¿Liberalizar la marihuana?

Carlos Peña 

La pregunta resurgió esta semana, luego que el diputado Mirosevic repusiera la idea de despenalizar la totalidad de sus usos.

La razón que suele esgrimirse a favor de la total liberalización es estrictamente económica o, si se prefiere, utilitaria.

Prohibir la marihuana crearía incentivos para producirla (puesto que la encarece) y haría surgir un mercado negro a cuya sombra medraría el narcotráfico. Los consumidores, por su parte, alentados por la prohibición, puesto que lo prohibido acicatea el deseo, consumirían un producto sin control alguno y acabarían entregados a cadenas de distribución informales que los explotarían. El Estado, por su parte, a fin de hacer cumplir la prohibición, haría esfuerzos inútiles por reprimir el tráfico -inútiles porque al prohibir el bien se le encarecería alentando su producción- y distraería recursos que podrían ser empleados en fines socialmente más valiosos.

En suma, si se atiende a las consecuencias de la prohibición, que saltan a la vista, pareciera que prohibirla acarrea más males de los que evita. Un cálculo de consecuencias aconsejaría permitir su uso.

Si la reflexión se queda en el punto anterior, lo que vale para la marihuana vale para todas las drogas.

Pero ¿puede extenderse ese argumento a favor de la liberalización de la marihuana a todas las drogas, como en su momento lo sugirió Friedman?

Responder esa pregunta es fundamental para el debate público, porque no es difícil imaginar que ocurrirá aquí lo que ya ocurrió respecto del aborto: se dijo entonces que los argumentos a favor del aborto en caso de violación, entre otros, eran argumentos disfrazados para favorecer tarde o temprano el aborto libre. Mutatis mutandis, cambiando lo que hay que cambiar, se dirá ahora que liberalizar la marihuana conducirá, tarde o temprano, a liberalizar todas las drogas.

Sin embargo, un liberal tiene razones para distinguir entre el uso de marihuana en personas adultas y competentes y el uso de otras drogas (algo que Friedman no hizo).

A la base de la cultura liberal se encuentra la idea de que cada ser humano es un agente de decisiones cuyo centro radica en él mismo y, en especial, en su racionalidad. Si el uso frecuente de algunas drogas deteriora las bases de la racionalidad, si al consumirlas con frecuencia el individuo pierde el control de sí mismo, si como consecuencia de ello deja de estar al mando de sí, entonces parece haber una contradicción entre afirmar el valor de la individualidad (centrado en el hecho de que el individuo se gobierna a sí mismo) y promover drogas que deterioran las bases con las que esa individualidad se ejerce (la competencia racional).

De esa manera, un liberal podría abogar por liberalizar la marihuana y, al mismo tiempo, por la prohibición de otras drogas.

Y no habría contradicción alguna en ello.

Como tampoco hay contradicción en argumentar a favor de la liberalización de la marihuana y al mismo tiempo, aconsejar que no se la emplee. Usted podría decir, y tendría toda la razón, que la sobriedad y el autocontrol son más relevantes, por ejemplo, para el trabajo intelectual, que abandonarse a las ensoñaciones artificiales.

Y es que el ideal liberal no es solo la afirmación de un espacio de inmunidad para el individuo; también es la afirmación de un cierto ideal de una vida humana que se despliega consciente de sí misma, que está al mando de sí y que se autogobierna. La mejor versión del liberalismo no es la que aboga porque las personas hagan lo que les plazca, sino la que aboga por respetar las decisiones fundada en el hecho de que las decisiones revelan la voluntad racional de quien las adopta. Y si el empleo de una droga bajo determinadas condiciones de maduración -este es el supuesto empírico del problema- daña las bases de esa voluntad racional, como no hay duda ocurre con algunas drogas, entonces ya no es tan claro que un liberal deba favorecer su empleo sin restricciones.

Nada de esto impide, desde luego, que el sujeto pueda abandonarse con fines de recreo y abdicar por momentos el mando de su propia trayectoria (como ocurre cuando alguien adulto decide emborracharse); pero una medida de alcance general que permita el empleo y uso no solo de la marihuana en personas adultas, sino de otras drogas, podría deteriorar las bases culturales de ese ideal equivalente a una vida gobernada por sí misma, que es la mejor justificación de los ideales liberales.

Un ejemplo ficticio ayuda a comprender por qué no es culturalmente correcto permitir el uso de todas las drogas.

Si se probara que el uso masivo de una droga -el ejemplo lo sugiere Nozick- produce en quienes la consumen un estado de beatífica paz, atontándolos y adormeciéndolos, y permitiéndoles vivir por momentos la vida que siempre han anhelado, porque de esa forma pueden realizar imaginariamente sus deseos, sin poder distinguir si son reales o no, ¿habría razones para que el Estado promoviera o permitiera sin restricciones su consumo? El argumento utilitario aconsejaría hacerlo, sin duda. La distribución masiva de esa droga imaginaria anularía el consumo de todas las demás (incluidos el alcohol o la marihuana, que ya no parecerían necesarios para apagar las frustraciones) y si el Estado la distribuyera con regularidad, no habría mercado negro ni nadie podría lucrar con ella. Todos felices y calmos.

Pero ¿sería sensato algo así?

Es de esperar que nadie crea que un mundo así es deseable. Y es que los seres humanos no quieren simplemente anestesiarse, quieren ser sus propios dueños, conducir su vida, mantenerse al mando y alcanzar por sí mismos la felicidad, y no que simplemente se les permita soñarla.

Las razones que obran a favor del proyecto de liberalizar la marihuana presentado esta semana (fundadas en las consecuencias que se siguen de la prohibición), no obran a favor de liberalizar todas las drogas. Si esto último ocurriera se deteriorarían las bases de la misma cultura liberal.

 


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