Valdés, el héroe tardío

Por cada miembro caído del equipo económico del gabinete hubo un gol paraguayo. En el mismo día.  

La columna de Joe Black 

¿Qué es lo que corresponde hacer cuando tu equipo está haciendo un papelón en la cancha? ¿Seguir jugando como si nada hasta que termine el partido, convirtiéndote en un cómplice pasivo del desastre? ¿O intentar algo osado, aunque eso te signifique irte obligado a los camarines?

¿No les parece que no puede ser casualidad que el mismo día en que caen las TRES máximas autoridades económicas del Gobierno, la Selección chilena de fútbol cae inesperadamente fulminada, TRES a cero, ante Paraguay?

Por cada miembro caído del equipo económico del gabinete hubo un gol paraguayo. En el mismo día. Goles marcados por un país cuyo borde sur casi podría estar en línea con el proyecto Dominga.

¿Quién es el guionista de todo esto? ¿Dios? ¿O el diablo?

Sumen los números de esta fecha terrible: 3+1+8+2+0+1+7. Luego divídanlo por 6; por los tres goles que nos hicieron, más las tres autoridades caídas. El resultado da TRES (volvemos al número terrible), con los decimales 666 ("the number of the beast").

Horror.

Lo que pasa es que me cuesta creer en las casualidades. Mi opinión es que el 31 de agosto de 2017 quedará marcado como el fin de algo. El fin de una era en la Selección chilena de fútbol (aquella en que el entrenador Pizzi estaba empoderado frente a sus jugadores). Y el fin de una era en el gobierno de Michelle Bachelet.

En lo político, lo que pasó ese día es que el entonces ministro Rodrigo Valdés se inmoló por el equipo. Se sacrificó por la causa.

Piénsenlo un segundo. Es rico ser ministro de Hacienda. Es más sexy y adrenalínico que ser gerente de Lo Que Sea o director de Cualquier Cosa. Es lo que muchos economistas querrían ser. Nadie quiere abandonar ese cargo.

¿Y por qué se fue Valdés, entonces? Por la Patria.

Cuando la Presidenta Bachelet se dio el gustito de ningunearlo públicamente, en verdad se hizo un autogol. Como el de Arturo Vidal ese fatídico jueves 31. A ella no le convenía perder a su leal ministro de Hacienda dos meses antes de la elección presidencial. ¿Por qué corrió, entonces, a esa pelota innecesaria la Presidenta? ¿Por qué cabeceó Vidal ese balón inconducente? Quién sabe. Pero lo hicieron. Y en ambos casos quedó en evidencia el descontrol, la ausencia de una cabeza fría.

Rodrigo Valdés observó la jugada, y lo entendió todo. El partido se había desmadrado. Tenía dos opciones: hacer como si nada y convertirse en cómplice de lo que vendría, o inmolarse.

Optó por lo segundo. Desde La Moneda trataron de malinterpretar su gesto. Insinuaron que se iba porque le importaba más la economía que la gente. Pero era exactamente al revés. Se fue porque, finalmente, le importó más la gente. Quiso dejar grabado a fuego que no hay mejor manera de luchar por las personas más desposeídas que hacer crecer la economía. Está muy bien repartir, pero si no hay crecimiento económico, no hay nada que redistribuir. ¿Qué vale más: el futuro de un niño pobre o el de un pingüino? Ojalá nunca hubiese que elegir, pero la vida es dura en un país que aún no alcanza el desarrollo.

Quizás exagero, pero al menos por hoy Valdés huele a héroe. Tardío, postrero, pero figura igual. Creo que con su salida le apagó por fin el motor a la retroexcavadora.

 


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