Testimonios de jugadores compulsivos que lo perdieron todo:
Abandonados por la suerte

El impacto que se generó el domingo pasado, luego de que un hombre disparara en el Casino Monticello matando a dos trabajadores, puso sobre la mesa los alcances que puede tener la ludopatía. "El Mercurio" asistió a una reunión de Jugadores Anónimos, donde los participantes relatan sus dramáticas experiencias y se apoyan entre ellos para superar la enfermedad. Terapia que marca un hito: por primera vez apuestan por ellos mismos, y si pierden, es el juego el que gana. ner la ludopatía. "El Mercurio" asistió a una reunión de Jugadores Anónimos, donde los participantes relatan sus dramáticas experiencias y se apoyan entre ellos para superar la enfermedad. Terapia que marca un hito: por primera vez apuestan por ellos mismos, y si pierden, es el juego el que gana.  

Aldo Lingua Moreno 

Una madre llora, mientras su hijo, de 41 años, le acaricia suavemente el antebrazo. Cinco pares de ojos miran fijamente una de las lágrimas que cae y desaparece en la comisura de su boca, mientras que la vista de su hijo se mantiene clavada sobre la mesa. "Es mi culpa. Yo lo llevé por primera vez al casino. Íbamos todos en familia y hasta nos reíamos cuando terminábamos de jugar de madrugada. Yo le enseñé a jugar", se lamenta la mujer. Su nombre es María y, junto a su hijo Andrés, es la primera reunión de Jugadores Anónimos a la que asisten.

Luego de que el pasado domingo el veterinario Osvaldo Campos abriera fuego al interior del Casino Monticello, matando a dos trabajadores e hiriendo a otras cinco personas, después de perder $17 millones, la opinión pública se topó de frente con los alcances y las consecuencias que puede llegar a tener una enfermedad como la ludopatía. En Chile existe Jugadores Anónimos, un grupo de apoyo que se reúne dos veces por semana en una iglesia de Ñuñoa a compartir sus experiencias, como una forma de encontrar una salida a sus problemas. "El Mercurio" estuvo presente en una de las reuniones que se realizó esta semana.

De acuerdo a Germán, quien dirige Jugadores Anónimos, esta es "la mejor terapia" para una persona que sufre de ludopatía. Él no es ni psicólogo ni psiquiatra, sino que es un ludópata en recuperación. "Aquí nos juntamos y cada uno habla, cuenta su historia, y nos reconocemos en el otro y nos apoyamos. Todos sabemos lo que el otro siente, porque lo hemos sentido".

El encuentro se inicia pasando lista, donde los siete asistentes se presentan, reconocen que son jugadores compulsivos y señalan la última vez que jugaron. Nadie juzga. Luego leerán pasajes de ayuda, los doce pasos de rehabilitación y darán paso a la catarsis, que es cuando cada uno cuenta su historia y se desahoga.

Dentro del grupo tienen tres reglas principales: nunca se habla de montos, lugares de juego o apuestas; todo es anónimo, no pueden compartir nada de lo que ocurra en la reunión con el mundo externo, y mientras alguien está hablando, los demás guardan silencio.

Debido a estas reglas, en este reportaje los nombres no corresponden a los reales y algunos de los lugares no están precisados.

La mano inicial

Alejandra, 56 años, vivía en La Serena con su esposo. Tenían un negocio exitoso de automóviles y empezaron a ir al casino como una forma de entretenerse, de pasar el rato. Pero mientras él podía alejarse, ella no. Volvía. Sus idas se hicieron cada vez más frecuentes y pasaba horas jugando con las máquinas. A veces iba porque sentía que la suerte estaba con ella y salía con más plata de la que entraba. Pero la mayoría del tiempo no era así. Sus ingresos propios se esfumaron y tuvo que recurrir a sacar las tarjetas de su marido a escondidas.

Al otro lado de la mesa está sentado Cristián, de 28 años. A pesar de su diferencia de edad, su historia tiene bastante en común. Él partió jugando con amigos; se juntaban a "tomar algo" y apostaban algunas manos de póker. Lo que luego se tornó insuficiente y empezó a ir al casino. "Al principio ganaba. Me iba muy bien", cuenta, y todos en la mesa asienten. De acuerdo a estudios internacionales, la ludopatía en los hombres se puede manifestar en la adolescencia, pero es más común que aparezca entre los 18 y 22 años. Los juegos de preferencia son los de cartas y/o altas apuestas, como el póker, blackjack o las apuestas de caballos.

Curiosamente, el inicio en el juego de muchos ludópatas va acompañado de la buena suerte. Las primeras veces tienen ganancias o quedan en cero. Parten con un gusto dulce, lo que hace que la caída sea aún más amarga.

Al poco tiempo Cristián estaba apostando mucho más de lo que tenía. Sacaba plata del minimarket de sus padres. Dejó de lado sus estudios, por lo que fue expulsado de la universidad. Su familia no estaba enterada de lo que pasaba: el joven mantenía una fachada de normalidad y su problema de juego era visto como un hobby . Hasta que un día sus padres lo encontraron tirado en el piso de su habitación. Cristián había ingerido un puñado de pastillas para terminar con su vida, atormentado por la angustia y las pérdidas en el casino.

Un factor que se repite en las historias es que las familias rara vez se dan cuenta del problema, hasta que ya es inmanejable. Los asistentes cuentan que para mantener su juego compulsivo, todos desarrollan una habilidad para manejar distintas cuentas con dinero. Piden préstamos a bancos o amigos a escondidas de su familia, venden sus pertenencias o incluso llegan a robar para mantener su nivel de gasto. Hacen presupuestos en los cuales el porcentaje destinado a los juegos es cada vez más alto. Se vuelven maestros del subterfugio.

"Mi hermana me decía que yo estaba enferma, y yo no y no"

Las noches que Alejandra volvía del casino de Coquimbo a acostarse al lado de su pareja no podía dormir pensando en cómo iba a explicarle que lo había perdido todo, nuevamente. Que otra vez había sacado más y más dinero de su negocio automotor para financiar sus apuestas. "Mi hermana me decía que yo estaba enferma, que tenía un problema, y yo no y no. La plata no significaba nada para mí, si era algo para tirar. Pero enfrentar a mi esposo...".

Patricia cuenta que empezó a jugar hace un par de años, a los 59. Se acababa de divorciar, sus hijos ya no vivían con ella y se había cambiado a un nuevo departamento. Vivía con su madre, de 85 años, y su perro. Era una vida tranquila, aunque un tanto solitaria. "Yo creo que por eso empecé a ir a jugar a las máquinas. Pasaba horas ahí y no me daba cuenta. Se ven hartas mujeres mayores, de mi edad, y se ven solas. No estoy diciendo que sea el motivo, pero tenía el nido vacío y bueno, así se parte". Según varios estudios, la ludopatía femenina se presenta principalmente entre los 45 y 55 años, con una prevalencia mayor en mujeres amas de casa, retiradas y/o con bajos niveles de estudio. Las máquinas tragamonedas y ruleta son los juegos que las atraen, ya que son más cortos y dinámicos, en contraste con los hombres.

"Yo llegué a ser cliente VIP de un casino. Hasta me llevaban fuera del país a jugar. Un día volví con tanto en efectivo que tuve que declararlo. Con todo eso, me bajé del avión y me fui a jugar. Ese es el nivel de emoción, de adrenalina que se siente", cuenta Andrés. Las comodidades de ser VIP: salón privado, trato preferencial, consumo gratis, habitación, valet. "Te das una gran vida. Desde fuera se ve increíble y, cuando estás bien, estás muy bien", explica. No hay orgullo en su voz. Lo que cuenta no son logros. Son el inicio de un largo descenso.

"Pero no dura", dice Andrés. Y Alejandra, Cristián y los otros cinco presentes asienten levemente. Todos saben que las cartas, tarde o temprano, muestran su peor cara.

Mala racha

Los asistentes de Jugadores Anónimos han perdido mucho más que solo dinero. Lo más doloroso -aseguran- es haber roto sus lazos emocionales y arruinado su reputación. Y lo que menos quieren recuperar es lo económico.

Patricio tiene 61 años y lleva sin jugar desde noviembre del año pasado. De los asistentes, es uno de los que lleva más tiempo fuera del juego, junto con Germán, el director del grupo. Explica que la ludopatía hace que la persona cada vez se vaya quedando más sola. Primero se rompe con los amigos, luego con la familia, hasta que ya no queda nada más que el juego. El juego y la culpa de perder... perder apostando y perder las relaciones humanas.

"Cuando estaba jugando me molestaba que se pusieran cerca o que me miraran. Me molestaban las otras personas de la mesa, las que pasaban atrás, incluso aunque no me hablaran. Te molestan todos", dice Cristián.

Y esa soledad la reconocieron en Osvaldo Campos, autor del tiroteo en el Casino Monticello el pasado domingo. Cuando vieron la noticia, todos sintieron un peso enorme, porque podrían haber sido ellos. "Yo me acosté y me sentía mal. Mi marido me hacía cariño y me decía que estaba bien, que me calmara, pero no podía. Imagino lo mal que tiene que haber estado ese hombre", dice Alejandra. Andrés, el ex jugador VIP, conocía a las víctimas. Las había visto muchas veces en sus idas al casino. A pesar de eso, también logra empatizar con el veterinario "porque uno se desespera; no puedes dejar de apostar, de perder, y sientes que nadie te puede ayudar", explica. Y Cristián había estado en el casino el día anterior. Todos sienten de cerca la tragedia, pero, a diferencia de la mayoría, no condenan al victimario, porque lo sienten víctima de sus propios demonios.

Germán dice que la ludopatía es una enfermedad poco entendida en Chile y "mucho menos aceptada". Asegura que únicamente son vistos como personas adictas al juego e irresponsables, no como personas enfermas que necesitan ayuda, y que esta coyuntura puede ayudar a sensibilizar a la opinión pública en esta materia.

"Al final ya no te quedan amigos. No hay quién te aguante"

Mary, de 54 años, es una mujer alegre y cuando llega saluda a todos de beso en la mejilla, como si fueran amigos de años, auque sea la primera vez que los ve. "Lo que más me duele es haber perdido la confianza de mi familia. Yo, por culpa de la enfermedad, los alejé y ahora lo que estoy tratando de hacer es recuperar su confianza", dice. Ella se siente particularmente orgullosa ese día, porque le pasaron dinero para ir a pagar las cuentas y, en el camino, pasó por fuera de un local que tenía máquinas de juego, como las que han proliferado en los últimos años en distintos barrios, y siguió de largo. "Fue difícil, pero por eso estoy aquí, por eso vengo, porque sin ustedes yo no hubiese tenido la fuerza", confiesa emocionada.

Todos han "hecho cosas malas" para mantenerse jugando. Cristián robó plata del negocio de sus padres y usó el dinero que le daban para pagar su universidad en el casino. "Nunca les dije. Ellos pensaban que yo seguía estudiando, pero no. Hasta que un día no pude más. Ellos no estaban en la casa, así que me tomé un montón de pastillas. Mi papá me encontró tirado en mi pieza".

Patricia "se jugaba" un fondo que su madre octogenaria tenía guardado. "No sabía cómo decirle. Estaba tan nerviosa de volver a la casa y enfrentarla. Y yo soy una mujer de 60 años, pero tenía miedo. Cuando lo reconocí, ella me dijo que se iba de la casa. Sentí que me moría, que le había fallado a mi mamá".

Mary le pidió prestado a casi todos sus conocidos. "Al final ya no te quedan amigos. No hay quién te aguante".

Andrés dice tener un buen sueldo. Lo único que no perdió fue su trabajo. Con la plata que ganaba iba a jugar, pero luego no fue suficiente, así que pidió un crédito, luego otro, luego otro a un banco extranjero. Ahora está tratando de pagar lo que debe, pero no va a ser en ningún futuro próximo. Germán lo resume de manera sencilla: la locura es que son personas que trabajan 30 días para gastarse todo eso en una hora.

"Quiero que mi hija, cuando vuelva, pueda mirarme y ver que estoy mejor, más sana", dice Alejandra. Su hija se fue a vivir a Europa y vuelve en noviembre. Cuando se fue, le pidió ayuda financiera, pero Alejandra no le pasó nada, porque quería tener su fondo para el casino.

Sin comodines

La terapia que se implementa en Jugadores Anónimos sigue el mismo modelo que el de Alcohólicos Anónimos. El primer paso es reconocer que se tiene un problema y entregarse a un poder superior. Esto es un acto de fe, pero no se adscribe a ningún credo ni ideología particular. Solo la creencia personal de que hay algo superior al hombre.

Esta metodología considera que la persona está enferma y que nunca dejará de estarlo. "Una vez que se es un jugador compulsivo, se es para siempre un jugador compulsivo", asegura Germán. No hay salidas fáciles, simplemente un largo camino de acompañamiento, de asistir dos veces por semana a las terapias grupales. Y lo más difícil, tratar de no apostar día a día.

Una de las formas que Esteban ha encontrado para manejar su ansiedad es no cargar dinero. Su esposa administra los ingresos de la casa y cada día le da $3 mil para que almuerce y se movilice. Varios siguen ese mismo modo de vida.

"Lo que aquí veas. Lo que aquí oigas..."

"Nuestras metas son por 24 horas. No pensamos más allá", explica Germán. La lógica de un día a la vez viene de que la persona puede sentirse abrumada al pensar en el futuro y eso la puede llevar a recaer. Por eso, al despedirse, se desean unas felices 24 horas. "Fuerza en las siguientes 24 horas", "aguanta estas 24 horas", se escucha cuando concluye la reunión.

María, la madre de Alejandro, sonríe al terminar el encuentro. Dice que siente que puede ver un futuro para su hijo. "Voy a tener que llegar a la casa a tener una discusión con mi marido, porque él no cree que haya algo mal con nuestro hijo. Le dice que deje de jugar y listo, pero ahora entiendo que es algo más allá de su alcance". Les da las gracias a todos, pero Germán le advierte que no podrá asistir a la siguiente reunión, porque su hijo debe hacerlo solo. Ella puede acompañarlo desde fuera, pero lo que pasa en ese salón es solo de ellos.

Sentencia que está a firme sobre la mesa, arriba del mantel blanco, entre migas de galletas y restos de café, impresa en un papel: "Lo que aquí veas. Lo que aquí oigas. Cuando de aquí te vayas que aquí se quede".

Cuando vieron la noticia del tiroteo en el Casino Monticello, experimentaron un peso enorme. Todos sienten de cerca la tragedia, pero, a diferencia de la mayoría, no condenan al victimario, porque lo sienten víctima de sus propios demonios. 


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La página web www.jugadoresanonimos.cl permite acercarse al grupo y solicitar ayuda de forma anónima y confidencial.
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Foto:ilustració: rodrigo valdés


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