Entrevista | En tiempos de antipolítica:
¿De qué hablamos cuando hablamos de fascismo y populismo?

Son insultos políticos que se dicen de Hitler y Perón, Chávez y Trump. Pero también conceptos con una historia que los vincula y distingue, como se ve en "Del fascismo al populismo en la historia", del argentino Federico Finchelstein.  

Juan Rodríguez M. 

El fascismo terminó con Benito Mussolini fusilado el 28 de abril de 1945, y colgado y vejado en Milán al día siguiente. Y con Adolf Hitler suicidándose el 30 de abril, en Berlín. En América Latina, líderes como el argentino Juan Domingo Perón, el venezolano Rómulo Betancourt y el brasileño Getulio Vargas -con orígenes dictatoriales e incluso fascistas, en el caso del primero- tomaron nota de aquel fracaso y llegaron al poder sin romper con la democracia. Se instalaba una nueva alternativa política: el populismo.

"El fascismo y el populismo son dos capítulos distintos de la misma historia, y esa historia es la de la antiilustración, del antiliberalismo, del rechazo a los legados de las revoluciones americana, francesa e incluso las nuestras, en América Latina". Quien habla, al teléfono desde Nueva York, es el historiador argentino Federico Finchelstein (Buenos Aires, 1975), profesor en The New School for Social Research y Eugene Lang College, y autor del libro "Del fascismo al populismo en la historia" (Taurus), que acaba de llegar a librerías chilenas.

No confundir

"La idea sería, a un nivel global, que se piense en la historia de América Latina para entender qué es lo que está pasando actualmente en el mundo. En la Casa Blanca, el líder del país más poderoso del planeta es un populista casi diría que arquetípico. Para entender a Trump tenemos que entender a los primeros populismos en el poder. Y estos se dan en América Latina", dice Finchelstein.

Así como alguna izquierda se apura en llamar "fascista" a sus adversarios, hay quienes tachan como populismo desde la Cuba castrista al segundo mandato de Michelle Bachelet, pasando por Hugo Chávez, Evo Morales, el kirchnerismo, Rafael Correa e incluso Podemos en España. También están los casos de Donald Trump, Marine Le Pen y otros en los que se fusionan los adjetivos. Los "expertos suelen confundir democracia social, política progresista y populismo", se lee en el libro. "Fusionar fascismo y populismo suele llevar a proponer que el statu quo es la única alternativa a las opciones populistas".

Al preguntarle sobre ese uso tan libre de ambos conceptos, Finchelstein responde: "Todas esas denominaciones son históricamente incorrectas". Y agrega: "En el libro hablo de usos y abusos del populismo. El concepto lo planteo en términos de una historia, pero suele utilizárselo como adjetivo, como insulto político. Y en general desde sectores que entienden como populismo cualquier tipo de política que no los representa a ellos o al statu quo . Desde Tony Blair hasta el Presidente mexicano Peña Nieto, se utiliza el populismo para definir aquello que se opone a la supuesta normalidad política que ellos representan, y que es esa política de las élites políticas. Ser de izquierda o ser de derecha y ser populista son cosas muy distintas. El populismo es una forma autoritaria de entender la política, que adopta versiones de izquierda o de derecha, pero en contextos muy particulares. Toda propuesta que se denomina popular no puede ser identificada como populismo".

Un problema real, una respuesta incorrecta

Es más, hay un vínculo entre populismo y crisis de representatividad. "El populismo presenta la idea de una democracia recortada por el gobierno de las élites, lo que muchas veces es una percepción correcta", dice Finchelstein. "Pero a su vez, lo que muchas veces es incorrecto es la respuesta que da el populismo, pues en contra de lo que es una percepción generalizada de falta de representación política propone la idea de un líder que sabe mejor que todos nosotros lo que queremos. Ese líder está completamente identificado con el pueblo, al punto de que lo personifica, lo representa en su propio cuerpo. El líder termina reemplazando la falta de representación con una falta de representación aún mayor, porque de repente todos pasamos a ser representados por él. No hay diferencia entre el líder y el pueblo. Y esto lo vemos desde Perón a Trump, pasando también por Cristina Kirchner en Argentina o Hugo Chávez. Chávez, por ejemplo, dice 'yo ya no soy Chávez, Chávez se hizo pueblo, aquel que está en contra de Chávez está en contra de todo el pueblo venezolano'. ¿Y cómo puede ser esto? Ayer (martes) Trump mismo dijo 'este ataque es un ataque contra la nación', y se estaba refiriendo a una investigación sobre los supuestos crímenes de sus abogados o incluso de él mismo. Eso a lo sumo será un ataque, si es que es un ataque, contra Trump, no contra el pueblo norteamericano o la nación".

Ya se dijo, fascismo y populismo están conectados históricamente, pero no son lo mismo: "Son bastante diversos y pertenecen a épocas distintas, a pesar de que luego se continúan", explica Finchelstein. "El populismo surge antes que el fascismo, prácticamente a nivel global, a finales del siglo XIX, en países como Rusia, Estados Unidos y Francia; también en nuestros países, con las ligas patrióticas". Finchelstein los llama "prepopulismos" y los considera menos importantes, pues "el populismo, al igual que el fascismo, adquiere una relevancia central en la política una vez que se constituye en gobierno. Eso pasa primero con el fascismo, y a diferencia del populismo, que incluso en sus primeros momentos intenta jugar el juego de la democracia, el fascismo la destruye desde adentro".

Aunque el populismo -una suerte de "bastardo" del fascismo- conlleva un bagaje autoritario. De ahí que Finchelstein lo describa como "democracia autoritaria", es decir, "el populismo está entre la dictadura y la democracia". "Eso es una diferencia sustancial con el fascismo, que se constituye en el ámbito de la dictadura".

-En el libro dice que la violencia es lo que distingue al fascismo del populismo.

"Gente como Perón se dan cuenta, luego de la derrota mundial de los fascismos, que estos no pueden ser una forma legítima de gobernar. Y ellos, sobre todo, son políticos, quieren gobernar, y entienden que la forma de ser elegidos es rechazar ese legado fascista. Lo hacen de manera explícita, Perón dice 'no soy fascista', y de forma práctica renuncia a esas características tan centrales del fascismo, que son la dictadura y la violencia, además del racismo y el antisemitismo".

-¿Qué diferencias hay entre los populismos de derecha y de izquierda?

"Hay unas diferencias importantes, al punto de que diría que son casi sustanciales. Pensemos en la polarización extrema que propone el populismo y en su idea de enemigo. En los populismos de izquierda el enemigo está basado en la idea de demos (pueblo). ¿Y quién es el pueblo?, son aquellos que aceptan el liderazgo mesiánico y apocalíptico del líder. Es decir, si uno está de acuerdo está bien, y si uno estaba en desacuerdo pero pasa a estar de acuerdo es aceptado en el conjunto, por ejemplo, del pueblo peronista. Ahora, en los populismos de derecha el pueblo no solo es definido como demos , sino que como ethnos , es decir, a partir de características étnicas, el color de la piel o la religión. Si en los populismos de izquierda el enemigo es aquel que opina distinto, y prontamente se puede convertir en amigo si cambia de opinión, la situación es diferente para los populismos de derecha, pues si uno no pertenece, en el caso de Trump por ejemplo, a ese pueblo americano autodefinido como blanco y cristiano, es difícil ser parte de él: por más que uno esté de acuerdo no puede ser aceptado como un miembro del pueblo, o no con la misma legitimidad. Para decirlo en términos más directos, el populismo de derecha eventualmente tiende hacia posturas xenófobas y racistas. Y es una gran diferencia con el populismo de izquierda y también con los populismos clásicos".

Un giro copernicano

De ahí la paradoja que significan los nuevos populismos de extrema derecha: si desde Perón, Betancourt y Vargas el populismo se definió en contraste con el fascismo, lejos de la xenofobia y el racismo, con Trump en Estados Unidos, Orbán en Hungría, Le Pen en Francia o la Liga Norte en Italia hay "una vuelta a aquellos aspectos del fascismo que habían sido rechazados por los primeros populismos históricos", explica Finchelstein, "es un giro cuasi copernicano en la historia del populismo". Porque si luego de 1945 muchas veces el fascismo pasó a ser populismo, nunca ocurrió al revés, ¿hasta ahora?

 


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Hitler aclamado en Múnich, Alemania, el 9 de noviembre de 1933.
Hitler aclamado en Múnich, Alemania, el 9 de noviembre de 1933.
Foto:AP

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