La fe y la Iglesia en crisis

Carlos Peña 

Por estos días, la Iglesia tiene la más difícil de las tareas terrenales: lograr que a pesar de los abusos de Karadima, de los Maristas, de Duarte, y de tantos otros que por espacio es mejor no enumerar para no agobiar la página, y de la lenidad de Errázuriz, de Goic, de Ezzati y, en su momento, del propio Francisco, la gente vuelva a confiar.

¿Lo logrará?

Sería absurdo, desde luego, pensar que en todo este asunto es la fe de la gente la que está en peligro. La fe, como se sabe, es ciega y nadie la tiene como resultado de la evidencia. Así lo enseñan por lo demás las escrituras (Juan 20: 24-29). Tomás el apóstol había dicho que si no veía en sus manos la herida de los clavos y no metía su mano en el costado de la herida, no creería que Jesús había resucitado. Pero, le dijo Jesús redivivo, bienaventurados son los que no vieron y creyeron.

No cabe duda, la fe no proviene de lo que la gente ha visto y oído. Si hubieran visto u oído, ¿qué valor tendría que creyeran?

La fe es una actitud arriesgada frente al misterio de la vida, frente a los límites últimos de la realidad. Es el esfuerzo paradójico, y difícil de entender, de comprender la finitud de la vida, el estrecho tramo entre el nacimiento y la muerte, desde un acontecimiento (para los católicos la muerte en la cruz) que lo trasciende y le insufla sentido.

Y nada de eso, desde luego, está amenazado por la lenidad de Ezzati o Errázuriz o el apetito sexual de Karadima o los abusos que se imputan a Duarte.

¿Por qué entonces es importante lo que ocurra en estos días en la Iglesia?

Lo que ocurra a la Iglesia -el descabezamiento que, con toda probabilidad, se producirá- es importante no para el vigor de la fe, sino para el papel que la Iglesia se ha autoasignado de ser ella maestra de vida y de moral. En otras palabras, es el papel, por decirlo así, sociopolítico o cultural que la Iglesia desempeña el que por estos días está braceando en el mar de la opinión pública tratando, en medio de los estropicios, de respirar y de mantenerse a flote.

Ese papel -para reducir el análisis hasta donde alcanza la memoria de una vida- fue el de apoyar las grandes reformas sociales en los sesenta; la de promover los derechos humanos en dictadura; y....la de ocuparse de la moral sexual en las dos últimas décadas. Confiada en el crédito moral que con su papel en la dictadura se había ganado, los conservadores de la Iglesia, desde Juan Pablo II en adelante, creyeron que era hora de pasar la cuenta y girar contra la confianza que se había ganado, solo que esta vez disciplinando las costumbres, especialmente sexuales, que la modernización y el bienestar desataron.

Pero ocurrió que quienes querían gobernar el deseo de los demás, no eran capaces de gobernar el propio.

Desgraciadamente -no se requiere haber leído a Bataille para darse cuenta-, la represión sexual que la Iglesia Católica practica sobre sus miembros, en vez de apagar el deseo lo enciende. No es solo que la Iglesia posee lo que podría llamarse un sesgo de selección (atrayendo a algunos de quienes anhelan reprimir una sexualidad que sienten ilegítima, pero que igual pugna por salir); no es solo que a ella ingresen quienes reprimidos o excluidos por la sociedad encuentran en esa institución total una forma de existencia (que no se opone desde luego a la fe), sino que se trata, y esto es lo que valdría la pena subrayar, que la Iglesia con sus rutinas de secretismo, confesión y prohibición, atiza el deseo, lo envuelve en una nube de prohibiciones que en vez de excluirlo le echa aire y lo mantiene encendido.

Es muy difícil que la Iglesia Católica logre recuperar la confianza que ha perdido y que hace que incluso sus mejores hombres hoy se inhiban de enseñar, temerosos como están de que cualquier cercanía honesta o intelectual pueda llevar a confundirlos con Karadima o a imputarles las conductas que hoy se imputan a Duarte.

La fe, claro, se mantendrá incólume, porque nadie cree, como Tomás, porque haya visto y oído. Pero la confianza en la Iglesia sí que se habrá deteriorado casi para siempre, porque en este caso no vale lo que relata Juan: la confianza, o su deterioro -al contrario de la fe-, son el resultado de lo que se ha visto y oído.

Y la feligresía, esa que asiste confiada a la transubstanciación viendo en ella la realización del misterio que anima sus vidas, ha visto y oído ya demasiado.

Es muy difícil que la Iglesia Católica logre recuperar la confianza que ha perdido y que hace que incluso sus mejores hombres hoy se inhiban de enseñar, temerosos como están de que cualquier cercanía honesta o intelectual pueda llevar a confundirlos con Karadima o a imputarles las conductas que hoy se imputan a Duarte.

 


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