Entrevista | Visitará Chile en noviembre:
Philippe Claudel y su árbol de la vida y de la muerte

El autor francés vuelve a conmover a sus lectores con Bajo el árbol de los toraya , su último libro traducido al español; una obra pulcra, poética y sensible, en la que propone una profunda reflexión sobre la muerte y un canto a la vida y a la amistad. La novela ya se encuentra en librerías y Claudel participará en el Festival Puerto de Ideas de Valparaíso.  

Marilú Ortiz de Rozas 

Escribe Philippe Claudel (1962) en esta nueva obra que hay libros en los que "todo lector es recibido como un invitado de lujo". Sin duda, un convite que él extiende generosamente desde las primeras páginas de Bajo el árbol de los toraya (Salamandra/Océano), donde devela una sublimatoria tradición indonesia. Cuando mueren niños pequeños, los toraya entierran sus cuerpecillos al interior del tronco de un árbol: "Comienza entonces el viaje que lo elevará poco a poco al cielo, según el pausado ritmo del crecimiento del árbol", relata.

A la vez, Claudel, narrador y cineasta trotamundos, ha acostumbrado a sus lectores a que sus libros son todos muy diferentes. Quienes se emocionaron con la trágica y dulce fábula de La nieta del señor Linh (publicado en español por Salamandra, como casi toda su obra) se regocijarán por lo tanto al percibir en Bajo el árbol de los toraya el mismo tono. Ambas novelas se componen a partir de una oda a la amistad que sobrepasa las fronteras de la vida y la muerte, de la cordura y la enajenación, y ambas desafían el horror de la guerra, o del cáncer, a fuerza de poesía...

Desde su tierra natal, en la región de Lorena (al noreste de Francia), Philippe Claudel se baja de una escala, pues estaba repintando los postigos de sus ventanas, para contestar el teléfono:

"En efecto, La nieta del señor Linh y Bajo el árbol de los toraya tienen mucho en común, pues ambas cuentan la historia de una amistad. Escribí este último libro para profundizar en este sentimiento escaso, más aun que el amoroso, pues no todos tenemos la suerte de contar en la vida con una gran historia de amistad, mientras que casi todos hemos tenido una o varias historias de amor, expresa.

-¿Qué las convierte en grandes historias de amistad?

-En La nieta del señor Linh quería escribir sobre el exilio, sobre cómo reconstruirse en otro país, pero también sobre la amistad entre esos dos hombres, Bark y Linh, que ni siquiera hablaban el mismo idioma y a pesar de ello lograron comunicarse y volverse muy cercanos el uno del otro. En Bajo el árbol de los toraya el tema es el de la amistad perdida, de cómo seguir viviendo sin ella, y poco a poco el libro se fue transformando en una reflexión sobre la forma en que lidiamos con la partida de nuestros seres queridos, cómo los guardamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo, así como el árbol de los toraya guarda a los niños desaparecidos.

-Si bien todos sus libros son muy tristes, estos dos también tienen en común la sublimación del drama. ¿Ambos protagonistas inventan formas de sobrevivencia?

-Absolutamente, para mí esto es muy claro en Bajo el árbol de los toraya , porque aunque trata temas graves, como el duelo y la muerte, al final es una celebración de la vida. A medida que avanzaba en su escritura, me fui apaciguando, me fui diciendo que tenemos el deber y la responsabilidad de vivir, incluso para aquellos que ya no están, y si al comienzo parecía que el libro se volvería muy negro, este se fue transformando en un canto de amor, de amistad.

La crisis de los 50

"Todo lo que escribo es inventado, pero son mentiras reales, sentimientos que todos podemos experimentar en un momento u otro -revela-. En La nieta del señor Linh , el señor Bark asume la locura de Linh porque la amistad requiere la aceptación total del otro". En el caso del narrador de Bajo el árbol de los toraya , Claudel sostiene que este se da cuenta de cuánto le aportó en vida su amigo, pero también de cuánta fuerza le sigue dando después de su muerte.

-Usted perdió hace poco a su mejor amigo, ¿verdad?

-Sí, era mi mejor amigo y además mi editor, fue una doble pérdida, hace ya cuatro años, y quise profundizar en este libro también en la relación entre alguien que crea y alguien que lo ayuda a hacerlo. En el caso del narrador de Bajo el árbol de los toraya , su amigo era su productor cinematográfico, sufre también un doble duelo y están estas dos dimensiones del dolor a sobrellevar.

-¿Ha seguido escribiendo para él?

-Ya no estoy en la misma fase del duelo que cuando escribí Bajo el árbol de los toraya . Este me ayudó en ese entonces, ahora él sigue muy presente en mi corazón, en mi memoria, pero de otra forma. Justo después de su muerte publiqué una breve obra en la que le hablo directamente, titulada Jean-Bark (aún no traducida), donde exploro esta relación de amistad. Él se llamaba Jean-Marc, pero cuando me escribía notas o cartas firmaba Jean-Bark, como el amigo del señor Linh: Bark. Si se llevaran al cine, Jean-Bark sería un documental y Bajo el árbol de los toraya , una película de ficción. El primero es un conjunto de escenas que vivimos; en el segundo, transformo el material autobiográfico en una obra novelada.

-¿Cómo han recibido sus lectores esta última?

-He recibido numerosos mensajes de personas que me han agradecido mucho este libro. Me dicen que les ha hecho bien, que les ha servido en sus procesos de duelo. Esta es la experiencia más banal y terrible por la que todos pasamos un día u otro. Estamos constantemente confrontados a la muerte, más aún cuando empezamos a avanzar en la vida; este libro no habría podido escribirlo a los 30 años. Es también el relato de alguien que empieza a tener una cierta edad y empieza a ver sombras y personas partir...

-Para el narrador de "Bajo el árbol de los toraya" envejecer es morir un poco, y alude directamente a la crisis de los 50. ¿Quiso abordar también ese tema?

-Sí, pero en eso somos muy diferentes los dos, yo no vivo este momento como él. Tenía ganas de escribir sobre un hombre que estaba en cierta forma paralizado, incluso en su trabajo creativo. Él ya no se permite tampoco amar, como si ya hubiese cerrado muchas puertas. De hecho, cuando Elena, la joven mujer, empieza a interesarse en él y a amarlo, él hace todo para que no resulte, como si tuviera miedo de volver a lanzarse en una aventura amorosa, en una nueva etapa. Al final cede, pero no le es fácil.

Filosofar: aprender a morir

Philippe Claudel manifiesta que todos los libros que escribe tienen lazos con la autobiografía o la autoficción. "Uno jamás crea ex nihilo , a partir de la nada. Incluso obras como el Informe de Brodeck o Almas grises , parecen novelas históricas, pero en ellas hablo mucho de mí; no de episodios de mi vida, pero sí de mis sueños, mis ideas, mis sensaciones e impresiones. Todas mis obras, por momentos, son autoficcionales o autobiográficas", dice.

-Pero esta última en particular, ¿no?

- Bajo el árbol de los toraya lo parece aún más, porque el protagonista es un creador, alguien que hace películas, como yo; alguien que perdió a su amigo, como yo, entonces los lectores hacen más fácilmente la relación con uno, pero todos los textos que escribo están vinculados a mi existencia.

-Usted aborda también en este libro cuán importante es el país de la infancia. ¿Sigue viviendo allí?

-Sí, vivo aún en la misma pequeña ciudad donde crecí, Dombasle, en mi Lorena natal. Mi vida es doble, porque viajo mucho por mis libros y mis películas, pero al mismo tiempo necesito estar enraizado en esta región, donde cada paisaje es como un espejo de mi personalidad y de mi existencia. Todos los lugares que me rodean se vinculan muy profundamente a momentos de mi vida. Mi última película se llama "Una infancia" y la rodamos íntegramente aquí. Necesito estar aquí, me da fuerzas, me nutre y al mismo tiempo me aporta una gran paz interior.

-¿Sigue llevando a su mujer y a su hija en sus viajes? ¿Es como una tradición?

-Así es; sin embargo, nuestra hija está ahora en la universidad, comenzando su segundo año de Derecho, y le es más difícil acompañarnos. Soy como los nómades, que viajan con su caravana; me gusta desplazarme con las personas que amo. De hecho, cuando vuelva a Chile, en noviembre, iré con mi mujer. Es una cuestión de equilibrio, soy alguien frágil, como todos, y sé que si estoy mucho tiempo alejado de mi país y de mi familia, no puedo vivir.

-En su obra se plasman muchas muertes en general, pero en particular de niños pequeños, de bebés. ¿Usted, como los toraya, les otorga un significado especial?

-Si está muy presente en mis libros, así como en mi primera película, "Hace mucho que te quiero", es porque creo que es la cosa que más me da miedo en el mundo. Cuando mi hija era pequeña, y aún ahora, pero en particular cuando era chica, me daba terror que pudiera desaparecer, o herirse; esto me angustiaba mucho. Le hice decir a la protagonista de esa película: "No hay peor prisión que la muerte de un hijo. Uno no sale de allí jamás". Me ha aterrado tanto esta posibilidad que cuando descubrí esta tradición del pueblo toraya en Indonesia, de inhumar a los niños pequeños en los árboles para que siguieran viviendo en otro cuerpo vivo, me pareció una idea maravillosa. No suprime la muerte, ni el dolor, evidentemente, pero es el triunfo de lo vivo, la continuidad de la existencia de un niño, y me parece un símbolo muy fuerte y bello.

-¿A la vez trata usted de aportar luces a nuestra concepción occidental de la muerte?

-Claro, es interesante ver cómo otras civilizaciones lidian con ella, nuestra única certeza. Es chocante que en Occidente la muerte sea el mal más temido pero del cual menos hablamos, lo que la vuelve más angustiante al final. Ya no vivimos con la muerte, como otras culturas, que toman conciencia de la desaparición de una persona celebrando ritos funerarios solemnes, remarcando su ausencia, perpetuando su recuerdo. Aquí, ahora todo es muy rápido, maquillamos a los fallecidos como si vivieran, los incineramos para no pensar en sus cadáveres bajo tierra; tratamos de borrar la muerte, pero nos asusta aun más, pues no la miramos de frente. Por eso cito a Montaigne al comienzo de este libro: "filosofar es aprender a morir". Los occidentales ya no pensamos en la muerte; hacerlo nos permitiría disfrutar más de la vida.

-¿En Francia, la pérdida de la fe agudiza este vacío?

-Ciertamente, aquí, en un lapso de 40 años se desplomó la espiritualidad, pero está resurgiendo, porque la gente la requiere, no necesariamente como religión, sino como otras búsquedas, muy diversas. Hoy se ha desarrollado un comercio de gurús y manuales, la gente está muy perdida: mataron a Dios, pero necesitan reemplazarlo por otras cosas.

-Finalmente, ¿en qué proyectos está trabajando?

-Respecto del cine, reflexionando en una nueva comedia. También estoy en una novela, pero no me gusta hablar de lo que escribo, porque muchas veces lo dejo a medias, o no publico. Solo puedo contar que quiero hablar de los flujos migratorios actuales, como lo hice inicialmente en La nieta del señor Linh . Con lo que está pasando con los migrantes, este libro sigue muy vigente y quisiera profundizar en esta problemática que crece y crece.

"Los occidentales ya no pensamos en la muerte; hacerlo nos permitiría disfrutar más de la vida".

 


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