"2001: Odisea del espacio":
Viaje dionisíaco

Christian Ramírez 

Uno de los efectos insospechados del paso de esta década ha sido ver cómo, uno a uno, los íconos culturales de los años 60 han ido cumpliendo medio siglo. Kennedy, el Muro de Berlín, los Beatles y los Stones, Andy Warhol y su Factory, el hippismo, la contracultura, el feminismo, y muy pronto la muerte del Che, mayo del 68, Woodstock, el hombre en la Luna. Para los que crecimos a fines del siglo pasado, el efecto de esto es inquietante, porque mucho de lo que en nuestra infancia fue experiencia palpable y legado reciente, hoy es más bien referencia histórica; algo que no resulta "inmediato", sino que debe evocarse, conjurarse.

De ahí quizás la creciente expectación con que el medio audiovisual espera el 50º aniversario de "2001: Odisea del espacio". Aunque falta todavía casi un año -la película fue estrenada un 3 de abril de 1968-, el revival ya comenzó en muchas partes; de hecho, la cadena Cinemark la tiene programada este mes en su ciclo de clásicos, en lo que debe ser la primera exhibición comercial del filme en salas chilenas en al menos cuarenta años.

Seguro que Kubrick (quien en julio próximo habría celebrado sus 89) habría recibido toda esa atención con el hermetismo y silencio habitual. Simplemente, no estaba en su naturaleza volver sobre sus pasos cuando el proyecto que lo obsesionaba se finalizaba y exhibía, pero se sabe que los dos años y medio de rodaje de su "Odisea" estuvieron entre los más exigentes y felices de su carrera, y vaya cómo se transmite esa sensación al momento de revisitarla: por mucho que su fama de cerebral e intelectual todavía tenga validez en ciertos círculos, lo que prima en el espectador que se expone ante ella -sea por primera o enésima vez- es una intensa sensación de fiesta y carnaval audiovisual; la exacerbación de colores, texturas, ritmos y pulsos que se articulan prescindiendo casi de diálogos, argumento e incluso progresión dramática, y que suscitan en la audiencia un tipo de compromiso y reacción visceral que los "expertos" de turno -que, incansables, buscaron y "revelaron" significados secretos, quintas patas de gato y presuntas cabezas de pescado alojadas al interior de la cinta- se han negado reiteradamente a admitir.

Para qué engañarnos. Buena parte de la maravilla y la devoción que 2001 despierta en sus espectadores pasa por la dimensión celebratoria con que cargan sus imágenes; una energía, un impulso que bien podría calificarse de dionisíaco. Un estado de embriaguez y éxtasis visual que al momento de su estreno adquirió todo el aspecto de un "trip" , un viaje sicodélico, y que en plenos años 70 sería interpretado en términos de travesía iniciática, pero que ahora -ya bien internados en el siglo en el que transcurre el grueso de la trama- prácticamente reviste un aura poco menos que sacrificial. Como si el Discovery One, que en la última sección del relato transporta a los astronautas a "Jupiter y más allá del infinito", fuese la nave que los deposita frente a un altar interestelar (el monolito, claro), donde uno de ellos será inmolado en un rito que supera las fronteras del tiempo, del espacio. ¿Vieron? Basta coger una hebra cualquiera del filme para que uno comience a fabular en todas direcciones...

Más allá de que una lectura como esta posea o no sentido -para mí, al menos, lo tiene-, es el vivo testimonio del estatus polisémico de una película que ha soportado un nivel de escrutinio, especulación y sobreinterpretación solo comparable, en la modernidad, al generado por "El padrino". Solo que a diferencia de este -virtual resumidero de la condición humana-, la obra de Kubrick emerge caleidoscópica y solar. Compleja y simple. Bella. Colorida. Como los pétalos de una flor.

2001: A Space Odyssey

Escrita y dirigida por Stanley Kubrick.

En Cinemark, los días 9, 13, 23 y 27 de mayo.

 


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El insondable ojo de la supercomputadora HAL 9000.
El insondable ojo de la supercomputadora HAL 9000.
Foto:MGM / UA


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