Los dos lados del corazón

Joaquín García-Huidobro 

Desde una perspectiva doctrinal, la derecha se ha articulado históricamente en torno a cuatro vertientes: liberal, conservadora, socialcristiana y nacional. Sin embargo, considerando un punto de vista afectivo y más simple, ellas podrían reducirse a dos. De una parte, la derecha que tiene genes rurales y populares. De otra, la derecha más urbana y burguesa. Ninguna de ellas es perfecta: la primera está tentada por el paternalismo y el autoritarismo. La segunda, si se descuida, puede ser frívola y exitista. Pero también tienen virtudes: una aprecia la vida sobria y la solidaridad; la otra es meritocrática y mantiene un fuerte compromiso con la democracia. Por eso se necesitan recíprocamente. Sin esos dos lados, el corazón de la derecha nunca podrá funcionar adecuadamente.

La combinación de ambos factores es una tarea sumamente difícil. Pensemos, por ejemplo, en el intento de Jaime Guzmán. En los años setenta y ochenta, él mezcló elementos conservadores con una economía de mercado de tinte liberal, un intenso trabajo en las poblaciones y una propuesta despolitizadora de la sociedad, todo esto aderezado con mucha mística. Ahora bien, a Guzmán lo mataron, el Muro cayó, la UDI perdió encanto, y de paso se olvidó de los pobladores. Necesita buscar una nueva síntesis.

RN es, a su modo, otro intento de integración entre ambos elementos. Es fuerte en el mundo rural, aunque también en las clases medias profesionales y urbanas. Tiene un ala liberal, pero al mismo tiempo sus conservadores son más conservadores que la UDI. Esa mezcla no ha estado exenta de conflictos; no obstante, en los últimos años se ha estabilizado.

Las discusiones que hemos visto en estos días en Chile Vamos tienen que ver no solo con personalismos, sino con la compleja convivencia de esos dos elementos en el marco de una apuesta electoral común. La propuesta de Ossandón no le bastó para ganar en las primarias, si bien 372.000 votos es una cifra respetable. Por eso, hoy es el perdedor más cotizado de la política chilena.

Sebastián Piñera, el ganador, representa más bien a la otra derecha. Es un liberal con ciertos elementos conservadores, que le vienen de su ascendencia democratacristiana. Sus méritos políticos son tan innegables como las fallas que mostró en su pasado gobierno.

La gran interrogante es cuánto ha aprendido de sus errores. En algunas materias parece incorregible: pensemos, por ejemplo, en su peculiar uso del humor. Pero no se puede negar que este Piñera ha realizado un serio esfuerzo por subsanar el déficit político del anterior. Al mismo tiempo, es significativo que entre los principios que inspirarán un eventual gobierno suyo haya incluido expresamente la solidaridad, lo que constituye un claro guiño hacia esa otra derecha.

El problema para Piñera reside en que estas señales de cambio, a pesar de que sean reales, se demoran en llegar al público. Su ventaja (el ser conocido) es al mismo tiempo su gran inconveniente, porque la gente tiene instalada una imagen suya, y no la cambiará de un día para otro.

La dificultad aquí no es Manuel José Ossandón. Aunque tenga influencia, él no es dueño de sus votos. El desafío para Piñera es conectar con sus electores. Dicho sea de paso, ellos tienen muchos puntos en común con esos miles de chilenos que, si bien históricamente han votado por la Democracia Cristiana, ya no se sienten representados con el partido descafeinado que hoy lleva a Carolina Goic como candidata.

Piñera no es Ossandón ni hace falta que gaste energías en mostrar los atributos que entusiasmaron a los ciudadanos que apoyaron al senador. Cuatro meses es muy poco tiempo para conseguir que lo amen; no obstante, son suficientes para entregarles razones para votar por él en noviembre. El derrotado senador, si bien no fue demasiado preciso en sus propuestas, afirmó querer una derecha distinta, menos elitista, que rechace los abusos, aparezca desligada de los grupos empresariales y no piense tanto en la economía.

No se trata, ciertamente, de despreciar la economía (la reciente experiencia de la NM indica que puede ser fatal), pero todavía se podrían dar más señales que muestren que la política es lo primero. Eso no solo tiene ventajas retóricas, sino que permitirá navegar mejor en las tormentosas marejadas que se aproximan en marzo.

Piñera no es Ossandón ni hace falta que gaste energías en mostrar los atributos que entusiasmaron a los ciudadanos que apoyaron al senador. Cuatro meses es muy poco tiempo para conseguir que lo amen; no obstante, son suficientes para entregarles razones para votar por él en noviembre.

 


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JOAQUÍN GARCÍA-HUIDOBRO
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