Nueva conmemoración Críticos discuten
Memoria e historia: los ecos del 73 en la narrativa chilena

A 45 años del golpe de Estado, nuestros escritores continúan haciendo referencias en sus novelas a la dictadura, pero ya sin épica, sino desde la intimidad. Y en un paisaje de múltiples voces y variados temas, comienza a surgir una narrativa sobre el Chile tras el plebiscito de 1988.  

Roberto Careaga C. 

"¿Hasta cuándo siguen con el golpe?", recuerda haber escuchado una y mil veces el escritor Luis López-Aliaga a mediados de los 90, cuando él empezaba como escritor. Tenía 27 años, un volumen de cuentos muy bien criticado, "Cuestión de astronomía", y era parte de un grupo de narradores que habían salido del taller de Antonio Skármeta. En esos días de esplendor de la transición a la democracia, cuenta Aliaga, se oía un mandato: "Me acuerdo perfectamente de un estado anímico que era casi una exigencia ambiental: no quedarse pegado con Pinochet", dice. El tiempo, sin embargo, pasó: al finalizar la primera década de los 2000, Aliaga, todos sus compañeros de generación y también autores más jóvenes estaban escribiendo precisamente de su experiencia en la dictadura.

Algunos creen que influyó la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, pues en torno al 2013 -antes, durante y después- aparecieron libros de Nona Fernández, Alejandro Zambra, Álvaro Bisama, Marcelo Leonart, Leonardo Sanhueza, Roberto Brodsky, Arturo Fontaine, Alia Trabucco y del propio Aliaga, entre muchos otros, explorando desde múltiples ópticas los años de la dictadura. El mandato de los 90 había sido levantado. Pero, a decir verdad, nunca fue una orden tan estricta: durante la transición, novela tras novela, se hundieron en el tema, a veces de formas tan oblicuas como lo hiciera Alberto Fuguet en "Mala onda" (1991), y otras sin titubeos, como lo hizo Germán Marín en "El palacio de la risa" (1995). Y aún el torrente no ha cesado. O quizás están ensayando nuevas formas de narrar los hechos.

Ecos de la memoria

Cuando este martes se cumplan 45 años del golpe, los ecos del bombardeo seguirán oyéndose en la sociedad chilena, ya sea como el impacto que generaron críticas al Museo de la Memoria o en la nueva visibilidad del posible asesinato del Presidente Eduardo Frei Montalva a manos de agentes represores. Y por cierto, los ecos también están en nuestra narrativa. "Como es patente, el golpe del 73 marcó la cultura chilena, de modo tan poderoso que sus huellas permanecen vigentes no solo en el ámbito de la literatura. Las generaciones que copan el campo literario todavía, de modo predominante, se mantienen bajo la irradiación de esa magna explosión de dolor y frustración", dice el crítico literario de Revista de Libros, Pedro Gandolfo. Mientras que el profesor de Literatura de la Universidad Católica Rodrigo Cánovas, añade: "Hay dictadura para rato. Pero la literatura no es ahora una épica de la derrota o un proyecto nacional, sino un relato de familia y una construcción de una ética personal".

Como dice Cánovas, muchas veces se trata de un relato íntimo. Y de autores de muy diversas generaciones. El año pasado Cynthia Rimsky (1962) recibió los premios del Consejo del Libro y de la Municipalidad de la Santiago por su novela "El futuro es un lugar extraño", la historia de una mujer que en la actualidad intenta recordar cómo fueron sus años 80, cuando participó en la lucha contra el gobierno militar en protestas y en agrupaciones universitarias. Pero su memoria está sumida en una niebla: no puede recordar. Quienes sí recuerdan lo que pasó en los años del régimen de Pinochet son los personajes de "Años de fascinación", la primera novela de Pascual Brodsky (1989): el telón de fondo de la trama es la historia real de la familia del autor, nieto de Carmelo Soria, diplomático español asesinado por agentes de la DINA, en 1976.

El paisaje gris de los 80, dominado por la textura de la dictadura, es también el de la novela "Allegados" (2018), de Ernesto Garrat (1972), quien sigue la vida de un escolar que junto a su mamá va de casa en casa como allegado. En el otro extremo social, pero en los mismos años, está ambientada "Desastres naturales" (2017), de Pablo Simonetti (1961), una novela sobre el descubrimiento de la identidad sexual en un país y una clase marcados por la represión. Pero esa época puede tomar también otro cariz, y en manos de Alberto Fuguet (1964) se vuelve una explosión de nostalgia casi festiva: su último libro, las memorias cinéfilas "VHS" (2017), es un retrato del extinto circuito de las salas de cine de Santiago, un recorrido de las películas que lo deslumbraron y la tensa descripción de su despertar sexual. De Pinochet, ni la sombra. Pasa algo similar en "Jeidi", de Isabel Bustos, una de las novelas más comentadas del año pasado: es la historia de una niña de una zona rural, en el Maule, que a los 11 años queda embarazada aparentemente por gracia del Señor. Está plagada de humor y rareza, y aunque está ambienta en los 80, no hay ecos políticos.

Según el crítico Grínor Rojo, "absolutamente toda" la literatura publicada en Chile después del golpe del 73 está "signada a fuego" por el hecho. Pero tiene detractores. "Yo no pienso que los autores chilenos hagan muchas referencias a la dictadura en sus obras, todo lo contrario, parecería que, a juzgar por la narrativa de las pasadas décadas, el régimen autocrático nunca hubiese existido", sostiene el crítico y escritor Camilo Marks, retrucando la idea general. Él ve "poquísimas" obras de valor que hayan abordado el tema: "Oír su voz", de Arturo Fontaine, "Morir en Berlín", de Carlos Cerda, y "Cobro revertido", de José Leandro Urbina. Y va más allá: a su juicio, en la llamada "literatura de los hijos", en donde es la mirada infantil el punto de vista para retratar la época, Marks no ve ningún interés en el período. Ni Patricio Jara, Alejandro Zambra, Andrea Jeftanovic, Alejandra Costamagna, Lina Meruane o María José Viera-Gallo, dice, "muestran siquiera un remoto interés en el gobierno militar".

La democracia

"El tema es recurrente, pero no dominante", dice Vicente Undurraga, editor en Penguin Random House Mondadori, quien cuenta que ya no se trata de novelas de denuncia ni de grandes relatos sobre los años militares, sino de temas precisos. "El tema lo veo en la literatura chilena siempre presente y creo que va a estar cada vez más presente, y no porque los autores estén pegados, sino porque así es el tiempo de la literatura. La dictadura va a estar volviendo de maneras cada vez más impensadas. Además, como han pasado 30 años desde que regresó la democracia eso también entra en el relato", sostiene Undurraga.

El editor menciona un ejemplo: en "La dimensión desconocida" (2016), Nona Fernández (1971) explora la historia real de Andrés Valenzuela, alias El Papudo, un torturador que en 1985 decidió confesar sus hechos a la Vicaría de la Solidaridad y a la prensa. Fernández reconstruye esos hechos, problematizando la memoria, la culpa, la justicia y el perdón. Y lo hace todo desde un explícito presente, aludiendo a cómo Chile ha lidiado con el duelo en las últimas décadas. Es un viaje al pasado, algo inevitable según Rodrigo Cánovas: "Pienso que la dictadura estará volviendo en la narrativa chilena del siglo XXI, una y otra vez, como regresa lo reprimido. Cada generación y cada hecho histórico la van a reactivar a través de situaciones inéditas, nunca antes contadas o vividas", dice el crítico.

Nunca antes la generación de Iquela había tenido voz. Ella es la protagonista de "La resta" (2015), de Alia Trabucco (1983), una joven casi en los 30 años que en nuestros días carga con fantasmas heredados de su madre, una militante combativa contra la dictadura. Mientras viaja en auto a Argentina a buscar el cuerpo de la madre de una amiga, Paloma -que se fue al exilio siendo una niña-, los ecos de esas luchas políticas que no fueron la suya la interrogan. O bien, hasta ahora no existía una novela como "La expropiación" (2016), de Rodrigo Miranda (1974), que además de narrar la construcción del edificio de la Unctad III, durante la UP, cuenta el fracaso que tuvo la idea del hombre nuevo del socialismo chileno tras el gobierno militar.

Para la crítica de Revista Santiago y académica de la UC, Lorena Amaro, aún no se ha cerrado "la herida de la dictadura" y por esa experiencia transitan autores como Diamela Eltit, Alejandro Zambra o Fernández, pero también está la ruta que, como dice Vicente Undurraga, se articula posplebiscito de 1988: "Se observa la aparición de una nueva generación de escritoras y escritores, nacidos después de 1990, a la que podríamos llamar 'de los nietos', y pienso que ellos seguirán escribiendo sobre las circunstancias que Chile vivió y sus consecuencias", dice. "Seguramente experimentaron situaciones propias de la llamada 'transición', como la irremontable instalación de una economía propiciada por la dictadura y que se instala bajo los gobiernos posteriores, o el desmantelamiento de la educación pública, un proceso que hoy nos estalla a todos en la cara", añade.

En ese camino, ya claramente menos marcado por el golpe del 73, aparece una narradora como Paulina Flores, que organiza su libro de cuentos "Qué vergüenza" en torno a otro hito: la crisis asiática de 1997. Lo que leemos es la precariedad de una clase media, retrato que aparece también en Diego Zúñiga, Constanza Gutiérrez o Romina Reyes. Y desde ahí los caminos se bifurcan y se alejan de la evidente cita a la dictadura. "Es una escritura que, consciente del pasado, se inserta de lleno en nuestra actualidad, preocupada de las formas de habitar las ciudades y, en general, de los quiebres con un territorio degradado, de la incomunicación familiar y social, de la violencia urbana, de las carencias educacionales y culturales, de las nuevas maneras de abordar la sexualidad y el erotismo", dice Pedro Gandolfo.

Para José Promis, crítico de Revista de Libros, el tema puede que sea un insalvable en el repertorio de nuestros escritores. Pero también incluye riesgos: "Aunque el interés de los nuevos narradores, hombres o mujeres, ha regresado hacia sí mismos -sostiene Promis-, la dictadura y la tortura deben ser mencionadas porque de no hacerlo no se sería escritor chileno o chilena. Es decir, se ha convertido en un referente indispensable, pero despojado de la fuerza trágica que tuvo el acontecimiento histórico. Es un simulacro, para decirlo en términos de Baudrillard: una imagen que vale por sí misma porque ha perdido relación con la realidad. En otras palabras, es un objeto artístico".

Lo que viene

Por cierto, los años de Pinochet para muchos autores parece superado. Hay jóvenes que prefieren volver al pasado, como lo hace Simón Soto (1981) en "Matadero Franklin" (2018), mientras que los mayores tienen otros caminos: después de novelas sobre la dictadura, como "El desierto" (2005), el último libro de Carlos Franz, "Si te vieras con mis ojos" (2015), está ambientada en siglo XIX y liga los destinos de Charles Darwin con Rugendas. Mientras que Gonzalo Contreras, que en "La ciudad anterior" (1991) se hizo cargo del tema, hoy está hablando del Chile actual ("Mecánica celeste") o viajando al pasado, como en "Mañana", ambientada en 1963. En el caso de Marín, quedan rémoras: uno de los protagonistas de su último libro, "Póstumo y Sospecha" (2018), alguna vez trabajó en el centro de detención de Villa Grimaldi. Gumucio, en tanto, optó por los 90: en "La edad media" (2017) retrata los años de la transición y la Concertación.

Antes de ellos, otros también dejaron el tema. Si Jorge Edwards fue pionero en tratar el golpe del 73 en "Los convidados de piedra" (1978), luego dedicó sus novelas a personajes históricos o familiares, como el arquitecto Joaquín Toesca, su tío Joaquín Edwards Bello o a María Edwards MacClure, joven chilena que colaboró con la Resistencia en el París tomado por las nazis. El caso de Isabel Allende es paradojal: lanzada a la fama internacional con un libro sobre la dictadura como "La casa de los espíritus" (1982), insistió en el tema en "De amor y de sombra" (1984), pero luego ha escrito novelas históricas, juveniles, policiales, románticas, dejando la realidad chilena solo para sus libros autobiográficos, sin perder por ello lectoría en nuestro medio.

El tema va y vuelve. En su último taller literario, Luis López-Aliaga cuenta que no hubo entre sus alumnos referencias al golpe. Eran jóvenes menores de 30 años. Pero, dice Amaro, los 17 años de dictadura seguirán rondando por "50 años más" nuestra narrativa. Y Rodrigo Cánovas recuerda el impacto del Holocausto o la Guerra Civil Española, y señala que "los traumas tienden a mantenerse en el tiempo, y la literatura es el espacio donde se los trabaja y transforma".

"Se observa la aparición de una nueva generación de escritoras y escritores, nacidos después de 1990, y pienso que ellos seguirán escribiendo sobre las circunstancias que Chile vivió y sus consecuencias".
LORENA AMARO,
CRÍTICA LITERARIA

"Las generaciones que copan el campo literario todavía, de modo predominante, se mantienen bajo la irradiación de esa magna explosión de dolor y frustración (del golpe del 73)".
PEDRO GANDOLFO,
CRÍTICO LITERARIO.

"Hay dictadura para rato. Pero la literatura no es ahora una épica de la derrota o un proyecto nacional, sino un relato de familia y una construcción de una ética personal".
RODRIGO CÁNOVAS,
PROFESOR UC

"No pienso que los autores chilenos hagan muchas referencias a la dictadura en sus obras, todo lo contrario, parecería que el régimen autocrático nunca hubiese existido".
CAMILO MARKS,
CRÍTICO LITERARIO.

 


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Foto:FABIÁN RIVAS

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