Entrevista Le "pone fichas" a su nuevo libro
Sonia González se pregunta: ¿qué hace a una persona escritora?

La línea del día es su tercera novela y también tiene tres libros de cuentos en los que ha explorado sobre todo el orden, o desorden, de las familias. Ahora se vale del humor y la acción para reflexionar sobre su oficio.  

María Teresa Cárdenas M. 

En "un muy buen momento" se encuentra Sonia González Valdenegro (Santiago, 1958). Abogada de profesión, a los 20 años de edad entró a la administración pública -"se empieza procurando, así que era muy chica"- y no ha parado hasta ahora, cuando ya ve cerca su retiro. El próximo 31 de diciembre dejará su ocupación formal, e iniciará una nueva etapa. "Me voy a dedicar principalmente a escribir, pero también voy a trabajar con una colega amiga con la que siempre hemos tenido cosas juntas. Algunos juicios, sobre todo cosas entretenidas", revela. "Espero poder dedicarme a lo laboral y a la seguridad social", dice en su calidad de abogada. Y entonces interviene la escritora: "Más que los casos, lo entretenido son las personas que uno conoce. La gente es muy rara y bien divertida si uno le encuentra el lado que corresponde".

Autora de tres libros de cuentos - Tejer historias , Matar al marido es la consigna , La preciosa vida que soñamos -, acaba de publicar su tercera novela, después de El sueño de mi padre e Imperfecta desconocida . La protagonista de La línea del día (Lom) es una escritora con solo dos libros publicados y cuyo editor la obligó a firmarlos con seudónimo: "dijo que no se podía ser escritora si uno se llamaba Blanquita Muñoz", escribe en las primeras páginas, instalando de inmediato el humor como componente esencial de la historia. O las historias. Porque Blanquita también escribe por encargo. E investiga y junta material para dos escritores a los que llama Graham Greene y Camus, "referentes generacionales" tanto para ella como para Sonia González. Una de esas historias es la de una adolescente violada y asesinada en el Estadio Español en 1972, y se va alternando con el texto central, en letras cursivas.

Hasta la oficina de Blanquita, que en realidad es un cuchitril cedido por Ivette, su exitosa hermana abogada, llega un hombre preguntando por Lourdes Barrera, el nombre con el que firmó sus libros. Viene a pedirle que escriba su historia de amor con la pediatra de sus hijos, en la que no puede dejar de pensar desde que la vio por primera vez y desde entonces, además, le manda cartas y flores. Ese fue el punto de partida de la novela.

"Primero estaba este personaje que tenía ciertas peculiaridades: era una mujer que había estado deprimida, que estaba gorda. Y de repente llegaba un hombre muy buenmozo y le ofrecía esta historia. Después empecé a construirle una vida a ella. Y me pareció que era mucho más entretenida la vida que yo le armaba; cómo de alguna manera podía dejar de ser una observadora y empezaba a tener sus propias aventuras".

Blanquita no lo ve así. "Ella nunca se da cuenta o nunca admite que es una mujer que tiene una vida súper interesante. Nunca considera que como escritora ella también puede ser el centro de la historia; en cambio, se considera a sí misma como alguien que tiene que reunir y ordenar el material para que sea escrito, pero no por ella".

-¿Qué importancia tiene para usted el humor, que cruza toda esta novela?

-El humor es una mina que yo he ido explotando en mi vida personal, y que, claro, también trasunta lo que hago. Es una herramienta para desdramatizar muchas cosas, que tienen que ver con lo que no puedes hacer, con lo que no puedes cambiar, con las cosas que se te escapan. Tiene mucho sentido que esté en esta novela. La empecé a escribir hace unos quince años, y pienso que el ejercicio que estaba haciendo es muy parecido al que estaba haciendo la Blanquita Muñoz. El ejercicio de decir qué es en definitiva esto de ser escritora. Yo creo que todas las personas que hemos participado de este oficio tenemos un poquito de fuegos artificiales, de burbujitas, de champaña en la cabeza. Entonces, crear este personaje era una manera de destapar la botella y que saliera la presión.

"Qué hace que una persona sea una escritora. Ese es el gran tema de esta novela", enfatiza. "¿Qué es lo que la distingue de otras actividades? ¿Es el hecho de que escriba, que tenga reconocimiento?". Casada con el autor de novelas policiales Ramón Díaz Eterovic, Sonia González no tiene la respuesta, pero aventura una conclusión y es que "no hay una individualidad para eso. Cada uno es escritor en su propia dimensión".

Pero hay un elemento que considera central: la acumulación del material. "¿Cuál es el material que te hace que seas escritora?", se pregunta, sobre todo mirando a los nuevos autores: "Yo tengo la sensación de que los jóvenes en general están hablando de sí mismos, siempre están contando historias de ellos. Blanquita tiene mucho material, porque lo componen todas esas otras cosas que no son ella misma y que es lo que lo hace más interesante".

También Sonia tiene mucho material guardado. Y si ha publicado seis libros en algo más de treinta años, cree que se debe a sus propios ritmos internos. "Soy lenta para sacar mis cosas adelante -asegura-, para terminar de cerrarlas y para decidirme a hacer algo con ellas". Así, junto a dos proyectos de novela, tiene tres volúmenes de cuentos armados.

Más allá de las anécdotas, en la novela hay reflexión y un cuestionamiento del oficio. También recursos como ciertos personajes en busca de autor y la novela dentro de la novela. "De repente fue teniendo primacía uno de los personajes, que era esta niña asesinada. De la que yo no supe nada, en realidad, pero le armé una historia como una niña que tenía una sensibilidad y algún tipo de dificultad personal para integrarse al mundo. O sea, era una futura escritora. De hecho, ella escribía poemas. Esa historia me fue engolosinando, la construcción del crimen, de ella cuando se decide a ir a la fiesta...".

La niña fue protagonista de un hecho policial, pero hay otro personaje tomado de la vida real cuya aparición resulta sorprendente. "Ese tipo buenmozo sí llegó a mi oficina -revela, entre risas-. Supongo que a estas alturas lo puedo contar. No era taaan buenmozo, pero llegó haciéndose el loco y me dijo 'sabíh que tengo una historia'. Nos juntamos un par de veces y nos reímos con su historia porque tampoco él se la tomaba tan en serio. Yo creo que él era un frívolo, un tipo que quería seducir a esta mujer; no sé si lo logró al final, pero no me cabe duda de que no estaba a la altura de lo que le estaba ocurriendo".

La autora reconoce que hay algo de ella en sus personajes: "Yo creo que así como Blanquita es una Sonia muy distorsionada, Ivette también soy yo. O son mis posibilidades. También yo podría haber sido una abogada exitosa, que ganara en la Corte. Y esa voz que tiene Ivette, que es súper dura con la hermana, es también una voz dura conmigo misma. Ese el cuestionamiento que una tiene con lo que hace; en algunos momentos una dice: 'bueno, y a quién le importa lo que escribes, para qué estái aquí, sentada, por qué no te vai a tomar sol'".

-¿Cómo la deja este libro en relación a los anteriores?

-Yo disfruté mucho escribiéndolo, y es un libro al que, como dicen los chicos, le puse fichas, porque me parecía que podía gustar. Principalmente, porque es un libro que a mí me habría gustado leer; o sea, están los elementos que para mí son importantes cuando leo algo: que me cuenten una historia, que los personajes no solo se pregunten, piensen y reflexionen, sino que pasen cosas; donde haya harto verbo, donde haya humor, desde luego, y pequeñas revelaciones. A mí se me revelaron cosas. Yo no escribo con ningún esquema, el libro fue buscando su propio cauce. Y en ese sentido me deja muy contenta. Respecto de los otros libros, yo nunca he tenido mucha confianza en las cosas que escribo. Pero en esta novela me sentí muy cómoda, muy libre de poner lo que yo quería. Me siento como si hubiera dado un paso en mi trabajo; no en mi carrera, porque no soy un caballo.

 


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La línea del día Sonia González Lom, Santiago, 2018, 256 páginas, $11.000
La línea del día Sonia González Lom, Santiago, 2018, 256 páginas, $11.000

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