hacia un Santiago de calidad mundial
El lado más duro de la ciudad

miguel laborde 

Los canteros estuvieron muy cerca de perder su lugar histórico en Colina, por presiones inmobiliarias. Recién este verano, luego de siete años de acciones, el Ministerio de Educación declaró Monumento Nacional su "Pueblo de las Canteras". Además, los vecinos cerros Pan de Azúcar y La Pedregosa, de donde los artesanos extraen su material, son ahora Monumentos Históricos.

En Chile no tuvimos arquitectura monumental precolombina, pero la balanza se equilibró en la Colonia; por lo difícil de la empresa conquistadora en Chile, el rey de España envió siete maestros canteros a levantar aquí fuertes de piedra. Se intuía que la cosa iba para largo, y así tuvimos el más extenso repertorio de arquitectura militar de toda América, arte que se usó también en obras civiles.

La piedra es aquí abundante, en cerros y montañas, de variados tonos y consistencias. Del mismo Santa Lucía se sacaron las rocas volcánicas para las primera obras de importancia: La Moneda y la Catedral, el Palacio de la Real Aduana y el Puente de Calicanto, la Casa Colorada y los Tajamares, lo mejor de la Colonia.

Con Vicuña Mackenna, el líder del Santiago republicano, fue el San Cristóbal el proveedor. Los canteros, presionados, debieron irse de ahí y buscar otro lugar para instalarse, y lo encontraron en Colina, en 1884. En el fundo Los Hornos llegaron a constituir el "Pueblo de los Canteros", de hombres solos. Hace un siglo, con mayor demanda -adoquines, soleras, lajas-, el asentamiento creció en familias completas.

No es fácil ser un maestro en piedra. Manejar y a veces forjar las herramientas de hierro, manipular cargas de dinamita, sentir la vena para golpear sin romper y avanzar sin herir, hasta desnudar el núcleo azul y sólido -en el caso de los adoquineros- de piedra que ahora vemos volver a las calles del casco histórico; además de dominar el arte de la mampostería para pavimentar con piedras o levantar muros capaces de perdurar por siglos. Cada cantero es un creador, con su marca que graba en algún rincón de la obra.

El habitar humano aspira a prolongarse, a dejar huella; y es la piedra la que hace posible y visible esa vocación. El ser humano, tan perecedero, tan frágil de cuerpo -polvo que vuelve al polvo-, ama esa resistencia con lo eterno.

Curioso que el propio lugar de los canteros casi desapareciera. El avance inmobiliario, el abogado que los estafó llevándose el capital que reunieron para defenderse -800 millones de pesos-, y la demora gubernamental en protegerlos con una declaración de monumento nacional, los tuvo al borde de la extinción. En paralelo, los vecinos del Parque Forestal resaltaban el valor de sus adoquines en el sector del Parque Forestal, amenazados por la carrera de la Fórmula E.

Son 600 familias que se consideran descendientes de los canteros originales -cultores de un noble oficio que ha pasado de padre a hijo- las que ahora viven un buen momento: en las calles que atraviesan la Plaza Montt Varas, por ejemplo, podemos ver la notable transformación que benefició al sector, ennobleciéndolo. Los centros urbanos, cada vez más valorados como patrimonio identitario, están poniendo en valor el trabajo en piedra.

 


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Los canteros de Colina son los que proveen los adoquines que revisten algunas de las tradicionales calles de Santiago.
Los canteros de Colina son los que proveen los adoquines que revisten algunas de las tradicionales calles de Santiago.
Foto:Andrés Poblete

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