Aniversario | 11 de julio de 1846 - 3 de noviembre de 1917
Leon Bloy, gran estilo y profecía

Este tábano socrático de la modernidad, ha quedado en las antípodas de nuestro mundo relativista y consensual. Pero su estilo nada tiene de pasado, ni sus asuntos tampoco.  

hoy escribe Ignacio Valente 

Hoy se reedita poco a León Bloy, apenas se lo lee, no se lo comenta. Las razones son múltiples: murió hace un siglo; fue un escritor "inespecífico", ni novelista ni poeta ni ensayista, si bien su genio aleteó sobre todos esos géneros. Además, este Peregrino de lo Absoluto, este dogmático glorioso, este tábano socrático de la modernidad, ha quedado en las antípodas de nuestro mundo relativista y consensual. Pero su estilo nada tiene de pasado, ni sus asuntos tampoco. Tal vez por eso mismo, su ausencia posee algo de inquietante, de acusador, de ominoso.

En Chile, Jaime Eyzaguirre y su vasto círculo lo leyeron como un autor sagrado, y los fundadores de la Falange-DC se honraron en su inspiración. Pero los descendientes de unos y otros apenas saben nada de él. Más allá del ámbito cristiano, Bloy tuvo siempre admiradores literarios tan grandes como nuestro cercano Borges, que representaba su polo opuesto en las cuestiones de fondo, pero que sabía de estilo. Quienes seguimos disfrutando de su obra nos encontramos con aire de cofrades, como iniciados en una escritura arcaica y misteriosa a punto de desaparecer bajo toneladas de necedad impresa.

La burguesía bienpensante de su época le cerró todas las puertas. Un ser tan bien dotado -por temperamento y por pluma- para la crítica, el vituperio, la denuncia, ¿qué otra cosa iba a hacer sino vituperar, escupir palabras de fuego vivo sobre la chatura circundante? León Bloy es el vituperio como fuerza de la naturaleza y como vocación celestial. Hizo del vituperio una de las bellas artes, un género literario completo, una forma de poesía pura. En la invectiva verbal puso Bloy una pasión temblorosa, una exactitud verbal, una prosa exuberante, una imaginación creativa, una sutileza irónica y, por qué no, también una ternura conmovedora. No es una simple boutade su sentencia: "Mi cólera es la efervescencia de mi piedad". Podría añadirse: "Y el reverso de su adoración teologal".

De su propio fanatismo debe decirse que, en esos pasajes de mayores cajas destempladas, intransigencias y juicios finales, es donde asoman sus sentimientos más delicados, por una parte, y por otra, su estilo más sublime. El objeto preciso de su vituperio es lo "burgués" como categoría del espíritu. Esa categoría, justamente por espiritual, es del todo ajena a lo burgués según Marx o según Weber; se parece a lo "filisteo" en el vocabulario de Scheler; es difícil buscarle analogías. Incluye elementos como mediocridad, autosatisfacción, riquezas, fariseísmo, ramplonería, pero es mucho más que todo eso.

En Bloy, la estructura de la novela es casi un pretexto para el género memorial y la glosa de ideas. Su don narrativo, así como su creatividad poética y su inteligencia ensayística, andan por toda su obra, pero tienen dos encarnaciones particulares: el diario de vida y los artículos de prensa. Es allí donde se encuentran piezas de antología, pasajes únicos. Allí están por excelencia su prosa de maravilla, sus imágenes fulgurantes, sus metáforas como latigazos, su lenguaje suntuoso. En su época y en otros momentos, León Bloy se ganó una fuerte connotación de "reaccionario". Hoy ese epíteto es una necedad. Y al revés, adquiere vigencia el de "profeta", que casi nadie le dio en su tiempo, pero muchos -cada vez más- a medida que pasaba el siglo. Profeta por su denuncia, profeta por lo visionario. Bloy es doblemente un autor sagrado: como podía serlo para un Jaime Eyzaguirre, y como lo son para la modernidad laica un Nietzsche, un Dostoiewski, un Kafka, un Rimbaud, por las regiones del alma que verbalizaron.

 


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Foto:FRANCISCO JAVIER OLEA

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