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A 50 años | "Sean realistas: pidan lo imposible":
Mayo del 68 la revolución de todo y de nada

Domingo 8 de abril de 2018

"Digo no a la revolución con corbata", era una de las consignas.

Medio siglo después de que los jóvenes franceses prohibieran prohibir, la herencia de 1968 sigue en disputa: hay quienes piensan que no cambió nada, otros creen que terminó con el autoritarismo y dio paso a las luchas culturales, y algunos dicen que le abrió las puertas a la era del consumo masivo. Opinan Michel Onfray y Luc Ferry.
 


Juan Rodríguez M. 

En 1968, Élisabeth Roudinesco tenía 24 años. El año anterior había llegado a París desde Argelia, a estudiar Letras en la Sorbona. Allí se encontró con una enseñanza "ridícula", estancada en el siglo XIX, sin lugar para autores como Roland Barthes, Michel Foucault, Jacques Lacan y Claude Lévi-Strauss: "El siglo XX no era parte del programa", recordó Roudinesco (París, 1944) en una entrevista con la revista francesa Socio, publicada en marzo.

En esa conversación, la hoy connotada psicoanalista e historiadora cuenta en qué estaba y qué significó para ella Mayo de 1968, la revuelta estudiantil que devino en una huelga general y que puso contra las cuerdas al gobierno del general Charles de Gaulle (1890-1970), héroe de la resistencia francesa contra el nazismo, y a la conservadora sociedad francesa: "Mayo del 68 fue, para mí, una revolución intelectual que trastornó la enseñanza universitaria, y yo me felicité", dijo Roudinesco, quien fue parte de la ocupación de la Sorbona.

Felicidad permanente

La revuelta estudiantil comenzó en la Universidad de París en Nanterre. Hasta abril de 1968 se desarrollaron allí protestas exigiendo, primero, reformas internas, pero luego cambios al sistema educativo y político. Las autoridades respondieron con la policía y juicios a los instigadores. Entre fines de abril y comienzos de mayo las manifestaciones recrudecieron en Nanterre, se trasladaron a la Sorbona y el Barrio Latino de París se llenó de barricadas. El 10 de mayo, en la noche, la policía reprimió a los manifestantes. En respuesta, se convocó una manifestación para el día 13 a la que acudieron más de un millón de personas en París, y luego una huelga general a la que se unieron 9 millones de trabajadores en toda Francia.

En los muros se leían consignas como: "Sean realistas: pidan lo imposible", "La anarquía es el orden", "Corre camarada. El viejo mundo está detrás de ti", "Somos marxistas tendencia Groucho", "Decreto el estado de felicidad permanente", "Prohibido prohibir. La libertad comienza por una prohibición", "Mis deseos son la realidad", "Lo sagrado: ahí está el enemigo", "Digo no a la revolución con corbata", "Abajo el realismo socialista. Viva el surrealismo", "La imaginación al poder". Aunque en el levantamiento participaban grupos trotskistas y maoístas, y hasta había consignas filocomunistas, hay consenso en describir al 68 francés como un movimiento libertario y antiautoritario. El sociólogo Alan Touraine (Hermanville-sur-Mer, 1925), por ejemplo, que era profesor en Nanterre y se unió a las barricadas en la Sorbona, ha descartado las comparaciones con la Primavera de Praga, el mismo año, donde hubo muertos y el protagonista era la política. No así en Francia: "La gran novedad fue la creación de la noción de juventud", ha dicho Touraine. "Es un movimiento postindustrial que habla un lenguaje marxista-industrial".

De Gaulle respondió a las protestas disolviendo el Parlamento, convocando a elecciones y llamando a los franceses a apoyarlo en su lucha "contra la amenaza del comunismo totalitario". No era esa la amenaza, pero su estrategia funcionó: concedió un aumento salarial y otras garantías a los trabajadores, con lo que aisló a los estudiantes, y finalmente, en junio, ganó las elecciones; entre otras razones, porque la juventud rebelde renegaba tanto del gaullismo como de la vieja izquierda. Sin embargo, un año después De Gaulle renunció, tras perder un referéndum. La derrota de los "sesentaiocheros" fue política, pero no cultural: los líderes que guiaron a Francia y Europa tras la Segunda Guerra Mundial salieron de escena, incluso a nivel intelectual, pues Jean Paul Sartre -adalid del universalismo comunista- fue cediendo su trono a Foucault, el filósofo de las luchas parciales. Pero además, en el mediano plazo, a pesar de algunas consignas anticapitalistas y críticas al consumo de los "sesentaiocheros", el 68 fue sucedido por la mundialización del liberalismo económico y la explosión del consumo, de la mano de gobernantes como Margaret Thatcher y Ronald Reagan, a los que podría agregarse el socialista francés François Mitterrand.

En cambio, al otro lado de la cortina de hierro, en agosto de 1968 la URSS puso fin a la Primavera de Praga a punta de tanques. Y el mismo mes, pero en Inglaterra, se lanzaron dos canciones que tal vez resumen lo que pasó o no ese año. Una es "Revolution", de los Beatles, la otra, "Street Fighting Man", de los Rolling Stones. En la primera, entre irónica y hippie, se oye: "Dices que quieres una revolución / Bueno, ya sabes / Todos queremos cambiar el mundo (...) Mejor libera tu mente". La de los Stones, publicada cuatro días después, resignada o tal vez realista, dice: "En todos lados escucho el sonido de pies marchando, golpeando (...) Pero qué puede hacer un chico pobre / Salvo cantar en una banda de rock and roll".

¿Qué fue Mayo de 1968?

El sociólogo y antropólogo Edgard Morin (París, 1921) ha dicho que fue más que una protesta, pero menos que una revolución. Con esa ambigüedad, no es extraño que aún se dispute sobre el significado de esta revolución sin muertos; por más que el icónico líder del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, publicara en 2008 un libro con el directo título: "Forget 68" ("Olvida el 68").

Gilles Lipoversky (París 1944), el filósofo de la posmodernidad consumista, ha dicho que fue "una revolución indiferente, pues los jóvenes querían cambiar todo, pero no cambiaron nada". También se ha hablado de "una ola de narcisismo revolucionario" versus el "momento de escepticismo posrevolucionario" que significó Praga, según se lee un artículo publicado en 2008 por el diario La Nación de Argentina. En cambio Bernard-Henri Lévy (Béni-Saf, Argelia, 1948) dice en la misma nota que Mayo del 68 "dio origen al antitotalitarismo actual". Y en enero de este año publicó una columna en la que habla de "barricadas mágicas" y de "¡aquellos días de locura completa en los que París recuperó una atmósfera de educación sentimental!".

En 2008, Touraine leía los hechos de 40 años antes así: "En Estados Unidos, en Francia y en muchos otros países, 1968 puso al orden del día los temas de las minorías sexuales, religiosas o étnicas, que hoy son fundamentales de la vida pública". Y ahora, a 50 años, en otra entrevista: "Mayo del 68 no fue un movimiento político; es uno de los movimientos culturales más importantes, aquellos que nos muestran que lo imaginario, el arte, las representaciones son tan importantes como los actos propiamente políticos". Medio siglo después, esa falta de política es todavía mayor, según Touraine: "La desindustrialización ha puesto en peligro la democracia en Estados Unidos e Inglaterra, y el Frente Nacional ha sido una gran amenaza en Francia. No hubo debate ni ideas en Francia. No hay política en ninguna parte, ni en España, ni en Italia, ni en Alemania, ni en América del Sur". "Es lo cultural, lo imaginario, lo que llena nuestra existencia".

Los cornudos

Al preguntarle al filósofo Luc Ferry (Colombes, 1951) qué fue 1968, coincide con Touraine en que no fue -"en lo absoluto"- una revolución política. Sí fue social: "El sistema parlamentario, el pluripartidismo y las elecciones libres todavía están ahí y el capitalismo es más arrogante que nunca", dice. "Detrás de los discursos revolucionarios, marxistas-leninistas o maoístas estaba emergiendo una sociedad híper liberal. He aquí la verdad de mayo de 1968 en todo el mundo: había que deconstruir los valores y autoridades tradicionales, licuarlos por así decirlo, para que pudiéramos entrar en la era del gran consumo de masas". "Los sesentaiocheros fueron los cornudos de la historia. Querían cambiar el mundo, crear una sociedad anticapitalista, sin clases, sin explotación ni alienación, y dieron a luz al mundo liberal en el cual viven como peces en el agua".

El filósofo Michel Onfray (Argentan, 1959), también apunta a la herencia híper liberal del 68. Aunque en un tono decadentista, y con una mirada propia de la filosofía de la historia, inserta los acontecimientos dentro del largo "colapso de la civilización judeocristiana". Es una "revolución metafísica", según él: "Esta revolución prepara el post-cristianismo y, desde la caída del Muro de Berlín, el advenimiento sin enemigos del capitalismo liberal. Basta con mirar la trayectoria de algunos sesentaiocheros, incluido Cohn-Bendit, para ver cómo se han convertido en los apóstoles de la Europa liberal fuerte con los débiles y débil con los fuertes".

Quizá la CIA estaría de acuerdo con Ferry y Onfray. En un informe elaborado en 1985 y desclasificado en 2011 -"La defección de los intelectuales de izquierda"-, la Agencia Central de Inteligencia estadounidense afirma que a partir de Mayo del 68 se produjo un giro en el campo intelectual francés: tras el predominio de la izquierda y el desprestigio del conservadurismo, debido a la Segunda Guerra Mundial, irrumpió una generación de intelectuales desencantados con el marxismo y críticos de la deriva totalitaria del comunismo. El informe cita a André Glucksmann (1937-2015) y al mencionado Bernard-Henry Lévy como ejemplos de los llamados nuevos filósofos: "Han compensado su prosa abstrusa convirtiéndose en personajes mediáticos que defienden sus opiniones en programas de radio y televisión", se lee.

De hecho, esos dos jóvenes que estuvieron tras las barricadas del 68 no solo devinieron liberales, sino que también en soporte intelectual del gobierno del derechista Nicolás Sarkozy, quien en 2007 ganó las elecciones presidenciales francesas prometiendo enterrar mayo del 68 y lo que, según él, era su legado: el individualismo y el relativismo moral. Y enarbolando un discurso a favor de la autoridad, de las jerarquías y de la moral (Glucksmann cuestionó esa crítica). Sin embargo: "Contrariamente a las apariencias, Sarkozy es un típico sesentaiochero", dice Luc Ferry. "Se ha casado tres veces y es un liberal en todas las áreas, inclusive en el plano personal". Onfray agrega: "Mostró todo el poder de lo que hizo posible mayo del 68: el fin de la amabilidad y la cortesía, de los buenos modales y del refinamiento francés a favor del descaro desarrapado, bien en el espíritu de Cohn-Bendit. Pero también: todo el poder del narcisismo, del egotismo, la exhibición del 'yo' todopoderoso, la desaparición del sentido de la Historia, y entonces el advenimiento del relativismo, la abolición de la república a favor de los comunitarismos reivindicativos que hacen felices a los mercados. Sarkozy prometió un remedio, solo que él era el envenenador en jefe".

No es que Onfray sea un reaccionario; al revés, es un hombre de izquierda decepcionado de la izquierda, desde Mitterrand en adelante. Es más, cree que el movimiento del 68 -que según él comenzó en Caen, Normandía, con los obreros, no en París- era necesario desde un punto de vista histórico. Pero lamenta que haya brillado "solo por su negatividad": "Destrucción de todas las formas de autoridad -del padre con sus hijos, del marido con su esposa, del patrón con sus obreros, del profesor con sus estudiantes, del líder con sus subordinados, del heterosexual sobre el homosexual, del hombre sobre la mujer, del viejo sobre el joven. Eso está muy bien. Pero esta negatividad no ha sido seguida por ninguna positividad. Nada fue construido a continuación. ¿Qué nuevo valor, inédito, ha dado a luz mayo de 1968? Ninguno. Mayo del 68 fue un movimiento nihilista sin una prolongación positiva. La ley del padre fue reemplazada por la ley de la selva".

¿Otra vez?

Ferry también aprueba los "efectos emancipatorios" del 68. Aunque no ve en ellos pura negatividad: "No soy, al contrario de la mayor parte de los antiguos admiradores del 68, un antimoderno. He defendido el matrimonio gay y siempre me regocija el progreso de la libertad. ¡Solo que es a los liberales a quienes debemos estos progresos, no a los maoístas ni a los trotskistas!", concluye.

El actual Presidente francés, Emmanuel Macron (Amiens, 1977), es parte de la generación heredera de Mayo de 1968. No solo eso: es el primer Mandatario galo nacido después de esa fecha. Llegó al poder con un discurso de reconciliación y por qué no superación del liberalismo y el socialismo, también ha hablado de terciar entre la monarquía y la república. Tal vez por eso se ha complicado con 1968: se informó que participaría de la conmemoración, reconociendo lo positivo y lo negativo, como le gusta a él. Pero finalmente se restará. En Francia dicen que teme que le explote su propio mayo debido a las reformas "modernizadoras" que impulsa, a las que se resisten los estudiantes y los sindicatos.

Quizás el joven Presidente tenga en mente lo que dijo Sartre sobre 1968: "Lo importante es que se haya producido cuando todo el mundo lo creía impensable y, si ocurrió una vez, puede volver a ocurrir". Aunque claro, el viejo filósofo también creía que la revolución era anticapitalista, y hasta llegó a decir, según un artículo del diario español El Mundo: "Del 68 solo quedaré yo".

Medio siglo después, sabemos quién sigue con nosotros.

"Detrás de los discursos marxistas-leninistas o maoístas estaba emergiendo una sociedad híper liberal", dice Ferry.

"Mayo del 68 fue un movimiento nihilista sin una prolongación positiva. La ley del padre fue reemplazada por la ley de la selva", cree Onfray.