Política y corbata

Carlos Peña 

El incidente de un profesor que fue reprendido en la Cámara de Diputados por presentarse en camisa y sin corbata constituye, a pesar de su apariencia banal y algo estúpida, un incidente de interés público.

¿Cómo se le ocurre asistir así a una sesión? ¿Acaso las formas no importan?, preguntaron algunos diputados mientras miraban sorprendidos al profesor enfundado en una simple camisa.

Desde luego, no cabe duda de esto, las formas importan.

El traje, observó Condorcet, distingue al hombre del animal. Ninguna interacción humana es inmune a las formas de que se reviste. Por eso existen la moda, los modales y los ritos de encuentro. Y es que las relaciones entre las personas son predominantemente simbólicas, un lenguaje mudo hecho de gestos, signos y vestimenta al compás del cual se va construyendo la relación de que se trate. La forma de interacción humana aparentemente más cercana a la naturaleza -la sexualidad- se reviste de un cortejo que la transforma de simple acontecimiento biológico en sofisticado erotismo. Y el hecho de alimentarse se sofistica en las formas de la cocina y la gastronomía. Incluso la guerra supone uniformes, gestos y símbolos que la distinguen de la simple reyerta. El ser humano inventa formas y modales para alejarse de la animalidad que habita en él. Y si las formas importan en la cocina, el sexo y la guerra, ¿por qué no podrían importar en la política?

Sí, no cabe duda.

Las formas importan. Para decirlo más técnicamente, las relaciones sociales y políticas no poseen un significado (un contenido) que sea inmune al significante (a la forma de la expresión). La comunicación es la suma de significado y significante. Lo que usted dice depende de cómo lo dice. La posición que usted posee en la sociedad depende, entre otras cosas, de cómo se presente visualmente ante los demás. Nada humano es independiente del significante que lo porta.

¿Significa eso que los diputados -cuya elocuencia estaba por debajo de sus vistosas corbatas- tenían razón al reprender al profesor que se dirigía a ellos en mangas de camisa?

No. Por el contrario.

El desorden en las formas del vestir que se insinuó en ese caso (pero que es más elocuente en otros, como las de Florcita Motuda o el diputado Boric) es también un significante que tiene significado: el de rebelarse ante la base del estatus. Cuando los signos externos se modifican, como ocurrió en este caso, no es que el estatus no se respete, es que se pretende que la fuente de estatus y el signo externo que lo certifica cambien, sea otro que el que hasta ahora se acostumbraba. Allí donde el signo de estatus pretendido por los diputados sensibles es la corbata; el profesor en mangas de camisa pretende sean los estudios, el desempeño. Allí donde los diputados enarbolaban su corbata (que estaba por encima de su elocuencia), el profesor en mangas de camisa exhibía sus certificados.

Como se ve, todo un afortunado signo de los tiempos.

Un signo que pone en escena la movilidad de la sociedad y de la política.

Para comprenderlo es útil recordar que casi hasta entrado el siglo XVIII, la forma de vestir estaba reglada escrupulosamente dependiendo del lugar que se poseía en la estructura social. Y ello porque hasta entonces cada posición no dependía ni de la voluntad ni del desempeño, sino que era adscrita. Es la sociedad moderna la que transforma la indumentaria en moda, entregándola a la libre elección y a la posesión de dinero.

Por eso, si es correcto imponer uniforme en la escuela pública (para borrar el signo externo del origen socioeconómico), no es en modo alguno correcto imponerlo en el Congreso, donde el punto de vista, expresado en la forma de vestir, debe ser lo más plural posible.

Porque si es verdad que el significado depende también del significante, entonces el desorden del vestir podrá ser indicativo de una apertura a mayor heterogeneidad de ideas, opiniones, trayectorias vitales y comportamientos que el que hasta ahora es posible observar. Justo al revés de esos diputados abundantes en corbatas, pero escasos de palabras, que parecen creer que ser diputado es una especie de dignidad, como ser obispo o cardenal, solo que en este caso el uniforme, en vez de ser solideo y sotana, estaría compuesto de chaqueta y de corbata.

Romper las formas admitidas de vestir en el Congreso es una manera de poner en escena los saludables cambios de la sociedad chilena: el principal de los cuales es que comienza a importar más el desempeño que el atuendo.

 


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