Entrevista Nuevo libro del filósofo chileno
Pablo Oyarzun: "No puedo concebir la filosofía sin humor"

En "Devaneo sobre la estupidez y otros textos" (Mundana Ediciones), el autor ensaya sobre el ocio, el vino, el ajedrez y varias "bagatelas" más. Y, a propósito de eso, en esta conversación devanea sobre su antiguo amor por el ajedrez, Jonathan Swift, lo necesario que le resulta sacar la vuelta y el diletantismo que cultiva: "Es muy vital para mí", dice.  

Juan Rodríguez M. 

A principios de los ochenta, el filósofo Pablo Oyarzun (1950) estaba molesto, incómodo. Había estado sin trabajo y ahora viajaba en tren, al sur, a ocupar un puesto en Valdivia. Para llenar el tiempo que lo separaba de la sureña ciudad llevaba dos libros, uno del filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) y "Los viajes de Gulliver", esa obra que se burla de lo humano, en la que hay pequeños hombres, caballos parlantes e islas flotantes, firmado por el satírico y, por qué no, sátiro escritor británico Jonathan Swift (1667-1745).

En su oficina-container del campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile, al resguardo del calor, Oyarzun, cuyo apellido se escribe sin tilde, recuerda: "Leyendo 'Los viajes de Gulliver' me encontré con lo que necesitaba, con algo que me lograba reconectar conmigo, y con muchas cosas, con el humor, con la sátira, con la rebeldía también, que yo había perdido, y además con el odio. Porque el odio es muy importante en Swift, y uno viviendo en dictadura... -como hará varias veces en esta entrevista, Oyarzun ríe junto con sus palabras, sin llegar a la carcajada, divertido y a la vez contenido, tal vez nervioso, para luego seguir- ... en esos años uno llevaba una sobrecarga que no tenía cómo administrarla, ni siquiera cómo ponerle nombre. Entonces empecé a leer a Swift y me hizo aparecer el odio como un nombre importante".

Pero no solo humor y odio encontró en Swift. También fue muy relevante descubrir el amor de este por la bagatela: Vive la bagatelle , decía el británico. "Esa cosa preciosa -explica Oyarzun, quizás adoptando la voz de Swift-, 'mira, hablemos de cuestiones que no tengan ningún significado, que no sirvan para nada, que sean... puras tonteras, pero pasemos el tiempo'". "Para mí fue muy vital".

Noble y ridícula

Profesor de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, autor de libros como "El dedo de Diógenes" y "Entre Celan y Heidegger", traductor de Epicuro, Kant y Kafka, entre otros, Oyarzun le declara su amor a la bagatela en "Devaneo sobre la estupidez y otros textos" (Mundana Ediciones), un libro de 118 páginas que reúne ensayos escritos, en su mayoría, por encargo para revistas y diarios. En una de sus acepciones, un devaneo es "una distracción o pasatiempo vano o reprensible". Salvo por lo de reprensible, que habría que reemplazar por encomiable, y si entendemos por vano la virtud de liberarnos de pesadeces, esa definición le viene bien a este libro. Es un volumen alegre.

Con giros y artesanía de las palabras, Oyarzun ensaya o cuenta sobre un viaje a La Serena, invitado a dar una conferencia, donde conoce a un sospechoso sabio que bautiza como Diógenes; sobre el ocio u "holganza", que al parecer son su norte y su sur; sobre el vino, esa bebida espirituosa que a veces lo acompaña cuando escribe; sobre la estupidez, ese defecto de mirar las cosas sin perspectiva; sobre el año nuevo, ese que viene, pero que "en verdad no viene, sino que va" y al que solo le podemos mirar la espalda; y, claro, sobre la filosofía, ese oficio al que Oyarzun le ha dedicado buena parte de su vida y que él compara con "esa especie de plumífero rumiante, el pelícano: noble y meditabundo, pero también ridículo y acumulativo".

-La filosofía es una bagatela, ¿o no?

"Las dos cosas. No puedo concebir la filosofía sin humor, no me funciona simplemente. Tampoco es que uno esté forzando las cosas para que sean humorísticas, porque uno tampoco tiene tan buen sentido del humor. Pero sí se trata de tomar una cierta distancia respecto de la filosofía. Una cierta distancia que te permite verla en esa especie de esfuerzo desesperado, exasperado -ríe- por pensar cosas totales; sabiendo que es una empresa frustrada de antemano. Lo que no quita que tú sigas en esa empresa y que ames esa cuestión. La filosofía es una disciplina que te da supuestamente el derecho a decir palabras locas, como 'siempre' o 'todo'. Cuando chico me fasciné con la filosofía por eso, por esta cuestión de decir 'siempre'-vuelve a reír-, qué cosa más espectacular. O borrar algo del todo diciendo 'nunca'. Me parecía muy fascinante y tiene que ver, no lo voy a llamar vocación, pero con esa especie de inclinación o tentación de totalidad. Que es una tentación contra la cual uno combate, o sea, a mí lo que me interesa es la singularidad. Me interesa la totalidad justamente por eso, porque la singularidad es un problema, es una brecha. Y creo que el humor tiene la capacidad de percibir o de hacerte percibir la brecha".

Sacar la vuelta

Pablo Oyarzun está terminando el año académico, con mucho trabajo y casi sin tiempo, porque además de las labores propias del profesor que es, está a cargo de la Iniciativa Bicentenario Juan Gómez Millas, un proyecto que busca revitalizar las humanidades, las artes y las ciencias sociales en el campus homónimo. En tal escenario, la academia no parece el "reino del solaz" del que habla en su nuevo libro.

-Parece que semestre a semestre está lleno de obligaciones, muy atareado...

"Pero saco la vuelta todo el tiempo... Siempre estoy sacando la vuelta. Si dijera 'estas son las cosas que hago', tendría que decir 'mira, tengo mucho trabajo'. Y la verdad es que a veces lo digo. Pero si sacara la cuenta del tiempo que dedico al trabajo, me doy cuenta -ríe- que no es tanto. Que es harto lo que saco la vuelta. Por una razón muy simple: no tengo esa capacidad de concentración, que envidio en muchas personas, de proponerse 'mira, voy a sacar esta cuestión hoy día'. Eso para mí es totalmente imposible, necesito constantemente airearme, relacionarme con otra cuestión, ponerme a hacer otra cosa".

-A propósito de hacer cosas fuera de la pega, hay un texto que le dedica al ajedrez, que alguna vez jugó.

"Jugué un buen poco. Debo haber jugado, en competencia, entre los trece y los diecisiete o dieciocho años, más o menos. Jugué una cosa muy rara hoy día, que se llama ajedrez por correspondencia. Era entretenido, porque uno se mandaba unas tarjetas postales donde marcabas la posición, eran bonitas las tarjetas, y podías poner un saludo o cosas por el estilo. Después con alguna gente te hacías amigo, te mandabas cartas y cosas así. Entonces me llegaba un saludo en ruso y tenía que partir a buscar a alguien que supiera ruso. Con un amigo checo nos escribíamos en alemán, suponte".

-Era más que el puro juego.

"Porque empezabas a descubrir cuestiones. Este checo me dijo 'por qué no le escribes a mi hermana', y la hermana era súper simpática -ríe-. O jugué con un argentino que era muy bueno, nos escribíamos cartas, y en la segunda carta me dice: 'Sabes, tengo que contarte una cosa, no puedo no contarte'. Él estaba en Ushuaia. 'Yo estoy en Ushuaia, pero estoy en la cárcel... estoy en la cárcel por homicidio. Y necesito que sepas esta cuestión, te puedo explicar todo' -ríe-. Le dije 'no me expliques nada, sigamos escribiéndonos, nomás'".

-El amateurismo que pide en el ajedrez, ¿vale para la filosofía?

"O sea, algo de amateurismo, sí. Yo no tengo ninguna especialización en nada. No soy experto en ninguna cosa. Sé que a otras personas no les funciona, a mí no me funciona ser especialista. Soy intruso, tengo que estar en cosas diversas al mismo tiempo para poder estar bien en filosofía. Para mí esa es la manera de tomar en serio la filosofía, esta cosa como diletante. El diletantismo es muy vital para mí, es muy necesario. Me permite descubrir cosas prácticamente por casualidad".

La alegría de inventar

A Oyarzun lo maravillan esos problemas que, para ser resueltos, obligan "a producir novedad en el pensamiento". Problemas como los de conciliar la omnipotencia de Dios con la causalidad en la naturaleza. Por eso estudió un año y medio de teología cuando "hace rato" ya era ateo. Antes de eso, y también antes de dedicarse a la filosofía, pasó un año estudiando biología, y ahora dice que de haber sabido entonces lo especulativa que era, quizás hubiese seguido.

"Te encuentras con algo que es absolutamente otro -explica Oyarzun sobre su pasión por las ideas-, algo que es totalmente ajeno a tu contexto, a tu horizonte familiar, y no te queda otra más que especular. Esa es la gracia de la filosofía, en algún momento tienes que especular por la fuerza, y ahí se produce una invención. Para mí la filosofía básicamente es la alegría de inventar. Cosa que, por supuesto, a uno no le pasa casi nunca -ríe-. Pero es como seguirle la pista a eso, con mucha admiración y alegría. A mí la filosofía me alegra".

 


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Pablo Oyarzun, en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile.
Pablo Oyarzun, en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile.
Foto:Macarena Pérez

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