Narradora chilena Su primera novela
Isabel Mellado: entre el violín y la escritura

En Vibrato , "una Bildungsroman en clave musical", la escritora radicada en Europa cuenta la vida de una violinista profesional que, como ella, se fue a perfeccionar en Alemania el año 1989.  

Pedro Pablo Guerrero 

Toca desde los siete años. Se formó en el conservatorio y, gracias a la beca Karajan, completó sus estudios con el concertino de la Filarmónica de Berlín. Llegó en diciembre de 1989, cuando recién había caído el Muro. Durante algún tiempo frecuentó un edificio okupa en el lado este de la ciudad, donde vivía un amigo que tocaba el corno inglés. Actualmente, Isabel Mellado es primer violín en la Orquesta de Granada, España, y participa en proyectos de música no clásica en Alemania, viajando de un país a otro.

Siempre ha estado entre dos aguas. Considera el violín y la literatura sus dos instrumentos de expresión y ve en la profesión de músico "un ejercicio estético que nutre el acto narrativo y le da elasticidad". Había escrito desde niña, aunque "solo para uso personal". Recién el año 2011 se dio a conocer como narradora. El perro que comía silencio , un conjunto de relatos breves y greguerías, fue su primer libro. Lo publicó Páginas de Espuma y ya va por la tercera edición en España.

Vibrato es su primera novela. El título, como no podía ser de otra forma, refleja una poética. "Entre tanto miedo, un temblor voluntario, eso es el vibrato, una regular perturbación del sonido, una desafinación programada, ínfima fluctuación, hermosa inexactitud en la exactitud de la música. El vibrato es un recurso expresivo que te fusiona o te distancia del resto de los miembros de una orquesta, de un grupo. Me parece una buena metáfora", opina.

El libro lleva el subtítulo "La música y el resto en 99 compases". ¿Por qué considerarlo una novela y no un conjunto de episodios autobiográficos? "Ya he publicado un libro de relatos y no me cabe duda de que este último libro no lo es", replica. " Vibrato es una novela, necesitaba serlo para contar lo que tenía que contar. Una novela de desarrollo o de artista, podría agregar, y aunque se nutre de materiales que conozco, definitivamente no es una autobiografía. Sería una autobiografía harto mentirosa en ese caso".

Admite que el estilo de Vibrato es atípico. Cuando le dicen que suena más como poesía que como narrativa, sus reacciones varían. "Depende de si es un elogio o una crítica", dice. "Es una novela muy narrativa, aunque, quizá por matar dos pájaros de un tiro o por deformación profesional, o porque no consigo olvidar que las palabras se escriben para ser leídas y escuchadas, intento que suenen lo mejor posible. Viniendo del mundo de la música e hija de poeta, no oculto que me sienta además atraída hacia una prosa lírica, de escritores como Nabokov, Djuna Barnes, Herta Müller o Jean Genet".

Clara, la protagonista de la novela, se cría en una familia disfuncional. Su padre, ingenioso, divertido y vividor, se pasa en tratamientos de rehabilitación para superar el alcoholismo. En casa, todo sirve para capear las borrascas. Durante una riña entre sus padres, Clara y su hermano tocan una y otra vez el mismo compás de la Sonata para dos violines de Prokófiev (Opus 56). El hermano abandona los estudios, pero ella persevera. En Berlín, se forma con un violinista japonés, la aceptan en una prestigiosa orquesta y se casa con un crítico de música.

"Todo me ha sucedido", afirma Isabel Mellado. "Soy escritora y lo que no me ha sucedido, me sucedió también porque lo he escrito. Un escritor lleva dentro todos lo personajes de su novela. Entre Clara y yo existen similitudes. Sin embargo, nuestros curriculum son distintos. Yo, desde que terminé mis estudios, principalmente me centré en las orquestas de cámara. Al escribir esta novela no pretendí representarme. ¡Qué aburrimiento, para mí y para el lector! Para mostrar los entresijos del mundo de la música clásica que conozco bien y considero un tema tan interesante como inexplorado en algunos aspectos, me tomé todas las libertades que ofrece la ficción, algo que no me está permitido al interpretar una partitura".

Dilucidar más, agrega la escritora, sería como si, al ver una película, alguien intentara convencerte de que lo que ves no es sangre, sino salsa de tomate. Un total anticlímax. "La ficción no tiene que presentarse ante el tribunal de la verdad, lo fundamental es su valor literario", concluye.

¿Hay similitudes entre la composición musical y la literaria? "Existen paralelos entre ambas", responde. "El sentido del ritmo, de la forma, el equilibrio y también su carácter obsesivo. Aunque vengo de la música, lenguaje más abstracto, cuando intento componer me siento menos libre que cuando escribo, y escribir me permite escarbar aún más. Ser un intérprete musical es muy parecido a ser un traductor y, la verdad, deseaba yo ser quien creara el texto esta vez, por así decirlo".

En una cena, Clara y Hans, su esposo crítico, debaten acerca de lo que significa opinar de la música desde una butaca y vivirla dentro de una orquesta. "Él ve las cosas de otra forma que yo, pero me gusta su crítica aguda y despiadada a la institución orquestal, a las falsas expectativas dadas a los estudiantes de música, a un acercamiento rápido, casi de consumo, a una partitura y también a la postura del músico, algunas veces ajena al mundo. No es necesario comprender del todo una obra para disfrutarla, pero los continuos avances en el nivel de interpretación, la inmensa tradición a nuestras espaldas y la misma programación hacen que en esta profesión, cada vez más exigente y específica, haya bastantes puntos ciegos".

-¿La abrumó, al incorporarse a una gran orquesta, mantenerse en un segundo plano, sin sobresalir?

-Cada vez que en el ensayo de orquesta comparto atril con un colega, como quien comparte un plato de sopa, siento que estoy aprendiendo algo y que la orquesta es la gran metáfora de la sociedad. Se supone que un músico es un artista, un ser tremendamente individual y frágil, pero en este caso, es un artista trabajando bajo mucho estrés, aglutinado por una buena causa: unificar el sonido y recrear a los grandes de la música clásica. Allí, la iniciativa personal se hace escuchar y el sonido, el vibrato, puede delatar el ego. En una orquesta debes olvidar tu voz propia, empatizar con lo que dice la música y confiar en el director. Yo lo disfruto mucho, sabiendo que al llegar a casa escribiré fuera de los márgenes, sin nadie dirigiéndome. En la orquesta, como en cualquier trabajo de tal intensidad e intimidad, el cielo y el infierno están muy cerca. En este caso depende de qué es lo que consigas escuchar y desescuchar.

-¿Fue suya la idea de incluir en el libro fotos, partituras, manuscritos de poetas y cartas?

-Sí. Las cartas antiguas, en alemán, que aparecen y que datan desde el año 1891 hasta 1942, las encontré en un mercado de las pulgas de Berlín y supe inmediatamente que Hans querría apropiárselas a toda costa para contestarlas. Esa extraña comunicación epistolar que sostiene el personaje con los muertos interactúa con la narración de su esposa y, a la vez, es un guiño que quise hacer a Kundera, escritor y musicólogo que en uno de sus libros menciona la posibilidad del contrapunto novelístico: intercalar lo epistolar, lo onírico, el ensayo, lo periodístico. A partir de allí fui por mi cuenta.

-El uso de un lenguaje musical técnico en la novela, ¿no es confiar demasiado en que los lectores tengan los mismos conocimientos sobre el tema que usted?

-Guardando las diferencias, en Moby Dick , por ejemplo, se utiliza el lenguaje técnico marinero y me parece el adecuado. Hice un trabajo muy exhaustivo sobre el nivel de entendimiento musical que debía utilizar. No me interesaba en absoluto escribir un tratado musical, claro está, pero tampoco quería subestimar al lector. A lo largo de esta especie de Bildungsroman en clave musical, una novela de sonidos, sería totalmente inverosímil excluir el lenguaje musical. Clara y su hermano nos ayudan con muchas pistas, no de forma didáctica, sino a través de una mirada oblicua y haciéndose las mismas preguntas que se haría el lector y que he escuchado cientos de veces. La música no es patrimonio de los músicos.

 


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Foto:Mario Dirks

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