Publicación | El libro final:
El espía regresa: el legado de Le Carré

Mientras Inglaterra y Rusia se enfrentan en un conflicto diplomático por la intoxicación de un ex espía, llega la última novela del autor británico. "El legado de los espías" trae de vuelta a George Smiley, su clásico personaje, una ventana al espionaje durante la Guerra Fría.  

Roberto Careaga C. 

"¿Quién era el culpable de que me hubiera pasado toda la vida ocultando y disimulando? ¿Quién sino George Smiley?", se pregunta Peter Guillem, viejo agente del servicio secreto británico ya jubilado, que al momento de pensar en el asunto se encuentra huyendo: se fuga de la custodia de los nuevos agentes del servicio en Londres, quienes llevan días interrogándolo sobre su pasado, para buscar al único hombre que puede responder a las preguntas que lo acorralan, su jefe, su maestro, casi un padre, el imperturbable Smiley. Guillem deja Inglaterra, siguiendo las últimas pistas de Smiley. Son dos hombres retirados en el siglo XXI, pero los fantasmas de la Guerra Fría aún no los dejan tranquilos. Tampoco a su creador, el escritor John Le Carré.

El escape de Guillem está al final de "El legado de los espías", la última novela de Le Carré. Publicada en 2017 en inglés y ahora disponible en español en Chile, se trata de una suerte de final: el último capítulo de la saga de las novelas de Smiley, acaso el espía más icónico de la segunda mitad del siglo XX que surgió en la literatura. Completamente opuesto al glamoroso y fantástico James Bond, George Smiley es un hombre tranquilo, mal vestido, apasionado por los románticos alemanes, enemigo de la violencia y preparado como ninguno para una vida de secretos. Apareció por primera vez en 1960 en la novela "Llamada para el muerto" y se convirtió en el hilo conductor de la obra de Le Carré. Esta parece ser su despedida.

También puede que sea la despedida del propio Le Carré. Con 86 años, el escritor dignificó el género de la novela de espías al punto de que Philip Roth dijo que su libro "Un espía perfecto" (1986) "era la mejor novela inglesa desde la guerra". Aquel relato estaba ambientado en los 80, cuando la Guerra Fría aflojaba, pero era un destilado complejo de todo lo que Le Carré había construido en sus diez libros anteriores: más allá del obvio misterio que envuelve a los espías, Le Carré había dotado a ese universo de una pesada soledad, una moral inevitablemente ambigua, donde sus personajes se mueven como peones que ya no saben exactamente qué valores representan y toda victoria es apenas un pequeño triunfo en una maraña de derrotas confusas, en las que por supuesto nadie gana. Ni Smiley, el más hábil de todos.

Diablo y virgen

En realidad, Smiley es una sombra ausente prácticamente durante toda la novela "El legado de los espías", pero sin él no hay historia: retirado en el campo de Bretaña, el agente Guillem es convocado por la nueva administración del Circus -la sede del servicio secreto británico en las novelas- para que responda por una serie de dudas cruciales sobre una operación de contraespionaje en Alemania Oriental en momentos en que se levantaba el Muro de Berlín. Guillen estuvo ahí, Smiley orquestó tras bambalinas. Cincuenta años después, los hijos de dos muertos en acción piden indemnizaciones. "Nos encontramos en un ridículo drama shakesperiano, en el que los fantasmas de dos víctimas de una diabólica conjura del Circus regresan para acusarnos por boca de sus descendientes", explica un burócrata de la inteligencia británica a quien todos llaman Conejo.

Conejo, quien interroga a Guillem, lleva anteojos, tirantes sobre la camisa y ciertamente no es un espía; es abogado. Le Carré carga las tintas contra los de su tipo: lo saben todo, tienen todos los expedientes y recursos, pero al menor descuido un espía de la vieja guardia -Guillem- lo engaña y se va de Inglaterra con un pasaporte que a los nuevos hombres del Circus ni se les ocurrió que existía. Es el nuevo mundo del espionaje: antes, como tan bien nos contó Le Carré en sus novelas, todo sucedía en las sombras; hoy la inteligencia rusa intoxica a un espía desertor a plena luz de día. Sucedió el pasado 4 de marzo en Salisbury, Inglaterra, donde el ex agente Sergei Skripal fue envenenado junto a su hija, desatando un conflicto mundial: Inglaterra, Estados Unidos y otros países han expulsado de su territorio a más de 150 diplomáticos rusos, ante lo que el jueves Rusia respondió echando a 60 estadounidenses.

En pleno desarrollo del caso que desató el envenenamiento de Skripal, quien sigue en riesgo de muerte, seguramente a Le Carré le pican las manos por usar el material. Antes ha escrito del espionaje en los tiempos que corren, en "El hombre más buscado" (2008), por ejemplo, pero ya sabemos: optó por cerrar una obra. Acaso el mismo Smiley explica por qué en "El legado de los espías": "Cuando llegamos a una edad provecta, los viejos espías nos ponemos a buscar las grandes verdades", dice en una biblioteca alemana.

La verdad de Smiley no es fácil de rastrear. Si nos ponemos estrictos, en "El legado de los espías" debería tener bastante más de 100 años. Pero en la novela solo es un hombre viejo, quizás cerca de los 80. Ya no lleva trajes, pero tampoco ha aprendido a vestirse bien: pantalón amarillo de pana, suéter rojo de lana. La primera vez que apareció, Le Carré lo introdujo así: "Bajo, gordo y de una disposición tranquila, parecía gastar mucho dinero en ropa realmente mala, que colgaba en su cuerpo achaparrado como la piel de un sapo encogido". No es una frivolidad el look de Smiley: tras esos trajes mal cortados y sus gruesos lentes, hay un hombre melancólico e inteligente capaz de entender las honduras de los hombres cruzando un par de palabras.

Con "la picardía del diablo y la conciencia de una virgen", como alguna vez lo definió su superior, Control, George Smiley no tiene un pasado aristocrático, estudió en un colegio regular y si escaló en la agencia fue porque partió de abajo: contactando a posibles informantes alemanes durante la Segunda Guerra. No aparece en todas las novelas de Le Carré y, de hecho, es un personaje lateral de su novela más famosa, "El espía que surgió del frío" (1963). Su gran papel está en la trilogía de Karla, formada por "El topo" (1974), "El honorable colegial" (1977) y "La gente de Smiley". La serie sigue básicamente el enfrentamiento del agente británico con su par ruso en la KGB, conocido simplemente con la chapa de Karla: es tan buen espía que ni siquiera Smiley llega a conocer su verdadera identidad. Nunca.

Finalmente, después de tres novelas, Smiley neutraliza a su enemigo. Los libros de Le Carré son pura tensión, pero no hay grandes clímaxs, y en el cierre de la trilogía el agente británico escribe una carta narrando el éxito de su operación y se lo cuenta a un par de superiores. Luego muestra su personalidad. "George, ganaste", le dice su discípulo Peter Guillam. Ante lo que Smiley responde: ¿Gané? Sí. Sí, supongo que sí". No hay victorias que celebrar.

Un mentiroso en Europa

"Soy un mentiroso", escribió Le Carré en su autobiografía, "Volar en círculos" (2016). "Nací en la mentira, fui criado en la mentira, fui entrenado por una industria que se gana la vida con la mentira y practico la mentira como novelista", añadió, jugando a lo que mejor ha sabido jugar en sus novelas. No es solo una forma de despistar, hay algo de confesión: el escritor en realidad se llama David Cornwell y cuando habla de su aprendizaje se refiere a sus años en el Servicio Secreto Británico, desde inicios de los 50 hasta inicios de los 60. Nunca ha revelado exactamente qué labor realizó, pero según la biografía del novelista, firmada por Adam Sisman, empezó informando al MI5 sobre los posibles estudiantes de la Universidad de Oxford simpatizantes de la Unión Soviética.

Pero el primer aprendizaje de Le Carré fue en su casa: su padre, Robert Cornwell, fue un estafador profesional y pasó muchas temporadas en la cárcel. Salió por completo de la vida del escritor y este se ocupó de encontrar a otras figuras paternas. Dos de ellas son importantes para su obra: el historiador Vivian Green, a quien conoció mientras estudiaba, y John Bingham, director del Servicio Secreto y para quien trabajó. Ambos, ha dicho Le Carré, fueron inspiración para construir al personaje de Smiley. Al segundo, sin embargo, no le gustó nada: "David fue mi amigo, pero deploro y odio todo lo que ha hecho y dicho en contra de los servicios de inteligencia".

Por supuesto que Le Carré utilizó sus años en el Servicio Secreto para sus novelas. Su primer libro, de hecho, apareció cuando aún trabajaba en el MI5 y es por eso que acudió a un seudónimo para firmar. Ese libro, "Llamada para el muerto", era un relato policial: George Smiley investigaba el caso de un agente que se había suicidado y prácticamente no aparecían los enemigos de la KGB o la Stasi. De fondo, eso sí, aparecían los silenciosos laberintos de Circus, donde todos escondían identidades, soledades y dobles intenciones. Ese mundo fue completamente desarrollado en "El espía que surgió del frío", una novela que vendió en el mundo más de 10 millones de copias. Y a la que Le Carré vuelve en su última entrega, "El legado de los espías".

El caso por el que es requerido Peter Guillam es precisamente una operación que antecede los hechos de "El espía que surgió del frío". Antes de la construcción del muro de Berlín, Smiley y sus agentes consiguieron levantar una red de informantes a los que llamaron Carambola. Pero en el proceso murieron dos personas y sus hijos hoy reclaman justicia. Los archivos han sido eliminados o, cree la dirección actual del Servicio Secreto, están enterrados en cientos de páginas con informes confusos. Entonces, Guillam inicia la labor de leer aquellos textos y, así, recuerda: la novela está allá atrás, en los cabos sueltos de una operación que, como todas, involucró muchos más sentimientos de los que los agentes están dispuestos a revelar.

A Guillem lo amenaza la justicia, también un matón de poca monta y, sobre todo, recuerdos que no termina de encajar. No sabe exactamente todo lo que sucedió, no tenía toda la información. El único que podría tenerla es Smiley, pero está perdido. Nadie sabe su paradero. En medio de interrogatorios, lecturas de transcripciones, informes sobre el pasado y más y más preguntas, Le Carré va dejando un cabo suelto difícil de cerrar: ¿tuvo sentido que murieran dos personas? ¿Que sus hijos perdieran a sus padres? ¿Valía la pena la lucha que ellos llevaban contra el comunismo? No hay muchas respuestas.

Aunque Smiley tiene una. Fuera del tiempo, lejos de todo, en medio de sus lecturas de poesía alemana, ensaya una respuesta para enfrentar a los fantasmas del pasado. Una respuesta ante el porqué, que bien parece sacada de la voz del propio Le Carré en estos días en que su país se separa de la Comunidad Europea.

"¿Por qué lo hicimos? ¿Por la 'paz mundial', sea lo que sea? Sí, claro. 'No habrá guerra, pero en la lucha por la paz no quedará piedra sobre piedra', como decían nuestros amigos soviéticos. ¿O lo hicimos tal vez en nombre del grandioso capitalismo? Espero que no. ¿O del cristianismo? ¡Dios no lo quiera!", dice. Y añade: "Entonces, ¿fue todo por Inglaterra? En su momento, sí, por supuesto. Pero, ¿la Inglaterra de quién? ¿Qué Inglaterra? ¿Inglaterra sola, perdida en ninguna parte? Yo soy europeo. Si alguna vez he tenido una misión, si he tenido alguna responsabilidad más allá de nuestros contenciosos con el enemigo, ha sido con Europa".

"Nací en la mentira, fui criado en la mentira, fui entrenado por una industria que se gana la vida con la mentira", ha dicho Le Carré.

Completo opuesto de James Bond, George Smiley es discreto, viste mal, evita la violencia y lee poesía alemana.

 


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En 2011, Gary Oldman interpretó a Smiley  en la versión cinematográfica de El topo, dirigida por Tomas Alfredson.
En 2011, Gary Oldman interpretó a Smiley en la versión cinematográfica de "El topo", dirigida por Tomas Alfredson.

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