La política, bien de consumo

CARLOS PEÑA 

La importancia de contar con un programa -o el escándalo de no tener ninguno- es el indicio más elocuente de cuánto ha cambiado la cultura política.

Una muestra es lo que le ocurre a Alejandro Guillier. Si, como se sostiene, no tuviera programa, ¿qué razón habría entonces para preferirlo? ¿Qué es lo que se adquiriría cuando se votara por él?

Sin programa, el candidato parece una mercancía incógnita que nadie querría comprar.

Y es que la política se ha transformado en un bien de consumo.

No siempre fue así.

Hasta hace poco tiempo -algunas décadas- todavía era posible trazar una línea continua entre la identidad social de las personas y su preferencia política. Se trata de lo que los manuales definían como el clivaje. Es verdad que en el margen las preferencias se desviaban; pero en lo grueso las opciones políticas tendían a coincidir con lo que tradicionalmente se llamó intereses de clase. En ese mundo, más que el programa, importaba la capacidad de las fuerzas políticas de reflejar en su discurso y en su vago horizonte la identidad de cada uno, que era también la del grupo al que, anclado en la estructura social, se pertenecía.

Pero hoy las cosas han cambiado.

Los procesos de modernización que Chile ha experimentado, tienden a despegar a las personas de la identidad colectiva que hasta hace poco configuraba sus preferencias y que permitía hablar, por ejemplo, de partidos de clase. Hoy día, cada vez más, hay individuos que tienden a diseñarse a sí mismos mediante el consumo y que reconocen identidades múltiples según cual sea el factor que esgriman para construirla: la orientación sexual, la etnia, las preferencias de consumo, el género, la generación. El resultado de todo eso es que las identidades colectivas que hacían del mundo social un ámbito relativamente sencillo de entusiasmar y fácil de predecir, se ha transformado en identidades múltiples.

Y en un mundo donde las identidades se multiplican -un mundo donde la conciencia individual ya no coincide del todo con ninguna conciencia colectiva- lo que unifica a las personas es un estilo de trayectoria vital y las preferencias que cada uno decide.

En ese mundo la política ya no consiste en el esfuerzo por modelar, a partir de un sueño escatológico, la vida que los ciudadanos tienen en común. Al revés, se trata de satisfacer las preferencias que cada ciudadano ha forjado para sí y de apagar los temores que lo ensombrecen.

Como quien dice, se trata un bien de consumo.

Hoy es muy difícil asignar identidad de clase -lo que antes se llamaba la clase para sí, que es la única relevante en política- para entusiasmar a las personas; pero en cambio es perfectamente posible identificar un tipo de trayectoria vital, el cambio experimentado en las condiciones materiales de la existencia debidas al propio esfuerzo, y conferirle reconocimiento.

En la habilidad para hacerlo está la clave de la política de hoy.

Así, un programa eficaz en la lucha política no es un libro pormenorizado de diagnósticos y de medidas (como el que posee Goic, que con él ha sumado a sus pretensiones de densidad ética, el anhelo de totalidad programática, describiendo, en un alarde, su extensión en cientos de páginas) ni tampoco un compendio oportunista (que recoge, como insinuó Guillier, una porción de cada perdedor a fin de sumarlo a la segunda vuelta). Lo que se requiere es algo más simple y a la vez más difícil: identificar el tipo de trayectoria vital que predomina en el electorado e identificar los temores que alberga. Y como el principal temor es la sombra del futuro, las promesas de transformación radical en vez de atraer al electorado -la mayor parte del cual está feliz con su vida personal- lo espantan.

Sí, es verdad.

La política ya no es lo que era.

Ya no posee el fulgor de hace tres décadas, cuando la voluntad se inflamaba con la recuperación de la democracia; ni la envuelve el fuego de todavía más atrás, cuando las élites convencían a las masas de transitar por una historia capaz de curar las heridas y las miserias del presente.

Hoy día todo es más sencillo y a la vez más complejo.

Se trata de ofrecer algo que reconozca la trayectoria vital de los ciudadanos y apague sus temores.

Es como el consumo: parece simple pero en él se esconde y se teje día a día la vida de millones.

Las quejas por la demora de Guillier en mostrar su programa son un síntoma de cuánto ha cambiado la política: de gran ensoñación histórica, a modesto bien de consumo. Y no está del todo mal que sea así.

 


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