El ministro en deuda

 

Lo más significativo de lo ocurrido con el gabinete no es la salida de Rodrigo Valdés. Es la persistencia de Eyzaguirre.

Nicolás Eyzaguirre llegó al gobierno de Bachelet arrastrando una deuda.

Había sido ministro de Hacienda de Ricardo Lagos y, a juicio de todos, lo había hecho muy bien; pero, como cada uno es un testigo insobornable de sí mismo, él sabía que ese buen desempeño no era el resultado de su mérito, sino de la capacidad de Lagos para conducirlo. Tenía, pues, una deuda consigo.

Y como nadie tolera adeudarse a sí mismo, decidió pagarla.

Ocurrió entonces algo insólito.

En el verano de 2014, y sirviéndose de una columna en este diario, firmó tempranamente un verdadero artículo de fe. Antes de que existiera cualquier programa pormenorizado (en esas semanas no había ninguno), manifestó que adhería a él, que la gratuidad universal era indispensable y que él la apoyaría. ¿Habrá una muestra mayor de adhesión que jurar lealtad a un contenido antes de que siquiera se formule? Eso es lo que hizo Eyzaguirre a fin de asumir como ministro.

Al hacerlo (contrariando, dicho sea de paso, el tipo de cosas que manifestaba en el FMI) reveló lo que sería su desempeño en el Gobierno: tomarse en serio, más allá de lo razonable, la denominación de secretario y olvidar el significado que posee un ministro.

Un secretario es una persona cuya racionalidad está puesta, con lealtad perruna, al servicio de los designios o ideas de aquel a quien sirve. Lo que importa al secretario no es el valor de los propósitos cuya consecución persigue, sino la identidad de quien los formuló. Un ministro, en cambio, es una persona cuyo saber sirve para ejecutar los propósitos presidenciales, pero cuyas ideas y racionalidad ayudan también a configurarlos. En suma, un secretario es un ejecutor ciego; un ministro, un ejecutor con independencia intelectual.

Desgraciadamente, Eyzaguirre ha preferido ser secretario antes que ministro.

Justo lo opuesto de Rodrigo Valdés.

Porque la razón final por la que Valdés sale del Gobierno es porque se negó a concebirse a sí mismo como un ejecutor ciego de la voluntad presidencial, porque se negó a ser un experto en medios que debe enmudecer cuando se trata de la racionalidad de los fines.

Desde ese punto de vista, la diversa situación de Eyzaguirre y Valdés -uno, un secretario fungible para esta cartera y para aquella y para esa; el otro, un ministro fiel a su propia racionalidad- es un retrato de dos maneras de concebir la voluntad presidencial.

La Presidenta (y desde luego Eyzaguirre) piensa que la voluntad presidencial es una abreviatura de la voluntad del pueblo, cuyo mandato ella habría recibido. La razón última con que se gobierna no sería entonces propiamente hablando una razón, sino una voluntad. El gabinete sería una estructura piramidal en cuya cúspide radica la voluntad presidencial a la que el resto sirve. La voluntad presidencial custodiaría, frente a los secretarios y frente a los partidos, la voluntad del pueblo que ella, gracias a los votos, atesora.

Para los ministros como Rodrigo Valdés, en cambio, la política no consiste en abreviar en una voluntad única -la presidencial- el criterio último para determinar los fines de la vida colectiva. Gobernar es una tarea más compleja que custodiar una cadena vertical de decisiones: supone cerciorarse de que cada eslabón tenga una cierta fortaleza racional que no perjudique el conjunto. Y esa es la tarea de los ministros, quienes, por eso, requieren a la vez, y con igual intensidad, adherir a un proyecto y adherir a la racionalidad que manejan. La voluntad presidencial atesora la voluntad del pueblo, sí; pero la voluntad del pueblo sin deliberación y diálogo racional es ciega.

La salida de Valdés y la persistencia de Eyzaguirre en este puesto y el otro y el otro, como si en vez de ser ministro fuera un funcionario fungible, revela entonces cuál de esas dos concepciones es la que ha predominado en estos años.

Quizá los tropiezos de este tiempo se deban a eso, al hecho de que el Gobierno ha estado en manos de una sola voluntad que, demasiado preocupada de sí misma, no contrasta su punto de vista con las razones que esgrimen quienes le rodean.

Y así los degrada de ministros a simples secretarios.

La salida de Rodrigo Valdés pone de manifiesto que la Presidenta Bachelet no gusta de los ministros: prefiere los secretarios de lealtad perruna.

 


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