Un mapa de esplendores y miserias

 

Los festivales de teatro son genuinos mapas de cómo las artes escénicas transitan por la ciudad que las cobija. En su afán, festivales y mapas exaltan y excluyen hitos del territorio que bregan por representar. Santiago a Mil -nuestro Teatro a Mil- no es la excepción: desde 1994, cada una de sus 26 versiones modela a escala la emergencia de elencos y montajes, escuelas y tendencias, circuitos y salas, y, también, de estrategias de financiamiento y gestión que determinan la suerte del teatro y las artes en el Chile actual.

Aquí, la metáfora del mapa no es trivial. Sirvan algunos ejemplos. Afiches y flyers de la temprana versión del 94 dan cuenta de una empresa que, con claroscuros, apuesta por la recuperación urbana: entonces, liderados por las productoras Carmen Romero y Evelyn Campbell, Alfredo Castro (Teatro la Memoria), Mauricio Celedón (Teatro del Silencio) y Juan Carlos Zagal (entonces, La Troppa) -todos venidos de esa escena under que se fragua en las fiestas contraculturales del Trolley y Spandex- contribuyen a recuperar el Centro Cultural Estación Mapocho y, con ello, a dar visibilidad mediática a un flujo subterráneo que, en plena transición, se estrella con los límites de la frágil democracia.

Quizá, la pulsión juvenil que en la década de los ochenta congrega a sus fundadores en fiestas clandestinas celebradas en espacios desechados sea el germen de las iniciativas que, en las versiones posteriores del festival, apuestan por "tomarse la calle" y por "reciclar espacios": pienso en los periplos de la Pequeña Gigante por las calles del centro cívico (la descomunal marioneta imaginada por los franceses de Royal De Luxe, 2007 y 2013), en la manada de jirafas de color magenta que cruzan el parque Bustamante (exóticas criaturas de los también franceses Compagnie Off, 2013) o en los muñecos, tan folclóricos como surrealistas, de la Paloma ausente de La Patogallina (2017). Y, todo esto, sin contar los innumerables espectáculos diseminados por la ciudad.

Por lo mismo, rescato el que, con defectos y virtudes, este sea un festival que intenta siempre volcarse a la ciudad. Y la ciudad es espacio de cruces e intersecciones. Tal vez, por lo mismo, en su etapa más reciente, el Santiago a Mil -desde 2006 adscrito a la fundación Teatro a Mil- ha apostado por proyectarse como una "aduana cultural" que favorece la realización y circulación de coproducciones.

Después de todos estos años, ¿cuáles son los aspectos que más valoro del Santiago a Mil? Sin duda, la ocupación de la ciudad a través de espectáculos callejeros y el desarrollo sistemático de una agenda de coproducciones. Sé que muchos extrañaran en esta nota alusiones a los grandes maestros extranjeros que, en el contexto del festival, nos han visitado (desde Pina Bausch hasta Bob Wilson). Y, de seguro, tienen razón. No obstante, en la coyuntura actual, a mí me parece más relevante mirar hacia el pasado y evocar esa "sed de ciudad" y esa "voluntad de encuentro" que está presente en el origen de un festival que, en su cartelera, aún lleva inscritas las huellas de los esplendores y miserias de nuestra cultura teatral.

 


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CRISTIÁN OPAZO Núcleo Milenio Arte, Performatividad y Activismo. Pontificia Universidad Católica
CRISTIÁN OPAZO Núcleo Milenio Arte, Performatividad y Activismo. Pontificia Universidad Católica


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