"El desafío de la hora es poner el Estado a la altura de la sociedad"

 

-¿Por qué es importante discutir sobre la modernización del Estado, un tema que no mueve masas ni acarrea votos?

-La importancia de este tema se comprende fácilmente cuando se repara en que una de las características del Chile contemporáneo es que tenemos una sociedad que va por delante del Estado, una sociedad que se ha hecho más próspera y más demandante, y un Estado cuya estructura, sin embargo, se ha mantenido sin cambios fundamentales en la forma de diseñar y evaluar políticas. El país parece haberse preocupado más de cómo se forma la voluntad común (esto explicaría la atención al sistema político electoral) que de cómo se ejecutan los propósitos comunes. Y ocurre que ninguno de los problemas que el país experimenta (en pensiones o en concesiones, para dar dos ejemplos distintos) podrá enfrentarse bien con un aparato estatal aún deficiente. El desafío de la hora es, por decirlo así, poner el Estado a la altura de la sociedad. ¿Es ese un tema de campaña? Por supuesto que sí. Las campañas son ocasión de mostrar simpatía y carisma capaces de arrastrar votos y entusiasmar, pero también proyectos acerca de temas como este.

-En iniciativas como esta serie de encuentros con los presidenciables, en cuya organización participan una entidad gremial y una universidad, parece subyacer la convicción de que en esta campaña la discusión de ideas tendrá una relevancia nueva. ¿Es así? ¿En qué puede sostenerse tal convicción?

-En Chile, en mi opinión, vivimos un momento en que es fácil deslizarse hacia dos extremos igualmente perniciosos (y de los cuales ya hemos tenido algunas muestras en las primarias): uno de ellos consiste en hacer de la campaña un planteamiento de sueños, de simples proyectos a la altura de los deseos; el otro, convertir la campaña en una rencilla permanente, en un torneo de zancadillas. Esos dos extremos son inevitables en política; pero la política no puede reducirse a ellos. La política consiste en mediar entre los deseos y la realidad, y para eso son necesarias las ideas. Queremos entonces contribuir a que la campaña presidencial adquiera ese carácter: se constituya en una ocasión en que se planteen ideas, o, para decirlo de otra forma, una ocasión en que los candidatos y candidatas hagan también el esfuerzo de apelar a la inteligencia del electorado. Las campañas deben ser -para decirlo todavía de otra forma- no solo un momento en que los candidatos tratan de entusiasmar al electorado; también deben ser un ejercicio de persuasión racional. Nos parece que si logramos que la campaña tenga esa dirección, la democracia será un poco mejor. No podemos tolerar que la ignorancia se transforme en una virtud política; las campañas, en un juego de pullas y zancadillas, y los ciudadanos, en una audiencia infantilizada, como si, a la hora de elegir quién los gobernará, pusieran a dormir su inteligencia.

-¿Dejará de ser esta vez el carisma un factor relevante?

-Es probable que sí porque, después de todo, entre quienes están en competencia el carisma no es un rasgo que abunde. Hoy día hay candidatos y candidatas más o menos amables, algunos más empáticos que otros, etcétera; pero carisma, ese rasgo consistente en una extraña gracia que atrae a las personas, algo como lo que tuvo la Presidenta Bachelet, a quien por otra parte parece habérsele esfumado, ya no hay. Y quizá sea para mejor: las democracias estables y prósperas suelen ser aburridas, no siempre necesitan ser remecidas o entusiasmadas por personalidades. La vida humana no puede ir de entusiasmo en entusiasmo, saltando de expectativa en expectativa, de sueños colectivos en sueños colectivos. Necesitamos espacio para la individualidad y la racionalidad. Por eso, como digo, quizá sea mejor que hoy el carisma no abunde: los personajes carismáticos suelen anestesiar la inteligencia del electorado y, al menos yo, confío que en esta campaña los candidatos y candidatas le den una oportunidad a la inteligencia.

-¿Avizora también una suerte de "revancha" de los técnicos, luego del período presidencial que acaba en marzo?

-Bueno, ojalá que no haya esa revancha. También sería malo. No hay que confundir la inteligencia en política con la presencia de la técnica. La simple técnica, desprovista de toda otra consideración, también puede ser una forma de barbarie (Ortega y Gasset, sin ir más lejos, solía hablar del "bárbaro especialista", y en Chile estamos llenos de esos). Lo que yo creo es mejor para la democracia, es una mayor presencia de quienes tienen ideas, que no es lo mismo que poseer un saber técnico. El mero saber técnico también puede ser estrecho y ramplón. Necesitamos entonces políticos que tengan ideas, familiaridad con la técnica, pero también capacidad de elaborar proyectos que hagan sentido a la inteligencia de la gente. Debiéramos aspirar entonces a dejar atrás el rechazo de la técnica, pero también la ilusión de que la técnica es cuanto necesitamos. Ni la barbarie del especialismo, ni la simple adolescencia de los sueños. ¿Acaso la política no consiste en huir de esos dos extremos?

-Desde esa perspectiva, ¿cómo puede interpretarse el episodio que culmina con la renuncia de Valdés?

-A mí me parece que la renuncia de Rodrigo Valdés habla muy bien de él. Su renuncia muestra que no estuvo dispuesto a ser tratado como un simple funcionario, un sujeto cuyo saber estaba a disposición de la voluntad de la Presidenta, como si él fuera alguien experto en medios dispuesto a servir cualquier fin. Valdés demostró con su renuncia que no es un simple técnico, pero que tampoco es un mero político ocupado nada más que de realizar la voluntad presidencial. Personas así son las que necesita un régimen presidencial: Ministros con sentido de su individualidad y capaces de plantear, exponiendo sus razones, límites a la simple voluntad presidencial. Cuando los ciudadanos eligen un Presidente o Presidenta, esa es la lección que da Valdés, no eligen alguien cuya voluntad deba hacerse a toda costa; pero ese es, me parece, el error que se ha cometido todo este tiempo, creer que un Presidente es alguien cuya voluntad -una vez elegido- debe ejecutarse sin escrutinio racional ni político alguno.

 


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Foto:ALEJANDRO BALART


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