"A Ghost Story": una muy peculiar, rara y bella película

ANA JOSEFA SILVA 

Aunque esté protagonizada por el ganador del Oscar de este año, Casey Affleck ("Manchester junto al mar"), secundado por la no menos cotizada Rooney Mara ("Carol"), es muy improbable que "A Ghost Story" llegue a estrenarse en alguna sala chilena.

Para hacerse una idea, la estrella -o sea, Affleck- se pasa buena parte de los 87 minutos que dura el filme cubierto por una sábana blanca tamaño king , en silencio, observando. Una sábana, sí, como la que usaría un niño jugando en Halloween. Porque C -es el nombre de su personaje- es un fantasma, que se corporiza en lo que era su casa y se instala allí, como lo hacen esos animalitos cuya identidad está determinada por un lugar.

C -cuando estaba a este lado del mundo- era un músico que vivía con su mujer, M (Mara).

Ya en las primeras imágenes, David Lowery -director y guionista- deja en claro que esto es cine de bajo presupuesto y que se vale de un formato cuadrado (1:33) para "hablarnos", como en las fotos, de la pérdida, de la nostalgia, del amor; que utiliza planos largos y quietos frente a escenarios del todo triviales, y en cambio extrema las elipsis cuando ocurren hechos que uno presupone importantes.

Y ahí aparece el primer desconcierto: Lowery se detiene en los pequeños detalles, en la poesía de lo cotidiano, aquello en lo que apenas reparamos en nuestros trajines. Luego, elipsis mediante, nos advierte que esto no va de relatar un trágico accidente, porque en realidad no lo vemos, como tampoco vemos lo que sucede habitualmente enseguida: ambulancias, correrías por pasillos iluminados de neón, médicos, paramédicos y enfermeras gritando órdenes. Ni pone foco en el dolor de la pérdida de los que nos quedamos acá.

No. Nada de eso ocurre (o vemos).

Lo que viene es un fantasma desconcertado, uno cuyo aspecto parece salido de una obra de teatro escolar: la sábana que cubre a C no es vaporosa ni tiene "poderes" mágicos. Solo existe en este mundo intermedio, observando, sin ser visto; en una suerte de limbo del que no sabe cuándo saldrá ni hacia dónde (¿acaso alguien lo sabe con certeza, más allá de la fe que profesemos? ¿O no?).

En contraste con esta simpleza de película casera -muy rica y lúcida, en cambio, en uso de lenguaje cinematográfico- hay detrás una reflexión profunda, aunque sin elucubraciones filosóficas, sobre la muerte y la vida como el continuo que son.

Esa interrogante tan recurrente -qué ocurre después de la muerte- es tomada aquí de una manera muy peculiar. Y, al final de cuentas, es un punto de vista como muchos otros.

Desde la perspectiva de este fantasma -que aún no puede dejar del todo el mundo de los vivos- se funden pasado, presente y futuro. Pero lo que era su vida sí sigue y la memoria, allí, se va diluyendo. La pátina que cubre las imágenes son como las fotos viejas, cuya nitidez se va desvaneciendo. (Extraordinaria dirección de fotografía).

"A Ghost Story" no se parece a nada que uno haya visto antes. Es rara, bella y se siente como un suave roce. Los momentos de humor surgen naturales (o lo que se puede entender como natural en esta fábula fantástica que rompe convenciones).

Y ciertamente no es una película para cualquiera. No porque sea enredada, al contrario: es extremadamente simple; deliberadamente sencilla. ¿Gusto de críticos? Sí y no. Aparte de los premios obtenidos en Sitges (capital del cine fantástico) y en el festival de Deauville, la mayoría de los medios relevantes la han calificado como superlativa; pero también ha habido especialistas que la han denostado con vehemencia.

En suma: para almas sensibles y curiosas.

Ojo con la música.

(En Fílmico, Paseo Las Palmas).

 


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