Activistas secretos

Roberto (Bolaño) murió en 2003. No he dejado de recordarlo ni de leerlo y a veces hablo con él en sueños. Como tantos lectores, he creído recibir mensajes "especiales" en sus páginas póstumas.  

la columna de Juan Villoro 

En 1991 la Unión Soviética iba a ser el país invitado en la Feria del Libro de Frankfurt, pero dejó de existir y los organizadores buscaron un sustituto. Con gusto por la improvisación, México alzó la mano. Algún estratega calculó las dotaciones de mariachis y tequila necesarias para alegrar la fiesta, encontró forma de conseguirlas y decidió que nuestra presentación sería magnífica. Ya no había tiempo para hacer traducciones al alemán, pero esto se consideró un problema menor, pues solo se trataba de una feria del libro. Tampoco había tiempo para conseguir hotel en la ciudad, de modo que la delegación mexicana fue a dar a un balneario digno de albergar escritores: Schlangenbad, El Baño de las Serpientes.

El inmenso edificio de bóvedas acristaladas parecía suspendido en el tiempo. Salvador Elizondo tomó posesión del bar y en las tertulias contrapunteó las anécdotas con los hielos de su whisky White Horse. Nuestra presencia en la feria tenía una condición fantasmal. En contraste con la URSS, que ya contaba con libros en alemán, no teníamos nada que presentar. Éramos más una secta que una delegación. Esto nos llevó a hablar de las vanguardias clandestinas y Elizondo comentó: "Pertenezco a un grupo tan secreto que no sé si soy miembro o no".

Años después le conté la anécdota a Roberto Bolaño y él recordó que las vanguardias aprecian los favores del ocultamiento: en las catacumbas se fraguan asombros que solo deben conocerse al estallar. Le pregunté si aún deseaba pertenecer a una conspiración y me dio una respuesta casi idéntica a la de Elizondo: "El Grupo Surrealista Clandestino me ha buscado, pero no sé si me ha admitido. Groucho no quería estar en ningún club que lo aceptara. Esta conspiración es mejor: no sabes si te acepta".

Roberto murió en 2003. No he dejado de recordarlo ni de leerlo y a veces hablo con él en sueños. Como tantos lectores, he creído recibir mensajes "especiales" en sus páginas póstumas. No he podido ser indiferente a la numerología de su más reciente libro, Sepulcros de vaqueros , reunión de espléndidas narraciones inconclusas, que aparece catorce años después de su funeral (siete años más siete, en 2017).

Terminé de leerlo el 7 de octubre, día del cumpleaños de mi madre. Me encontraba en Perugia, donde una camarera ecuatoriana me recomendó un locutorio para hacer llamadas baratas. Fui ahí para felicitar a mi madre y me tocó la cabina 7. La conversación se alargó porque también mi hermana Carmen estaba en casa y quería plantearme "un asunto". Me puse nervioso por una razón indescifrable y le pedí que me explicara eso más tarde, por correo electrónico. Al colgar, sonó el teléfono. Descolgué maquinalmente. "¿Estás ahí?", dijo una voz en español, con leve acento francés. "Sí". Pensé que se trataba de una broma. El hiperinformado Philippe Ollé-Laprune era capaz de dar conmigo. La voz se parecía a la suya, pero no era la misma. Aun así pregunté: "¿Philippe?". "El Grupo Surrealista Clandestino no usa nombres. Estamos desactivando la razón. ¡Desenterramos a Dalí y toda Cataluña se volvió surrealista! Los locos dominan el mundo, vamos al apocalipsis feliz". Entonces ocurrió lo más extraño: "Gracias por lo que has hecho". Luego, la comunicación se cortó.

Fui a la recepción y pregunté si podían rastrear la llamada. "Numero desconocido", dijo el árabe que atendía el lugar.

Supuse que alguien quería comunicarse con otra persona que hablaba español y por accidente lo habían enlazado conmigo. La situación era demasiado elaborada para tratarse de una broma. Le mandé un e-mail a Philippe para chequear su estado de ánimo. Contestó con melancolía que acababa de cumplir 55 años. No me pareció dispuesto a hacer chistes surrealistas transoceánicos.

Renuncié a buscar una explicación ortodoxa para la confusión y preferí extraer de ahí una enseñanza. Si acepto que la loca llamada era para mí, me veo obligado a considerar que nos relacionamos con personas que tal vez conformen un "grupo", sin saber si nos admiten o no en su círculo. ¿Participamos en un plan que nos excede? ¿Somos azarosos activistas de una ignorada estrategia? ¿El mundo empeora por una conspiración de la que formamos parte sin saberlo?

"Gracias por lo que has hecho", la frase volvió a mí, con el filo corrosivo del misterio y del aprecio que no quieres recibir.

 


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Foto:RODRIGO VALDÉS

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