Agarra Aguirre

Joaquín García- Huidobro 

Deberíamos estar agradecidos con Jaime de Aguirre y su contrato con cláusulas ocultas al mejor estilo Sampaoli. Más allá de la anécdota -una anécdota bastante grotesca-, este episodio nos permite detenernos a reflexionar sobre cierta cuestión importante para nuestra democracia: ¿Tiene sentido que exista una televisión estatal?

Esta pregunta no puede ser respondida con un "sí" o un "no" si antes no nos preguntamos por la finalidad de este tipo de televisión. Su existencia tiene que ver con el famoso y mal entendido principio de subsidiariedad, que no consiste en la simple abstención estatal, sino que exige la acción decidida de los poderes públicos para conseguir una serie de bienes que los privados (es decir, el simple juego del mercado) no pueden proporcionar. ¿Cuáles son esos bienes?

De manera bastante ingenua, la Ley Hamilton (1970) señalaba que la tarea de la televisión era "afirmar los valores nacionales, los valores culturales y morales, la dignidad y el respeto a los derechos de la persona y de la familia; fomentar la educación y el desarrollo de la cultura en todas sus formas (...), y entretener sanamente, velando por la formación espiritual e intelectual de la niñez y la juventud". Son palabras conmovedoras, aunque obviamente ese artículo está derogado. Con razón, porque, en términos generales, la televisión chilena abierta no hace nada de eso.

Si alguna tarea pudiera tener una emisora estatal de televisión, ella sería conseguir al menos alguno de esos objetivos. Pero nuestro canal nacional de televisión solo se diferencia del resto de las emisoras en el tamaño de sus pérdidas. Si la lógica que domina a TVN es simplemente la del mercado, entonces lo que tenemos que hacer es aplicarle los criterios del mercado, que podrá ser cruel, pero no tonto. Si una empresa produce pérdidas sistemáticas, esa empresa debe morir.

Pero he aquí que nuestra TVN no ha muerto. Esa emisora sobrevive una y otra vez a sus crisis económicas. ¿Cómo lo consigue? Con aportes estatales, o sea, con la plata de todos los chilenos. El mérito de los ejecutivos de la televisión estatal es enorme, porque son capaces de convencer a los parlamentarios de que la existencia misma de la cultura, del pluralismo político y de la vida democrática dependen de esos aportes. Sin embargo, me parece que la verdad va por otro lado. Desde hace muchos años, nuestra televisión pública es un gran "Agarra Aguirre", donde lo que se discute no es cómo tener una televisión de calidad, sino quién se queda con qué tajada.

Por otra parte, seguimos hablando de la televisión pública como si estuviésemos en 1990, sin hacernos cargo de que el mundo de las comunicaciones ha cambiado por completo. Tener hoy una empresa lenta, torpe, ineficiente y muchas veces vulgar, con gigantescos edificios y altos sueldos, para competir con los canales privados por una audiencia que es y será cada vez más pequeña, no parece una buena idea: es como si una empresa de telecomunicaciones pretendiera especializarse hoy en el negocio del fax. Y después se sorprenden de que produzca pérdidas.

Si la razón para contar con una televisión estatal es mejorar la calidad de nuestra discusión pública con espacios realmente pluralistas, o producir programas que puedan ser interesantes desde un punto de vista cultural, eso no requiere ni grandes edificios ni enormes presupuestos. Una televisión así deberá, en principio, renunciar a las grandes audiencias, al menos a esas audiencias que se consiguen invirtiendo gigantescas sumas de dinero.

En estos días estamos presenciando un debate que está mal situado, porque este no es un problema de izquierda o derecha. Jaime de Aguirre debe irse de TVN, no porque haya suscrito contratos poco transparentes, no porque entregue pocas garantías de pluralismo o sea ingrato al Gobierno. Él debe irse porque su modo de entender la televisión lo lleva a pensar que ella es simplemente un producto que está allí para satisfacer "lo que quiere la gente". Y ese no es un motivo suficiente como para que un país como el nuestro, con grandes necesidades en educación, con campamentos que no terminan nunca de ser erradicados, con enormes zonas de sus ciudades que carecen de parques y lugares de esparcimiento, destine 47 millones de dólares a financiar "Wena Profe" o "Soy tu dueña".

El mérito de los ejecutivos de la televisión estatal es enorme, porque son capaces de convencer a los parlamentarios de que la existencia misma de la cultura, del pluralismo político y de la vida democrática dependen de esos aportes. Sin embargo, me parece que la verdad va por otro lado. Desde hace muchos años, nuestra televisión pública es un gran "Agarra Aguirre", donde lo que se discute no es cómo tener una televisión de calidad, sino quién se queda con qué tajada.

 


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