Mitad víctimas, mitad cómplices

"Pequeños cementerios bajo la luna" es un texto intensamente referencial, aunque sin ninguna artificialidad.  

Camilo Marks 

Pequeños cementerios bajo la luna , de Mauricio Electorat, no solo es una notable novela desde todo punto de vista -formal, argumental, narrativo-, sino que constituye uno de los raros volúmenes recientes que, fuera del aspecto literario, constituye un triunfo de elevación ética, una muestra de solvencia espiritual y aunque parezca desafinado decirlo, una lección para muchos escritores que han optado por el talante liviano o el minimalismo. Es cierto que en sus anteriores ficciones -sobre todo La burla del tiempo y No hay que mirar a los muertos -, Electorat demostró una preocupación profunda por el pasado reciente, que sus títulos insisten en examinar a la sociedad chilena bajo un punto de vista crítico y que, en fin, escribe desde una perspectiva que para algunos puede estar pasada de moda, esto es, la visión de un escritor comprometido con lo que pasó en Chile; como sea, cualquier reparo se desvanece ante la fuerza y el ímpetu con que construye Pequeños cementerios... Digámoslo de otra manera: el tema de la dictadura parece no interesar a nadie, los dilemas morales que afectan a nuestra sociedad dejaron de preocupar a casi todo el mundo, las heridas sin cicatrizar producen una glacial indiferencia. No es de ningún modo el caso de Electorat, quien, además de poseer un indiscutible talento, lo pone al servicio de un relato estremecedor y vital. Por último, lejos del folletín, del sentimentalismo barato, de la frivolidad, Pequeños cementerios... es una narración que se sostiene a sí misma por numerosos motivos: el lenguaje, el humor, la tensión, la garra y, en especial, los terribles, terribles y muy conocidos episodios que nos expone.

El protagonista es Emilio Ortiz, un estudiante chileno en París que hace un postgrado en lingüística y vive incontables pellejerías para comer, mantenerse, conseguir un techo bajo el cual alojarse y sostener su enamoramiento con la extraña Chloé, una chica a quien conoce en un bar. Sus amigos y compatriotas, Alfredo y Fernando, comparten sus desvelos y el primero se dedica a lo mismo que Emilio: funciona como portero de noche en un dudoso hotel del Barrio Latino. El patrón que regenta el establecimiento se llama Vautrin, exactamente como el personaje central de numerosas obras de Balzac; es natural, pues, que surjan a lo largo de la primera parte, diversos nombres de celebridades de la literatura gala u otras que residieron en la capital francesa y, en ese sentido, Pequeños cementerios... es un texto intensamente referencial, aunque lo es de modo espontáneo, sin ninguna artificialidad. Emilio es un lector ávido y también lo son sus compinches, por lo que resulta inevitable que, aparte de contarse las aventuras que les pasan, hablen de libros y autores. Electorat maneja la cronología con plena libertad, si bien da la impresión de que los primeros pasos de Emilio en el extranjero suceden durante el gobierno militar. Hasta aquí, Pequeños cementerios... semeja más una picaresca del exilio que un drama político y solo desde esa perspectiva, la de los desarraigados de la patria que sobreviven a duras penas, bastaría y sobraría para que la trama funcionara bien: es un medio que Electorat conoce a fondo y como lo ha hecho en títulos anteriores, sabe sacarle partido a su experiencia.

La acción, sin embargo, toma un rumbo inesperado gracias a la visita de la tía Amalia, la única familiar de Emilio que fue opositora al régimen castrense; tras una llamada posterior de ella, el joven debe regresar temporalmente a Santiago. Lo que encuentra es un desastre por donde se le mire: sus padres se han divorciado, su madre ha caído en el alcoholismo, el patriarca vive con Pía, una chica varias décadas menor que él. Peor aún: Antonio Ortiz, el jefe del clan, está siendo investigado por su presunta participación en graves violaciones a los derechos humanos. Habría prestado su garaje a la policía secreta de Pinochet para encerrar y torturar a presos políticos y entre sus amistades se cuentan Álvaro Corbalán, Miguel Krasnoff y otros pájaros con deudas pendientes en el insoluble problema. Montserrat y Julián, hermanos de Emilio, no quieren oír una sola palabra sobre el tema, han optado por desentenderse de todo y si es que sospechan algo, se niegan, en principio, a comunicarlo a Emilio. Gracias a Isaías, un anciano operario ahora enfermo y postrado en una pobre casa de Cerrillos, quien trabajó para Antonio, Emilio se entera de la horrible verdad, o al menos de algo de ella. ¿Qué puede hacer? Poco, muy poco, nada en realidad, porque le es imposible dar con el paradero de los detenidos a quienes Isaías logró identificar. Así, regresa a Francia para toparse con sorpresas inverosímiles, toma parte en actividades muy heterogéneas, se entera de cosas de las que jamás tuvo idea y nuevamente debe volar a la nación cuando se desencadena la tragedia.

En adelante, Pequeños cementerios... se torna más compleja, crecientemente ambigua, cada vez más poblada de caracteres inexplicables, con giros que, en lugar de aclarar el panorama, lo tornan más tétrico, más decadente y hay que decirlo, el tono general de la crónica también se vuelve cómico y absurdo. Lo más interesante y original de este absorbente trabajo es que nadie se siente culpable de nada o, mejor dicho, que, a la postre, tal como lo dijo Sartre, todos terminan siendo mitad víctimas y mitad cómplices de una historia que se niegan a reconocer, por más que los porfiados hechos demuestren lo contrario.

 


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Pequeños cementerios bajo la luna Mauricio Electorat Editorial Alfaguara, Santiago, 2017, 295 páginas, $14.000. Novela
Pequeños cementerios bajo la luna Mauricio Electorat Editorial Alfaguara, Santiago, 2017, 295 páginas, $14.000. Novela


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