Un amor de verano llamado Alejandro Guillier

Francisco José Covarrubias 

Los amores de verano son intensos. Pero duran poco. Al amparo del calor y de las noches estrelladas, se acumulan los sueños, las promesas y los planes de futuro forjados en convicciones profundas que, transcurrido poco tiempo, acaban desvaneciéndose para siempre.

Lo que ha vivido Alejandro Guillier se parece cada vez más a aquello, a un simple amor de verano.

Todo comenzó en la primavera de 2016, cuando el ex rostro empezó a enamorar a un grupo cada vez más grande de la Nueva Mayoría. Se perfiló como el único capaz de derrotar a Piñera. Como la única esperanza de mantener el poder. La DC no tenía candidato posible, y la opción de Lagos ya no era viable: era un viejo amor terminado, sobre quien había más recriminaciones que afectos.

Guillier tenía dos grandes atractivos: su credibilidad como periodista y su independencia de la Concertación/Nueva Mayoría. Era el candidato "distinto", que estaba sacudido de los males del Gobierno, la coalición y de su historia. Ello lo hizo hacerse acreedor de lo que más importa en política: la popularidad. Y le permitió incluso lo impensable: alcanzar a Piñera en la encuesta Adimark, en enero, desatando las máximas pasiones de los miembros de la coalición.

Maquiavelo decía que uno puede llegar al poder por la fortuna o por las virtudes propias. Guillier, sin duda, iba por el lado de la fortuna. "Se le estaban dando las cosas". Pero tal como nos dice Maquiavelo, el camino de la fortuna es voluble, es poco sustentable en el tiempo. Y el escenario cambió. Y cambió para mal.

Por una parte, su desempeño en los meses de gloria fueron bastante erráticos. Desapareció en el verano y sus pocas actuaciones -presión a la DC, ambigüedad frente al Gobierno y un ridículo acercamiento al Frente Amplio- fueron mostrando que conducir un noticiero es distinto a encabezar un proyecto político. A ello se suman una serie de frases desacertadas que continúan hasta hoy. De hecho, nunca habíamos visto a un jefe programático quitarle el piso a su propio candidato, como lo hizo Osvaldo Rosales la semana pasada, al señalar que las declaraciones respecto de las multinacionales fueron "desafortunadas".

Por otra parte, la aparición de Beatriz Sánchez le quitó sus principales atributos. Es una candidata más novedosa, tanto o más creíble y alejada -de verdad- de la Nueva Mayoría y el Gobierno. Lo de Beatriz Sánchez también puede ser un amor de verano, pero es claro que el daño que le hizo a la candidatura de Guillier fue tremendo.

Para peor, el tímido escepticismo inicial de un puñado de DC pidiendo ir a primera vuelta se fue alentando a la misma velocidad de que el candidato mostraba sus falencias y bajaba en las encuestas.

De esta forma, hoy nadie sabe lo que representa Guillier, ni es posible posicionarlo hacia ningún lado. Si juega hacia la izquierda se encuentra con el Frente Amplio, cuyo discurso en ese ámbito es más creíble. Podría, entonces, levantar el discurso de la "moderación", podría jugar a ser el Macron chileno; pero ello es imposible, no solo por la diferencia de atributos personales, sino porque el apoyo que tiene del Partido Comunista invalida toda posibilidad de estacionarse en el centro. Para peor, eso lo está representando cada vez mejor Carolina Goic.

Hoy, Guillier ha quedado entre dos fuegos. Y no tiene cómo salir. Quienes tempranamente se cuadraron con él están desafectados, y muchos se están recién dando cuenta de que tienen un extraño compañero de cama. El caso más emblemático es lo que debe estar ocurriendo a esta hora en el PPD, donde a brazos caídos se votará su nominación.

Y así, paradójicamente, lo que era un lastre hasta ayer -los partidos políticos-, hoy es su única fuente de sustentación.

La candidatura de Guillier hoy parece hacer agua por todas partes. La fogosidad del amor es probable que se haya ido para siempre y su capacidad de reencantar es baja. Dado esto, es posible que lleguemos a noviembre con una disputa estrecha a tres bandas, entre Sánchez, Guillier y Goic, en la pelea por el segundo lugar tras Piñera. Pero dado esto también, no hay que descartar que el amor termine antes de consumarse y que, por lo tanto, estemos viviendo los últimos meses de una candidatura que para muchos nunca debió ser.

 


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