Bernardino Piñera, la visita de Francisco y la comparación con el viaje de Juan Pablo II:
"No va a ser igual... no se puede hacer en tres días lo que se puede en una semana"

A punto de cumplir 102 años, el obispo más antiguo del mundo recuerda el histórico periplo de 1987, sus diálogos con el Pontífice polaco, las tratativas con el régimen militar, y los "goles" recibidos. "Él no conocía el miedo", dice.  

Álvaro Valenzuela 

-¿Qué ha ganado con los años?

-Poco- contesta, riéndose, monseñor Bernardino Piñera, cuando se apronta a cumplir 102, el próximo 22 de septiembre.

El "obispo más antiguo y el más viejo del mundo" -como le gusta repetir- no solo tiene humor, sino que exuda energía. Se ayuda con un bastón para caminar, pero su figura dista de la de un hombre centenario. Las dificultades para oír son tal vez el rasgo que más delata el paso del tiempo; las combate con la ayuda de su fiel secretaria (Astrid, quien partió trabajando con él cuando era obispo auxiliar en Talca, y a quien le salvó la vida en esos tiempos, al diagnosticarle oportunamente una peritonitis, haciendo gala de su ojo clínico) y con algunos trucos, como pedir anticipadamente un cuestionario para ir guiándose en la conversación. Cuenta que también ha perdido visión, que cuando lee el diario opta por los titulares y letras más grandes, ayudándose de una lupa; como sea, está perfectamente al día con la actualidad y se mantiene fiel a la costumbre de leer todos los años, por lo menos una vez, su libro favorito: la Biblia ("es lo que más me relaja, lo que más me llena").

Piñera lleva más de una década viviendo en el Hogar de Ancianos de las Hermanitas de los Pobres, en calle San Pablo, Quinta Normal. Tiene allí un pequeño departamento: un escritorio donde están sus libros y su mesa de trabajo, un dormitorio y un baño privado ("nunca he estado mejor en mi vida"). Sigue levantándose a las 7 de la mañana, dice que sale menos que antes y que ya no se atreve a hacerlo solo, por el temor a caerse, pero a menudo se junta a almorzar afuera con amigos. Con su vozarrón, asegura que si bien su ritmo de actividades ha disminuido, no ha habido un antes y un después, un cambio radical en su vida. "Cuando llegué aquí -desde la Iglesia de San Francisco, donde se había ido a vivir luego de su jubilación como obispo, a los 75 años-, yo di muchos retiros, atendía a la gente. Hoy día menos, pero sigo atendiendo bastante. Yo hago todo lo que se puede. Y también, no es que uno no pueda más, sino que la gente se aleja del sacerdote viejo, como que no esperan de uno... con razón también", explica, y vuelve a reír.

Vocero de la Iglesia en tiempos turbulentos: "No diré que me gustaba, pero había que hacerlo"

La facilidad para adaptarse a situaciones distintas tiene algo que ver con su historia. Nacido en Francia (su padre había ganado una pequeña fortuna y quiso instalarse en París para conocer y estudiar la literatura francesa), vivió allí hasta los 17 años, y egresó del Lycee Janson de Sailly, un colegio público y laico, tipo Instituto Nacional. A Chile llegó para estudiar Medicina, su mundo durante los siguientes 10 años, incluido uno de residencia en Estados Unidos.

"Después me vine nuevamente a Chile, y de repente cambié, dejé todo y me fui al seminario", sintetiza en pocas frases lo que fue su descubrimiento vocacional.

Como sacerdote trabajó con las empleadas de casa particular y con los jóvenes, en la Acción Católica. Por petición de monseñor Manuel Larraín, lo hicieron obispo auxiliar de Talca, y años después partió a Temuco, como titular de esa diócesis.

"Ahí uno aprende lo que es tener una responsabilidad. Estuve 18 años, trabajé el máximo que pude, y feliz. A mí me gusta mucho la pastoral, la atención de las pequeñas comunidades, la gente sencilla. Pero de repente, cuando se complicó la situación política, me pidieron los obispos que me fuera a Santiago para atender la secretaría general del episcopado". Eso fue a fines de 1977, en pleno régimen militar. Prácticamente debutó enfrentando al gobierno, a propósito de unas declaraciones del ministro de Justicia de la época que criticaba a la Iglesia. Piñera le envió entonces una carta de reclamo al general Pinochet. Tuvo éxito: el ministro fue removido.

"Durante 10 años estuve metido de lleno en la Iglesia nacional: que las declaraciones, que entrevistas, que Pinochet. El que dirigía era el cardenal Silva; yo era más bien la voz del episcopado. No diré que me gustaba, pero lo hice. Había que hacerlo, era mi puesto".

Entremedio, el 83, lo nombraron obispo de La Serena (su última destinación, antes de "jubilarse"), pero siguió siendo protagonista público, pues al año siguiente asumió como presidente de la Conferencia Episcopal. Desde ese lugar participó de modo decisivo en la organización de la visita de Juan Pablo II.

"Me acuerdo que, por ser el régimen militar, le decían al Papa cómo va a ir a contribuir a ensalzar a un dictador que tiene gente presa. A mí me dijo una vez en Roma, cuando fui a ultimar los detalles del viaje: 'Mire, yo he ido a Polonia hace poco. Es un país comunista, su Presidente es comunista y por tanto se supone que ateo. Pero yo no voy a Polonia a saludar a los comunistas ni a colaborar con ellos; yo voy a ver al pueblo polaco. Me dicen que el Presidente de Chile es un dictador militar. Yo no voy a visitar al Presidente ni a felicitarlo, voy a visitar al pueblo chileno'".

"Sí hay que reconocer -continúa Piñera- que el gobierno militar hizo bien su parte en todo lo relacionado con la visita del Papa. Nunca tuvimos grandes encontrones".

-¿Había gente en la propia Iglesia que temía que el Papa fuera utilizado por el gobierno?

-La verdad es que eso fue mínimo. Hubo dos o tres pequeños incidentes. Por ejemplo, cuando fue a Puerto Montt, se organizó que el Papa en el puerto se embarcara en el "Cirujano Videla", un buque hospital, y que de ahí fuera bendiciendo. Entonces, el almirante Merino dijo 'yo soy el dueño de casa y yo lo recibo'. Es lógico que si el Papa va a su casa, usted quiera estar ahí para atenderlo, pero le dijimos a Merino que eran instrucciones de la Santa Sede, que el Papa en ningún país del mundo aparece en público con una autoridad política, aparece con el obispo del lugar. Pero el decía: 'En la Marina chilena mando yo'. Finalmente, llegamos con el Papa a Puerto Montt, y estaba Merino con todos los almirantes en la cubierta del barco, y le dice: 'Santo Padre, bienvenido a un barco de la Marina chilena... Y ahora le transmito el mando y yo lo esperaré en el embarcadero'. O sea, cumplió".

Parque O'Higgins: "Yo creo que fue organizado de arriba"

Para monseñor Piñera, aquellos fueron "pequeños incidentes, que se superaron". En la misma categoría incluye el episodio de la entrevista con Pinochet en La Moneda.

"Según todos los programas, debía ser una visita protocolar, estar con él un cuarto de hora. Pinochet, sin decirnos a nosotros, llenó La Moneda con todos los generales, almirantes, funcionarios públicos, y al mismo tiempo llenó la Plaza de la Constitución con gente. Él quería tener al Papa en La Moneda un rato largo. Quería conversar con él. Quería presentárselo a su familia, presentarle a todos sus colaboradores. Y quería abrir una ventana y decirle 'Santo Padre, el pueblo quiere saludarlo'... y que la gente aplaudiera y también alguno gritara '¡Viva Pinochet!' para que el Papa se formara la idea de que no era tan odiado como decían sus enemigos. Lo consiguió en parte. Yo estaba ahí cuando abrió una puerta y le dijo: 'Santo Padre, la buena gente quiere saludarlo'; entonces salió y la gente vio a Pinochet y también lo aplaudió, porque era gente de él.

-Fue un gol.

-Fue grave para la Iglesia, porque cuando llegó el Papa de vuelta a Roma, toda Roma estaba empapelada por los comunistas con una foto donde se veía al Papa bendiciendo a la gente, con Pinochet muy sonriente al lado...

"Lo del Parque O'Higgins -continúa recordando- fue un gol que se nos metió. No fue bueno para nadie. Fue organizado, yo creo, de allá arriba (dice, apuntando con la mano y mirando con ironía). Para dar la impresión de que por algo el gobierno militar era duro. Pero fue muy bien aprovechado por el Papa. Yo le dije: 'Santo Padre, si usted quiere, vamos a cambiar el itinerario'. 'No -me dijo-. Que se haga todo como está previsto. ¿Usted cree que a mí me importan estas cosas? Por el contrario, quiero ver el Chile real, no un Chile pintado y arreglado'. El Papa no quería un Chile de opereta. Dijo 'yo no vengo aquí para que me aplaudan los niños de Primera Comunión'. El Papa no conocía el miedo. Decía que 'este es el mundo de hoy, el odio, la represión. Y yo estoy ahí porque soy pastor de este mundo'".

-¿Usted piensa entonces que los incidentes del Parque O'Higgins fueron producidos por el propio gobierno?

-Yo prefiero no hablar de eso. Yo tengo mi idea, fue muy raro todo, fue muy violento, pero gracias a Dios no dañó. Al contrario, favoreció la visita del Papa. Él una vez me dijo: 'Yo no vengo únicamente a bendecir al Opus Dei... yo no vengo a hablar a novicias, religiosas, primeras comuniones, yo vengo al Chile real, donde hay comunistas, hay militares, hay de todo' -cuenta, imitando la voz profunda del fallecido pontífice.

Esa capacidad para saber reaccionar ante situaciones difíciles fue uno de los aspectos que más le impresionaron de Juan Pablo II. "Tenía el don del gesto oportuno, bueno, prudente", dice, y entrega otro ejemplo:

"Estaba esta niña (Carmen Gloria Quintana) que los militares le habían quemado la cara. Nos dijo que quería ver al Papa, ella era comunista, y que el PC quería eso... Le dije que no era posible tener una entrevista sola con el Papa, pero que cuando él fuera al Hogar de Cristo ella estuviera cerca, y yo, habiéndole contado el caso, le diría Santo Padre, esta es la niña que le hablé. Y así fue: le dije, y él inmediatamente salió y vio a la niña, que tenía una cicatriz negra, la abrazó, le puso la mejilla herida contra su mejilla, la abrazó como un padre contra su hija, y le dijo: 'Tú y yo vamos a prometerle al Señor que haremos todo lo posible para que nunca más ocurra lo que ha ocurrido contigo; no es posible que a una niña como tú se le queme la cara por motivos políticos, que nunca haya odio, que haya paz, que haya amor'. Quedó muy emocionada. Después seguimos con la actividad, pero yo me retiré un poco, fui donde ella y vi que estaba llorando. Me dijo: 'Padre, ¿vio? Me besó, me puso su mejilla...'".

También recuerda el obispo el encuentro con jóvenes en el Estadio Nacional, donde "se notaron contramanifestaciones de comunistas, del MIR. Fue duro, y cuando el Papa habló no había un ambiente... pero lo manejó muy bien. Y me decía después: 'Este es el mundo de hoy, el mundo donde yo vivo'".

Presencia de Francisco "hará mucho bien en la zona mapuche"

-¿Qué le aportó a Chile la visita de Juan Pablo II?

-En primer lugar, el pueblo chileno entendió que no era 'la' visita, sino 'su' visita, una visita a ellos. Yo he tenido testimonios de gente completamente ajena que cambiaron completamente sus apreciaciones. La respuesta del pueblo fue 'es nuestro pastor que viene a visitarnos'. No hubo discusión de si era de derecha o de izquierda.

"Después yo acompañé al Papa a Argentina y me dijo, refiriéndose a Chile, 'estuvo muy bien'. En Argentina también salió bien, es un gran país católico. Pero nosotros veíamos que la organización era muy inferior a la de Chile... una vez se cayó el toldo encima del Papa. Es decir, había mucha improvisación, mucho a última hora. A mí me gustó más la visita a Chile que la de Buenos Aires".

-¿Y a él también?

-Yo creo.

-¿Usted piensa que esta segunda visita será distinta?

-No va a ser igual que la otra. La otra era la primera visita de un Papa a Chile; la segunda visita no es lo mismo. En segundo lugar, no viene por una semana; no se puede hacer en tres días, en tres lugares, lo que se puede hacer en una semana tranquila. Y hay dos temas que aparecen muy fuerte... Por ejemplo, se espera que en Temuco algo diga sobre el conflicto con los mapuches y que en Iquique algo diga tal vez sobre las relaciones con los otros países. Eso ya limita un poco. Yo creo que lo que él quiere es dar testimonio de Cristo, más que meterse a dar opinión, que cualquier opinión que dé una persona de afuera tiene que caerles mal a algunos. Él no viene para eso.

"Pero creo que hará mucho bien su presencia. Él tiene el carisma de la caridad, de la cercanía con la gente, es abierto... hará mucho bien en la zona mapuche, porque estará tan cerca de los mapuches como de los chilenos. Y hará bien que ponga un poco de paz en las relaciones con los países vecinos, que nos haga sentirnos que somos hermanos".

"Yo creo que el Papa Francisco quiere dar testimonio de Cristo, más que meterse a dar opinión, que cualquier opinión que dé una persona de afuera tiene que caerles mal a algunos".

 "Ha sido una pérdida muy grande la separación de evangélicos y pentecostales"Su gran dolor:

Le pasó a poco de llegar al país, en la década de 1930. Bernardino Piñera caminaba por el centro de Santiago y se sorprendía por la gran cantidad de gente en la calle, las mujeres envueltas en paños negros, las iglesias iluminadas, las aglomeraciones de personas entrando a ellas: era jueves santo. Una fecha que ni se notaba en el laico París donde se crió, y una imagen que hoy parece inverosímil también en la capital chilena.

El recuerdo lo hace cuando se le pregunta por la situación actual de la Iglesia Católica y lo que parece una notoria pérdida de su influencia en el país.

"Ha habido -dice- un desinfle de la piedad popular, pero en la historia de la Iglesia la piedad popular se ha inflado y desinflado miles de veces. Y no siempre el alta y la baja sociológica corresponde a una baja de la fe, sino a una manera diferente de vivirla. Entonces, no soy catastrófico".

El cambio también se advierte en otras áreas, como la aprobación del aborto. A propósito de eso, recuerda la historia de la madre del cardenal Silva Henríquez, a quien después de su tercer parto le dijeron que, por salud, no debía tener más hijos; ella, sin embargo, "era una señora muy católica, dijo voy a tener los hijos que Dios me mande, ¡y tuvo 18! El cardenal fue el decimosexto. Claro, no todo el mundo tuvo esa suerte, pero esa era la actitud normal de una mujer católica hace cincuenta años".

Claro que el tema de fondo es para monseñor Piñera más profundo:

"Me duele que en Chile se haya perdido el respeto a la vida, porque eso también se nota en la criminalidad y en muchas otras cosas. Que se haya perdido el respeto a la vida, apartándose no tanto del evangelio, sino de la ley natural. Yo noto que esa moral universal se ha debilitado mucho en el mundo. Y eso es grave".

Hay otra cuestión que también le duele:

"La Iglesia Católica ha tenido una pérdida muy grande con la separación de los pentecostales y de los evangélicos. El que una parte importante del pueblo chileno, del pueblo modesto, se haya salido de la Iglesia, no para buscar una promoción económica o social, sino para ser más religiosos, para rezar más, a mí me duele muchísimo, porque siento que lo que ellos hacen es mi iglesia. El día más feliz de mi vida será el día en que logremos ponernos de acuerdo aquí en Chile con los evangélicos, con los pentecostales. Yo siento que rezo en las iglesias de ellos igual como rezo en la mía... el mismo enfoque religioso, la misma fe en Cristo".

"Nunca he visto a Sebastián cansado"Sobre el ex Presidente:

-El Papa Francisco probablemente será recibido por la Presidenta junto al Presidente electo. ¿Será este su sobrino Sebastián?

-Quién sabe, ¿no? Fíjese que no lo veo tan claro, por las cifras. Sumando el Frente Amplio y Guillier, no es mucha la diferencia. Ahora, cada uno por separado, sí. Para la derecha está más difícil que la otra elección, porque está más dividida. Antes eran la UDI y Renovación Nacional. Ahora también tienen que ponerse de acuerdo con todos esos grupitos chicos, los Kast, Ossandón, etcétera. Y parece que son hueso duro de roer.

-¿Y cómo ha visto usted al ex Presidente? ¿Ha cambiado desde cuando fue electo en 2009?

-Mire, yo lo veo poco. Yo creo que ha cambiado, los años se notan. Lo noto muy sereno, muy seguro... Pero con Sebastián nunca hablamos de política. Cuando hablo con él es en reuniones de familia... Yo lo admiro. Creo que es muy bien intencionado y tiene una capacidad organizativa y directiva muy fuerte. En cualquier cosa en que ha estado siempre pone orden, pone eficiencia. Además, yo lo considero uno de los hombres más trabajadores. Eso lo tiene por familia, porque su padre, mi hermano, con cuatro horas no se aguantaba en cama. Hay algo ahí que Sebastián también lo tiene. Yo nunca he visto a Sebastián cansado... Infatigable.

-Usted también.

-Noooo. Yo soy normal, ellos son patológicos.



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Foto:JUAN EDUARDO LOPEZ

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