (2002) y Verano (2009).
Foto:CRISTIAN CARVALLO

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