Pensamiento | La sociedad de los datos:
La privacidad ha muerto o la libertad en tiempos de Big Data

El escándalo de Facebook y Cambridge Analytica nos ha hecho descubrir la pólvora: los gigantes de internet saben todo sobre nosotros y pueden usar esto para inducir nuestras elecciones. Estamos vigilados, nos controlan, dicen autores como Byung-Chul Han y Éric Sadin. ¿Nos importa? "Las generaciones jóvenes tienen un concepto totalmente diferente de lo que es privacidad o no", ha dicho Martin Hilbert.  

Juan Rodríguez M. 

"Los datos dirigen todo lo que hacemos". Ese es el mensaje que reciben quienes visitan el sitio web de Cambridge Analytica (CA), una empresa británica que, según la descripción de la misma página, "usa datos para cambiar el comportamiento del público". La compañía se hizo famosa en las últimas semanas luego de que una investigación periodística descubriera que había accedido a los perfiles de más de cincuenta millones de usuarios de Facebook. Y, con esa información (datos masivos o Big Data), habría influido en el electorado estadounidense a favor de la candidatura presidencial de Donald Trump (Obama también recurrió al Big Data).

O sea, una empresa o un gobierno pueden saber, por ejemplo, que una persona es liberal y otra es conservadora, y entonces enviar mensajes adecuados, incluidas noticias falsas, para que ambas terminen haciendo lo mismo: votar por determinado candidato o comprar algún producto (que para el caso es lo mismo). Es más, Christopher Wylie, la persona al interior de CA que delató estos manejos, acaba de decir que "el Brexit no habría sucedido sin Analytica". Cierto o no, la batahola nos ayudó a descubrir la pólvora: Facebook y los gigantes de internet saben todo o casi todo sobre nosotros y pueden manipularnos. Si a eso le sumamos los progresos de la Inteligencia Artificial (IA), la conclusión es que la sociedad vigilada que Orwell relató en "1984" quedó en el pasado antes de existir.

¿Estamos dispuestos?

El problema no es solo la información que tienen sobre nosotros los gigantes de internet, sino dónde queda nuestra libertad. El filósofo francés Éric Sadin, autor de "La humanidad aumentada. La administración digital del mundo" (Caja Negra), cree que el Big Data y la IA acabarán con el libre albedrío. Satin abre su libro recordando a HAL 9000, la supercomputadora que controla la nave espacial Discovery en "2001: Odisea del espacio", la película de Stanley Kubrick. Esa es nuestra situación, o al menos nos acercamos, dice: cada vez más cosas -el computador y el celular, por supuesto, también los refrigeradores, los relojes y por qué no las almohadas- recogen datos.

Sadin llama a esa ideología "tecnoliberalismo" e incluso "anarcoliberalismo numérico", y a esta nueva condición humana, asistida por robots, "antrobología". Habla de la muerte del ser humano tal como lo conocemos desde el Renacimiento y la Ilustración, es decir, un sujeto que actúa con responsabilidad y que es capaz de definirse libremente a sí mismo. El norte es mercantilizar todas las esferas de la vida: "Esos sistemas son capaces de interpretar situaciones y tomar decisiones sin que el ser humano tenga que intervenir", dijo en una entrevista al diario El País de España. La IA deviene en un "superyó" que hace nuestras vidas más eficientes y confortables.

Si dejamos de lado la cara oscura del procesamiento de datos y nos quedamos, por ejemplo, con las posibilidades que se abren para la prevención y el tratamiento de enfermedades, la lucha contra el crimen, el ordenamiento del tránsito, hacer censos baratísimos, sugerirnos un regalo para algún amigo, incluso así podemos hacernos la pregunta que plantea en un artículo el filósofo francés Luc Ferry, autor de "La revolución transhumanista" (Alianza): "¿Hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar áreas enteras de nuestras vidas privadas para beneficiarnos con las ventajas del Big Data?". Pues, como dijo él mismo en una entrevista con este suplemento: "Digamos las cosas claramente: sin el tratamiento informático de los Big Data y, sobre todo, sin la Inteligencia Artificial, no habría secuenciación del genoma humano, ni ingeniería genética, ni economía colaborativa".

El volumen, velocidad y variedad de datos a los que estamos expuestos se nos escapa. "Cojeamos tras el medio digital, que, por debajo de la decisión consciente, cambia decisivamente nuestra conducta, nuestra percepción, nuestra sensación, nuestro pensamiento, nuestra convivencia", dice el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su libro "En el enjambre" (Herder, distribuye Liberalia Ediciones). Ya no vivimos en la sociedad de masas, sino en un enjambre digital: millones de individualidades, conectadas pero aisladas, mirando y siendo mirados, que no conforman una unidad, un cuerpo, un proyecto. No hay privacidad y sin privacidad decae lo público: "La falta de distancia conduce a que lo público y lo privado se mezclen", dice Han. Y aunque la comunicación se privatiza, si entendemos que lo privado es ese espacio y ese tiempo en el que no soy una imagen, no soy un objeto para el resto, entonces, hay que volver a decir que en la privacidad digital no hay vida privada. Vivimos el "presente total", cada uno vigila al otro: "La protocolización total de la vida, sin lagunas, consuma la sociedad de la transparencia".

¿Qué política es posible en ese mundo? "La posibilidad de sacar modelos de conducta de las masas a partir de grandes datos marca el comienzo de la psicopolítica digital ", dice Han en "Psicopolítica" (Herder/Liberalia). Martin Hilbert, especialista alemán en Big Data, autor de "Procesamiento digital y teoría democrática" (Google Books), lo pone en estos términos en una entrevista con BBC Mundo: "Los representantes pueden ver todo lo que hacen los ciudadanos. Y los ciudadanos pueden dictar la vida de los representantes, con tuits y otras cosas. La democracia representativa no está preparada para esto", dice. Hay que sentarse a reinventarla: "Si no, fácilmente se convierte en una dictadura de la información".

Hilbert dice que el problema no es tanto lo difícil que es proteger la privacidad, sino qué privacidad queremos: "Y la verdad es que la gente no está tan preocupada. ¿Qué pasó después de todas las revelaciones de Edward Snowden?", se pregunta en relación con el empleado de la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense que denunció los programas de espionaje digital de la segunda. ¿Qué pasó, entonces, con la gente al enterarse del espionaje? "Nada. Han dicho: 'No está bueno que puedan ver mis fotos desnudo'. Y al otro día continuaron", se responde Hilbert, "las generaciones jóvenes tienen un concepto totalmente diferente de lo que es privacidad o no". "Y la verdad es que la gente se beneficia tanto de eso que no le molesta".

En 2017, en este diario, el filósofo alemán Boris Groys, autor de "Volverse público" (Caja Negra), dijo que en realidad a los gigantes de internet no les interesa vigilarnos, solo les importamos como consumidores de publicidad: "Es solo el capitalismo normal". Y esta semana, en El Confidencial, el bielorruso Evgeny Morozov, autor de "El desengaño de internet" (Destino), dijo que "las manzanas podridas" no son las empresas tecnológicas, sino los fondos multimillonarios que "han empezando a depender de inversiones en esas grandes empresas tecnológicas".

El Big Data ha devenido "dataísmo", una religión que adora los datos, según el historiador israelí Yuval Noah Harari, autor de "Homo Deus. Breve historia del mañana" (Debate). Byung-Chul Han, por su parte, sintetiza así el imperativo de esa creencia: " se ha de convertir todo en datos e información ". Es una suerte de "dadaísmo digital", agrega, pues se renuncia al sentido, a la narrativa: "Los datos colman el vacío de sentido", se atrofia el juicio, la capacidad superior del ser humano: "En un determinado punto, la información ya no es informativa, sino deformativa; la comunicación ya no es comunicativa, sino acumulativa"

La lógica taxonómica del Big Data está lejos del mentado "flujo de información", al contrario, se trata de fijarlo, fragmentarlo, desmenuzarlo. En este punto, sin el tono de denuncia nostálgica del surcoreano, Groys va más allá y dice que Google desempeña el papel que tuvieron la filosofía y la religión: la vida humana puede describirse como "un diálogo prolongado con el mundo" y hoy ese diálogo lo mantenemos "fundamentalmente a través de internet. Si queremos preguntarle algo al mundo actuamos como usuarios de internet. Y si queremos contestar las preguntas que el mundo nos hace, actuamos como proveedores de contenido". O sea, preguntamos y respondemos según se hacen y se responden las preguntas en internet y, al menos hasta ahora, esas reglas y modos los define Google.

Dios ha vuelto

Una pregunta como ¿cuál es el sentido de la vida? solo puede responderse mediante una filosofía, una teoría científica o una narrativa literaria. Pero hoy, dice Groys, "Google disuelve todos los discursos al convertirlos en nubes de palabras que funcionan como colecciones de términos más allá de la gramática". Dicho en fácil, el sentido de la vida es la serie de resultados que nos da el buscador en los que aparecen las palabras "sentido" y "vida".

En este punto vale la pena preguntarse: si mueren la privacidad y la libertad, y entonces lo público, lo político, si no hay narrativa, sino "palabras, palabras, palabras", ¿la vida que llevamos nos pertenece? ¿Qué pasa con el individuo, ese invento de la modernidad? O de frentón, ¿qué pasa con la modernidad? "Internet se convirtió en la pantalla sobre la cual se proyectaron estos sueños utópicos posmodernos, sueños sobre la disolución de todas las identidades en el juego infinito de los significantes", cree Groys. El espectador universal -Dios- ha regresado, "parecería que estamos de vuelta en el paraíso y que, como los santos, nuestro trabajo inmaterial consiste simplemente en existir bajo la mirada divina (...) Entonces, ¿por qué todavía necesitamos tener secretos?". O, lo que es lo mismo, ¿por qué queremos una subjetividad, individualidad, identidad, autonomía, algo así como un yo verdadero, inescrutable? En palabras de Groys: "¿Por qué deberíamos rechazar la transparencia total? La respuesta a estas preguntas depende de la respuesta a una interrogante más fundamental: ¿ha producido internet el regreso de Dios o ha reintroducido al genio maligno con su mirada maligna?".

¿Qué nos gustaría más?

Éric Sadin ha dicho que la IA deviene en un "superyó" que hace nuestras vidas más eficientes y confortables.

Según Boris Groys, la vida humana puede describirse como "un diálogo prolongado con el mundo" y hoy ese diálogo lo hacemos "a través de internet", y de acuerdo a las reglas de Google.

Luc Ferry pregunta: "¿Hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar áreas enteras de nuestras vidas privadas para beneficiarnos con las ventajas del Big Data?".

 


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Hello World!, obra del artista estadounidense Christopher Baker, instalada en 2008 en la galería Saatchi de Londres.
"Hello World!", obra del artista estadounidense Christopher Baker, instalada en 2008 en la galería Saatchi de Londres.
Foto:AFP

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