Bernardo Bertolucci (1941-2018):
El olvido y el emperador

Pese a todos los homenajes y polémicas levantadas en la hora de su muerte, persiste la sensación de que el legado de Bertolucci hoy se lee más en clave de pasado que de presente. ¿Será que su tiempo ya pasó o, como ocurre con los realmente grandes, la figura se agigantará en su ausencia?  

Christian Ramírez 

Entre las muchas imágenes evocadas a propósito de la muerte de Bertolucci -sean estas bellas, atroces, brutales o polémicas-, quizás las más inesperadas fueron las de su velatorio, realizado a mitad de semana en el Campidoglio, la Colina Capitolina. El registro ya está en YouTube, si alguien quiere revisarlo: el ataúd figura enteramente destapado y apoyado en un pequeño promontorio alfombrado, casi a nivel del suelo; en la pared, un antiguo gobelino; el cuerpo está expuesto, al completo, impecablemente vestido y semienvuelto en un velo rojo, el rojo intenso y profundo de sus películas junto a Vittorio Storaro. El primer impulso es creer que el cineasta de "El conformista" no resistió la tentación de "dirigir" su propio funeral, dejando instrucciones precisas acerca de su montaje y duración, y la conjetura se refrenda cuando se advierte que las exequias tuvieron lugar en la Salla della Protomoteca, un espacio destinado a antiguos bustos, efigies y retratos, lugar adecuado ahora que el difunto luce tan inmóvil como estos, la prueba final de que esa persona que tantas veces fue calificada como "artista del futuro", se integra por fin al pasado, al ayer.

No es una sensación que le haya sido ajena, sobre todo en los últimos años, desde que una fallida operación de hernia discal lo dejó postrado en silla de ruedas, obligándolo a reducir al mínimo sus delirios artísticos y condenándolo a hacer memoria de aventuras pasadas. A veces, dicho proceso era placentero, como cuando su colega Luca Guadagnino -hoy cubierto de gloria gracias a "Call Me By Your Name"- lo invitó a participar en "Bertolucci on Bertolucci" (2013), un gran filme entrevista, simplemente porque sentía que "se lo debía todo".

En otras ocasiones, el ejercicio semejaba más bien una pesadilla, en especial cuando le recordaban su comportamiento cuasi dictatorial en el set de "El último tango en París" (1972), contra la joven María Schneider. Si su temor era que en la hora de su muerte algunos desenterrarían esos excesos, tuvo razón: muchos de los que corrieron a esparcir la noticia de su deceso por las redes se colgaron del episodio para darle la debida enjundia a sus notas, convenientemente olvidando que el tango de Bernardo, Marlon y María todavía es uno de los testimonios más flagrantes, exactos y salvajes de masculinidad tóxica jamás puestos en pantalla; que el tema del filme -y de muchas otras obras de su autor- era precisamente ese: registrar la forma en que la mecánica del abuso se despliega y daña sin remedio.

La víctima puede ser una chica desprejuiciada que cae presa de los impulsos disolventes de un hombre en crisis -como ocurre en "El último tango" y también en la sorprendente "Besieged" (1998)-; en otras, se trata de alguien expuesto permanentemente a diversos niveles de encierro y cárcel ("El último emperador") o cuya vocación artística ha resultado castrada por la pareja ("The Sheltering Sky"). A veces, no es más que un pobre diablo, presa de su estatus ("La tragedia de un hombre ridículo") y casi siempre aplastado por falsas nociones de compromiso, ya sea político ("Partner", "El conformista"), sexual ("Luna", "Los soñadores"), familiar ("La estrategia de la araña") o todos los anteriores ("Novecento").

La intensidad con que Bertolucci exploró estos caminos debería bastar de sobra para ponerle en primera línea entre sus contemporáneos -sobre todo en los tiempos que corren- y, sin embargo, la sensación que se tiene a la hora del recuento es la contraria: que se trataría de un artista que hace tiempo, mucho tiempo, fue relevante, y que, por lo mismo, no habría otro camino que observar, valorar (y también excusar) su trabajo en clave pretérita, usando códigos de anteayer.

Puede que él mismo haya contribuido a generar ese malentendido, ya que aunque murió a los 77 -con un año más que los hoy activísimos Herzog y Scorsese-, creativamente no fue cineasta de los años 70 como ellos, sino el último heredero de una tradición artística iniciada en la posguerra por De Sica y Rossellini, continuada luego por Bresson y Bergman, y llevada al cenit a mediados de los 60 por los dos hombres a quienes Bertolucci siempre reconoció como maestros: Pasolini, de quien fue ayudante y amigo, y Godard, a quien adoró con el alma antes de volverse su enemigo mortal.

De modo que antes de los 25, cuando Herzog aún mochileaba en el norte de África y Scorsese era ayudante de un par de cursos en la NYU, el joven Bernardo ya había dirigido dos notables películas ("La commare secca" y "Prima della rivoluzione") y se codeaba con los semidioses. Era una posición única, envidiable, pero que tras las convulsiones de mayo del 68 se convertiría en una mochila imposible de cargar: pronto se dio cuenta de que no sería el continuador de una era dorada del cine europeo, sino el cronista de su eclipse. Si bien sus tres filmes de la era -"La estrategia de la araña", "Il conformista" (ambas de 1970) y luego "El último tango"- son testimonio explícito de esa debacle, a la vez, social y personal, la gran ironía es que la proyección de esa inmensa amargura lo convirtió en el cineasta más importante del momento; alguien con el poder suficiente como para concebir "Novecento", un filme épico, filmado a través de las cuatro estaciones de un año y con dos futuras estrellas (Robert De Niro y Gérard Depardieu) para dar cuenta de medio siglo en la vida de Italia.

En retrospectiva, ese elefante fílmico resultó lo bastante enorme como para estimular la catástrofe. Sus cinco horas de duración impedían una exhibición normal en salas, y su tremenda violencia la marginó por décadas de la TV. Recién a mediados de los 2000 y vía DVD, la película regresó a su estructura original, pero para entonces mucha agua había corrido bajo el puente: a Bertolucci, la experiencia lo partió en dos. Hollywood trituró al joven radical y lo confundió con un sucesor de David Lean, con un hacedor de estetizantes superproducciones de dudosa afiliación política. Poco importó que en el intertanto el director produjera su filme más inquietante, "Luna" (1979), acerca de la relación incestuosa entre una cantante lírica y su hijo (un tema impensable en el escenario actual). Lo que el mercado requería del Bernardo de entonces era un gran espectáculo y, tras años de intensas negociaciones con Beijing, él finalmente les dio en el gusto con "El último emperador".

A treinta años de su estreno y en un momento en que la propia industria del cine chino está empeñada en la dominación mundial, cuesta dimensionar el gigantesco esfuerzo de Bertolucci y compañía por abrir a occidente un mundo audiovisual que por años había estado literalmente clausurado. Para peor de males, en esos días varios confundieron la película con una colorida lección de turismo exótico -porque en parte lo era-, obviando su faceta más negra: el trayecto de un individuo excepcional y venerado por el antiguo régimen que, inserto en la China del gran salto deviene inexorablemente en un hombre común, confundido entre la multitud de los nuevos tiempos .

A su manera, es el perfecto resumen de la tragedia del último Bertolucci, empeñado en remar a la contra con filmes tan descaminados como suntuosos ("Pequeño Buda"), arrebatados y adolescentes ("The Dreamers"), producto de su caprichosa autoconsciencia de artista único, de sentirse el "último de los maestros clásicos", pero a la vez no tener el fuelle, el resto físico para justificar la propia leyenda. Solo al final, y vía la minúscula "Io e Te" (2013), dirigida desde la silla de ruedas, el maestro pareció quedar libre de su mito, listo para regresar a los claustrofóbicos recuerdos familiares volcados una vida atrás, en la magnífica "Prima della rivoluzione" (1964), ese feroz ajuste de cuentas con su familia burguesa. Bertolucci liberado y con algo de paz, como el solitario Pu Yi, al final de su saga, regando en silencio las flores del jardín, dejando el agua correr.



 


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir
Fue el último heredero de una tradición artística iniciada por De Sica y Rossellini, continuada luego por Bresson y Bergman, y llevada al cenit a mediados de los 60 por los dos hombres que reconoció como maestros: Pasolini y Godard.
"Fue el último heredero de una tradición artística iniciada por De Sica y Rossellini, continuada luego por Bresson y Bergman, y llevada al cenit a mediados de los 60 por los dos hombres que reconoció como maestros: Pasolini y Godard".

[+] Vea más fotos


Servicios El Mercurio
   Suscripciones:
Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.
   InfoMercurio:
Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.
   Club de Lectores:
Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.


Otros Servicios
   Defunciones
   Ediciones anteriores
   Propiedades
   Suscripciones
   Empleos
   PSU@El Mercurio
   Contratar publicidad
   Club de Lectores
   Clase Ejecutiva
   El Mercurio - Aguilar
 


Buscador emol.com Ir al demo interactivo Buscador emol.com
0  
Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales