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Los Rivano: literatura, filosofía y vida

Eran hermanos, pero Luis, el escritor y librero, cercano a la derecha, creció creyendo que Juan, el filósofo exiliado en 1976, era su primo. La reedición de tres ensayos del segundo (sobre el Eclesiastés, Diógenes y Montaigne), y la publicación de Mis tres homicidios , la novela inédita del primero, trae de vuelta a estos hombres que ni la política ni la distancia lograron separar.  

Juan Rodríguez M. 

En mayo de 2016, cuatro meses antes de morir, el escritor Luis Rivano tomó el teléfono de su librería en calle San Diego, en Santiago, para hablar de uno de sus hermanos, el filósofo Juan Rivano, quien había muerto un año antes.

-Yo soy el menor de los trece hermanos que fuimos -dijo Luis-. Juanito, a ver, era de los menores -agregó, e hizo una pausa con tarareo incluido, para forzar la memoria-. Habíamos tres o cuatro después de Juanito... ¿Qué edad tenía tú tío Juan cuando murió? -le preguntó Luis a una de sus hijas- ¿86 u 88?... Claro, yo en estos momentos tengo 83, él debe haber sido cinco o seis años mayor que yo. Usted sabe que uno nunca se acuerda ni de la edad que tiene uno.

Juan y Luis se llevaban seis años: Juan nació en Santiago, el 24 de junio de 1926, y Luis, en Cauquenes, el 27 de septiembre de 1932. Menos de un año después, Luisa Sandoval, la madre, murió. Milcíades Rivano, el padre, no pudo hacerse cargo de sus trece hijos y mandó a los menores a vivir con familiares.

-Nos criamos en hogares diferentes -recordó Luis-. Cuando yo era poco menos que recién nacido me adoptó un tío materno. La infancia yo la pasé creyendo que mis hermanos eran mis primos. Entonces la primera relación con Juanito, cuando yo era niño, y él era más adolescente, era de primo a primo. Después, cuando se tuvo que normalizar todo y yo tomé ya mi verdadero nombre, Luis Rivano, supe que era hermano y seguimos siendo siempre muy cercanos.

Poco más de un año después de la muerte de Luis, y algo más de dos de la de Juan, los hermanos Rivano -el escritor y el filósofo- vuelven a reunirse. Esta vez, a través de sus obras y en la Feria Internacional del Libro de Santiago, donde coinciden el lanzamiento de Mis tres homicidios (Alfaguara), la novela póstuma del librero, que entregó días antes de morir; y El Eclesiastés, Diógenes, Montaigne (Tácitas), un volumen que reedita y reúne tres ensayos sobre ese poco ortodoxo libro del Antiguo Testamento, el filósofo cínico y el creador del ensayo, respectivamente.

Huérfanos y autodidactas

Luego de ser adoptado por su tío, Luis Rivano y su nueva familia dejaron Cauquenes, se instalaron en Santiago por algunos años y luego en Llolleo. El niño volvió a quedar huérfano tras el terremoto de Chillán de 1939. Dejó el colegio y se fue a trabajar al puerto de San Antonio. Más tarde llegó a Santiago para hacer el servicio militar, fue carabinero por doce años y, patrullando, conoció el centro, el barrio Matadero y los alrededores del Club Hípico.

Luis fue autodidacta, y en 1965 escribió una novela - Esto no es el paraíso - que le costó ser echado de la policía. Ahí "el paco" Rivano empezó a comprar y vender libros usados, viajando por Chile, hasta que se instaló con su librería de la calle San Diego. Y siguió escribiendo, nutrido por el Santiago policial y delictual: obras de teatro como Te llamabas Rosicler , Por sospecha y El Rucio de los Cuchillos (título homónimo de uno de sus cuentos) y novelas como El signo de Espartaco y Pedro Ivanovic, terrorista .

A su hermano Juan, el noveno hijo de Milcíades y Luisa, si bien terminó el colegio, también le cabe el calificativo de autodidacta; al menos hasta que entró a la universidad. Tenía siete años cuando murió su madre. En 1942 dejó Cauquenes y se radicó en Santiago. Según contó en una entrevista, cuando tenía 19 años y podría haber estado en la universidad, "todavía arrastraba canastos por las calles de Santiago". Y también leía a Platón. Entró a estudiar matemáticas y filosofía en la Universidad de Chile. Se tituló de profesor de filosofía en 1955, estudió en Francia. Enseñó en el Instituto Pedagógico de la Chile y en la Universidad de Concepción.

Su trabajo pasó desde las altas esferas de las ideas a la preocupación por la cuestión social, en libros como El punto de vista de la miseria (1965) y Contra sofistas (1966), obras en las que fustiga las "maneras alemanas grandilocuentes" de sus colegas chilenos, rechaza la enajenación "teológica" y "metafísica" e insta a los estudiantes a cuestionar los argumentos de sus profesores.

Mientras Luis fue, a su modo, un hombre cercano a las ideas y a personas de derecha, Juan estudió e introdujo en el Departamento de Filosofía de la U. de Chile el pensamiento de Marx, apoyó la reforma universitaria, pero se decepcionó de sus resultados; se opuso, desde la izquierda, a la Unidad Popular, tenía entre sus seguidores a varios miristas, pero también cuestionó al marxismo por teorizante.

Tras el golpe de Estado de 1973 Juan fue exonerado; en 1975 fue secuestrado y trasladado a los centros de detención Cuatro Álamos, Tres Álamos y Puchuncaví. Lo torturaron, estuvo preso un año sin que se le hiciera ninguna acusación, y en 1976 partió al exilio con su mujer y sus cuatro hijos, primero a Israel, por algunos meses; luego a Suecia, donde se radicó. Solo volvió a Chile de visita. Hizo clases en la Universidad de Lund, y murió en la misma ciudad en 2015.

Ganarlo o robarlo

Tanto Mis tres homicidios como El Eclesiastés, Diógenes, Montaigne son expresión de las circunstancias de los hermanos Rivano. En la novela de Luis volvemos a encontrarnos con el Rucio Vinizio (el mismo de El apuntamiento y El Rucio de los Cuchillos ) y con esa marginalidad paradójica -porque vive en el centro de Santiago- de choros y prostitutas, que Luis conoció como policía y librero: desde avenida Matta hasta la Plaza de Armas, con San Diego y Bandera como eje, con hitos como la Plaza Almagro, los Juegos Diana y la iglesia de los Sacramentinos.

Los personajes blanden un discurso crudo, pragmático, de supervivencia, a la vez conservador y meritocrático: "Yo miraba a la Guille -dice el Rucio-, y sabía perfectamente que no es llegar y elegir. Y si no tenís dónde elegir hay que hacer lo que dice el viejo Bernales y aferrarse a lo que hay, pero tratando de hacerlo todo lo mejor que se pueda pa' dar el gusto a quien le dio el trabajo. [...] Porque en la vida nadie está obligado a darte na' por na'. Todo tenís que ganártelo. O robarlo".

Por su lado, en el libro de Juan encontramos la decepción y resignación lúcida que caracterizó su obra desde fines de los 80. Es una mezcla de escepticismo y cinismo -en un hombre que creyó en el poder transformador del pensamiento-, a veces melancólico, a veces sereno y hasta chistoso; siempre crítico. Acorde con Diógenes, Montaigne y el Eclesiastés: "Todos los caminos llevan a Jerusalén. Cualquiera cosa que venga a nuestras manos se rompe a poco o mucho de probarla", escribe Juan en las primeras líneas.

Es una filosofía que se resume así: todo es vano, hay que ajustarse a la naturaleza y disfrutar esta vida, que es la única. Pero claro: "En el presente, en nuestras sociedades de consumo, donde la producción y la distribución está en poder de empresas transnacionales cuyos mercados cubren la casi totalidad del mundo, tal es la cantidad de billones y billones de dólares, millones y millones de trabajadores, miles y miles de comerciantes y financistas implicados en estos asuntos, que no hay lugar donde ir con esta filosofía de las vanidades sin hacer el ridículo", anota el filósofo.

Los que no importan

Se puede leer a Juan y a Luis en paralelo. Forzar los textos y descubrir puntos de contacto, quizás anteriores a las ideas, las letras y la política. Por ejemplo, en Mis tres homicidios Luis escribe: "Esos huevones [se refiere a un grupo de miristas indultados], ¿a cuántos inocentes mataron que no tenían na' que ver por puro robarse plata con la chiva de la revolución? (...) Y yo que maté a un solo huevón, casi por pura mala suerte (...) Lo que pasa es que nosotros, los del pueblo trabajador, no les importamos a nadie".

Y en el ensayo sobre Montaigne, Juan anota: "Naturalmente, las especies se extinguen; pero los hombres de hoy son capaces de sacrificios dignos de cruzados por evitarlo. De aquí resulta un amor por los animales que quisieran para sí los millones sin número de niños esqueléticos que se pudren en el hambre, la enfermedad y el abandono en las áreas pobres de todos los continentes".

"Qué mundo más endiablado, más extraño y más idiota", dice el Rucio en la novela de Luis, "quién mas quién menos, nos pasamos toda la vida haciendo puras huevás no más". Y luego la Guille, otro personaje: "Y ahí fue cuando el Raulito me dijo que (...) casi siempre es el mal el que triunfa y no el bien, y que no hay na' en el mundo que haga que la gente razone como debiera".

¿No hay algo de esa ética en el siguiente texto autobiográfico que Juan Rivano incluye en su ensayo sobre el Eclesiastés? "Escudriñé mis enredos y mis enredos de enredos y encontré que no hay nudo que no se desanude, secuencia que no pueda intervenirse, sentido que no pueda trastrocarse, vínculo que no pueda desvincularse. (...) Vi desquiciarse mi mundo en sacudidas grotescas, perderse sin esperanza todo el sentido y el propósito".

Un tipo afable

No se crea, sin embargo, que hay solo desasosiego en los Rivano. No. Sin entrar en detalles para no arruinar la lectura de la novela de Luis y los ensayos de Juan, baste decir que en los dos libros hay humor y un optimismo no idealista resumible en el axioma "echarle pa' delante". O, si nos ponemos graves: para pesar de toda doctrina, al final hay que seguir viviendo. Y tal vez por eso el lazo permanente entre los Rivano fue la hermandad.

O al menos eso dijo Luis al teléfono en 2016.

-¿Cómo era su hermano?

-Él era una persona muy afable. Si usted habla con sus alumnos le van a decir lo querido que era. Esa afabilidad la tenía con todos. Por ejemplo, las veces que viajaba a Chile venía mucho a mi librería y se entretenía conversando con los clientes, o con ex alumnos. Era un tipo muy agradable y muy receptivo a la gente.

-Cuándo estaba en la librería me imagino que se ponía a intrusear en los libros.

-Ah, por supuesto. En una ocasión yo compré una biblioteca que pertenecía a un librero norteamericano y había un libro, ¿cómo se llamaba? -le pregunta a su hija-. No, no me voy a acordar. Un libro muy extraño, que él lo había encargado a todas las librerías en Europa, en Francia, Inglaterra, en todas partes, y resulta que me llega aquí, a San Diego. Casi se me volvió loco. Y no me aceptó que se lo regalara. "No", me dijo, "¿cómo se te ocurre? No, este libro vale mínimo, mínimo, 200 mil pesos". Y me obligó a recibirle los 200 mil pesos.

-¿Cómo era la relación de él con el resto de los hermanos?

-Bueno, los otros hermanos ya no quedaban ya, se iban muriendo.

-Sí, pero previo a eso.

-Vivían en partes distantes, pero se veían y eran muy hermanables. Todos querían mucho a Juan.

Antes de cortar la llamada en la que recordó a su hermano, a "Juanito", lo penúltimo que dijo Luis fue: "Alguna cosita que le sirva, no tiene pa' que servirle todo". Y lo último: "Muchas gracias".


 


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Juan Rivano, con lentes, y Luis Rivano.
Juan Rivano, con lentes, y Luis Rivano.
Foto:FRANCISCO JAVIER OLEA

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