Los lugares de encuentro de mapuches en Santiago

Según el Censo 2017, más de un millón 700 mil personas se declararon mapuches y, de ellas, 614 mil viven en la Región Metropolitana. Sus instancias de reunión son múltiples e incluyen vibrantes campeonatos de palín, ceremonias ancestrales en rukas y convocatorias de poetas en peñas. Aquí, el detalle de algunas de ellas.  

Guillermo Tupper 


 La historia secreta mapuche

En su reciente libro "Fütra Waria o Capital del Reyno. Imágenes, escrituras e historias mapuche en la gran ciudad 1927-1992", los autores Enrique Antileo y Claudio Alvarado Lincopi establecen la génesis del movimiento mapuche en Santiago en la década del 30. Este último tuvo al Parque Quinta Normal como el principal centro de reunión que vio nacer a sus primeras organizaciones. "A lo mejor esto no se conocía porque son historias subalternas que siempre han estado ahí, pero nadie las veía", sostiene el historiador Fernando Pairican Padilla. "El Parque Quinta Normal es simbólico y político porque siempre ha sido un lugar de migración: hoy es el lugar de excelencia de la migración peruana y haitiana, pero antes fue mapuche".

Al igual que Antileo y Alvarado, Pairican es miembro de la Comunidad de Historia Mapuche (CHM), un colectivo heterogéneo que congrega a una serie de jóvenes antropólogos, historiadores, trabajadores sociales y escritores mapuches provenientes de Santiago, Osorno y Temuco. Activo desde el 2011, su objetivo final es plantear una serie de ideas teóricas: entre ellas, repensar una epistemología mapuche y establecer categorías de análisis historiográfico sobre el pueblo originario. Hasta el momento, el grupo ha publicado dos libros ("Las distintas maneras de reconocernos" y "Violencias coloniales en Wajmapu") y organizan encuentros como cualquier corporación. "Existen visiones erradas sobre la historia mapuche", dice Pairican. "Pero esa educación se está transformando a partir de la emergencia de la literatura indígena latinoamericana y también acá en Chile".

En la capital hay varios otros grupos que trabajan por fortalecer la presencia mapuche en distintos ámbitos de acción. Entre ellos, colectivos feministas como Rangiñtulewfü, integrado por la poeta Daniela Catrileo; el taller y escuela Ad Llallin, centrado en el arte textil mapuche, y agrupaciones de estudiantes como Chillkatufe UChile Mew.

Las rukas: un espacio ceremonial

Es un miércoles por la tarde en la Ruka Kiñe Pu Liwen, uno de los centros ceremoniales mapuches más señeros de la capital, y las hermanas Juana y Graciela Cheuquepan reciben a los miembros de su taller de comida saludable. Para esta ocasión, Graciela preparó una comida ancestral que solía ser la especialidad de su abuela: un korü (sopa) hecho de quinoa, luche, verduras de su huerta, papas topinambur y un toque de merkén. Cuando el resto de los alumnos termine sus platos, un jurado de expertos dirimirá al más sabroso de todos. "Tenemos que mostrarle al adulto mayor la importancia de comer sano", dice esta última. "Y, para eso, tienes que ponerle todo tu amor y corazón".

Según el catastro del libro "Rukas mapuche en la ciudad", de la antropóloga Rosario Carmona, Kiñe Pu Liwen es uno de los 18 centros ceremoniales que existen en Santiago, los que se reparten en 15 comunas y nacieron por una necesidad: la población mapuche no tenía en la urbe un lugar que sintiera como propio. Emplazada en La Pintana, comuna que alberga a cerca de 22 mil habitantes de origen mapuche, la ruka de la familia Cheuquepan Colipe es sede de talleres de orfebrería, telar y prevención de VIH, pero también de celebraciones como el guillatún y el We Tripantu (año nuevo mapuche), además de ferias costumbristas y juegos de palín. "Esta es la primera ruka que se hizo en la Región Metropolitana, en el 2002", asegura Juana. "Acá viene gente mapuche y no mapuche. No sacamos nada con cerrarnos en esta gran ciudad, porque eso va a significar aumentar la discriminación. Cuando uno se muestra, la reacción es otra".

¿Otras rukas en la ciudad? Kallfulikan (La Florida), Dhegñ Winkul (Huechuraba), Folilche Aflaiai (Peñalolén), Weftun Mapu (Puente Alto) y Kuyen Rayen (San Miguel), entre otras.

El palín: un juego ancestral para compartir

Cada domingo, Juan Calvin se luce como el rayero estelar de Trawun Peleco ("Junta de Peleco"), un equipo de palín que agrupa a una decena de jugadores originarios de esta localidad de la provincia de Arauco. Si esto fuese fútbol, Calvin sería lo más parecido a un delantero estilo Luis Suárez: físico corpulento, instinto goleador y una actitud guerrera que lo hace jugar descalzo en un terreno lleno de baches. "¿Mi principal característica? El caballazo, la fuerza", dice. "Hay que tener mucho cuidado no más para jugar, porque puedes salir herido. Aquí algunos perdieron ojos y dedos".

Cada fin de semana, el Parque Ceremonial Weichafe Mapu convoca a 14 equipos de palín integrados por mapuches. Tras deambular por varios puntos de la capital fueron acogidos por la Municipalidad de Cerro Navia, que les otorgó un sector adyacente al Parque Mapocho Poniente para tener su propio palihue (cancha). Hoy los torneos congregan entre 500 y 1.200 personas e incluyen comida típica como las sopaipillas con pebre. "Según los datos que manejo, entre el 28% y 30% de la comuna es de origen mapuche", dice Claudio Varela, director de la Corporación del Deporte de Cerro Navia. "Lo que buscamos es que ese porcentaje se sienta identificado con su cultura".

Como la mayoría de los deportes, el palín tiene dos capitanes de equipo llamados lonko palifes: estos últimos se encargan de iniciar el juego y sacar el pali (o bola) del sungul, un hoyo cavado al centro de la cancha. Cada jugador tiene su propio weño (bastón) y debe preocuparse que el kon (rival) no haga un kou, el punto que se marca cuando se sobrepasa el tripalwe o línea de fondo. "En sus orígenes, el palín definía los conflictos entre comunidades por animales o límites entre predios", afirma Bernardino Ramillan, quien dicta talleres de palín en el parque y el Liceo Enrique Alvear. "Hoy en día se juega con más respeto".

Si los All Blacks neozelandeses tienen el haka, los mapuches también poseen su ceremonia previa a los partidos: para potenciar el newen (fuerza), tocan instrumentos como la pifilca y la trutruca y le piden a la Ñuke Mapu (Madre Tierra) y Ngenechén (ser supremo de la religión mapuche) que limpie la cancha de espíritus malos y no ocurran accidentes. A un costado del campo, un juego de ollas es el trofeo en disputa que espera por el equipo vencedor.

Los versos de la resistencia

En los años 90, David Aniñir Guilitraro fue uno de los poetas que reivindicaron la identidad urbana del mapuche migrante. Oriundo de la comuna de Cerro Navia, su obra más importante es el poemario "Mapurbe" (2005), que retrata con crudeza el aislamiento y la marginalidad de aquellos que crecieron en las poblaciones periféricas de Santiago. "El libro tuvo impacto en el mundo social mapuche y no mapuche, y también en la academia, porque colocaba en relieve una concepción que no estaba considerada hasta ese momento: el mapuche urbano", relata.

En paralelo a su producción literaria, Aniñir desarrolló su veta como gestor cultural y, desde hace dos décadas, organiza encuentros literarios que convocan a escritores mapuches en lugares como el Persa Bío-Bío y distintas peñas de Cerro Navia. En el último tiempo, este tipo de actividades también fueron replicadas por otros centros culturales y el mundo académico capitalino. Para algunos, el punto de inflexión fue la antología "Epu mari ülkatufe ta fachantü / 20 poetas mapuches contemporáneos" (2003) de Jaime Luis Huenún, que incluía al propio Aniñir entre sus seleccionados y visibilizó esta fértil producción literaria. "La poesía mapuche habla desde la reivindicación y del fortalecimiento identitario y de aspectos más íntimos como la espiritualidad", agrega este último.

En los últimos treinta años, la literatura mapuche se disparó y a referentes como Elicura Chihuailaf, Leonel Lienlaf y Graciela Huinao se suma una camada de jóvenes escritores que abordan territorios poco explorados en su cultura escrita. Entre ellos destaca la huilliche Roxana Miranda Rupailaf y su libro "Shumpall", que explora temáticas vinculadas al cuerpo y la sexualidad. "Al principio, era difícil pensar en poesía mapuche sin el mapudungun, pero hoy los mapuches habitamos la ciudad, usamos las redes sociales y eso también tiene que estar representado en la literatura. Y eso también es un hecho político, porque estamos haciendo visible que existimos dentro de la ciudad", afirma Miranda.

En el Persa Bío Bío, David Aniñir es dueño de la tienda "Mapurbe Store" (Galpón Víctor Manuel, sector 8, local 812) donde, como él dice, vende todo tipo de "mapucherías", desde libros y fotografías hasta tejidos y lanas.

Feria Ruf Che: De la gastronomía a la medicina

Cuando estudiaba Derecho, Angélica Curihuinca se dio cuenta de que su aporte a la sociedad no iba por el lado de las leyes. Y su reinvención vino de la mano de la fundación Ruf Che, un proyecto cultural que desarrolló junto con otras personas de origen mapuche. La idea era generar una instancia que permitiera conocer más acerca de sus raíces. "Yo soy mapuche de padre y madre, pero nací en Santiago. Entonces fui privada de mi cultura por discriminación y porque mis padres pensaron que no era importante enseñármela", relata.

Luego de sondear diversas organizaciones mapuches en Santiago, Curihuinca concluyó que ninguna cumplía con el principal objetivo al que ella quería apuntar: acercar la cultura mapuche de forma transversal a la sociedad. Y así fue como nació la Feria Ruf Che, un punto de encuentro para comunidades mapuches venidas de distintos puntos del país y que despliega una amplia oferta de gastronomía, joyería, madera, telares, literatura y medicina del pueblo originario, además de impartir talleres y conversatorios. "Mi intención es que la gente pueda, de alguna manera, sostenerse económicamente con sus productos", señala.

Además de ser extraídos del campo, Curihuinca enfatiza que la principal riqueza de estos alimentos es su aporte nutricional. Según ella, la gente mapuche que vive en la warria (ciudad) evita, en lo posible, abastecerse con productos de supermercados, lo que convierte a la feria en un espacio colectivo saludable y con un componente histórico. "Debemos recordar que la medicina mapuche es preventiva, además de curativa. Y eso se debe principalmente a la calidad de los alimentos que consume", agrega.

Desde hace cuatro años, Ruf Che se celebra una vez al mes y en agosto pasado encontró su sede definitiva en el Barrio Italia. Entre los productos gastronómicos más solicitados destacan el ceviche de cochayuyo, hongos comestibles como el changle y el catuto, el tradicional pan de trigo crudo; y en la artesanía, arrasan las figuras en miniatura del rehue, el altar ceremonial mapuche. "La feria es un lugar distinto porque convoca abiertamente", señala. "Nos interesa trabajar en la integración de la sociedad chileno-mapuche reconociendo que somos distintos, porque lo somos. Pero eso no impide que tengamos un encuentro y el chileno pueda, de una vez por todas, reconocer su morenidad".

La Feria Ruf Che se celebra hoy en Hostal Vitalia (Avenida Italia 1693), desde las 12:00 a las 21:00. La entrada es liberada. Se reciben aportes y donaciones al correo fundacionrufche@gmail.com.



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Catorce equipos juegan en las competencias de palín en Cerro Navia.
Catorce equipos juegan en las competencias de palín en Cerro Navia.
Foto:HÉCTOR YAÑEZ

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