Las ambivalencias de Boric

Joaquín García- Huidobro 

Hoy, la adolescencia tiende a prolongarse. A veces parece que dura hasta los 30 años, o incluso más. Lo propio del adolescente es que a veces actúa como un adulto hecho y derecho y en otras ocasiones se comporta como un niño. El problema nuestro es que nunca sabremos por anticipado cuál de esas modalidades adoptará la próxima conducta del involucrado. Y por eso los adolescentes nos desconciertan.

Con Gabriel Boric pasa algo semejante. Es un diputado que ha dado muestras de gran sentido patriótico y preocupación por el bien común. Basta con pensar, por ejemplo, en la generosidad con que trabajó en la comisión para la infancia, soportando con valentía las críticas de la izquierda. Otro tanto cabe decir de su postura respecto de los derechos humanos en Venezuela y Nicaragua. Boric no es de los que piensan que el encarcelamiento de disidentes, las torturas y las limitaciones a la libertad de expresión son malas sólo cuando las sufre la izquierda. Esto parece bastante evidente, pero en el mundo de la nueva izquierda no siempre es fácil decir ciertas verdades elementales.

En otras ocasiones, sin embargo, él parece olvidarse de sus propios criterios y se comporta de manera irreflexiva. No lo digo yo: él mismo ha pedido públicas disculpas por esos comportamientos singularmente torpes.

La derecha se ha lanzado con todo contra él. Las motivaciones son variadas: unos buscan desacreditarlo, otros expresan la natural indignación ante su conducta, y tampoco faltan los que están enojados simplemente porque esperan más de él.

En todo caso, aunque estos episodios desafortunados se han repetido, y aunque haya sido frívolo o atolondrado, Boric no es una persona que considere que está bien ejecutar a los adversarios políticos, ni de izquierda ni de derecha. Su arrepentimiento es sincero y ya me gustaría que otros procedieran de la misma manera cuando se equivocan.

El problema del diputado me parece que es otro, y tiene que ver con el desprecio de las formas, porque Boric, aunque nació en los pragmáticos años ochenta, es un sesentero nostálgico. Así como hay conservadores que lamentan no haber nacido en el siglo XIII, en el mundo de los caballeros andantes y las cruzadas, nuestro diputado parece no conformarse con haber estado ausente de la toma de la Católica el año 67, o no poder contar sus aventuras en el ardiente mayo del 68 parisino. Y esta nostalgia la expresa en su inveterado desprecio por las formas, y no me refiero solo a su alergia a la corbata.

Las formas, sin embargo, son muy importantes. Ellas constituyen el modo en que mostramos a los demás nuestro aprecio o, al menos, nuestro respeto. Además, son un magnífico antídoto contra el narcisismo, porque nos hacen reparar en las consecuencias de nuestros actos en los demás. Si Boric hubiese tenido una mínima preocupación por las formas, no se habría reunido con Palma Salamanca (cosa distinta es visitar a un preso ya condenado por asesinato), ni jamás habría aceptado la famosa polera con la imagen del acribillado Jaime Guzmán.

Estos rituales o convenciones nos llevan a salir de nosotros mismos y pensar en el otro. En el fondo, intentan ser una modesta aplicación de la regla de oro a nuestra vida diaria: si a ti no te gusta que se burlen del cadáver de Víctor Jara, entonces no participes en el escarnio del cadáver de Jaime Guzmán. Además, no debemos olvidar que los muertos no nos pertenecen, como recuerda Sófocles en su maravillosa y terrible historia de Antígona. Podemos reprochar sus ideas, su papel en la historia o determinadas actitudes suyas, pero a los cuerpos de los muertos hay que dejarlos tranquilos, aunque sean los cadáveres de Mussolini, Franco, Osama Bin Laden o de un mirista que estaba disparando contra una patrulla en septiembre de 1973.

Si Boric hubiese tenido tiempo de reflexionar sobre la importancia de las formas se habría ahorrado varios dolores de cabeza. No debería resultarle difícil, ya que probablemente él mira con simpatía al movimiento de corrección política. Es cierto que esa corriente incurre en muchos disparates, y en ocasiones cohonesta prácticas francamente totalitarias, pero tiene una parte de verdad: no da lo mismo cómo nos tratemos ni el lenguaje que utilizamos.

En este sentido, el problema no es solo de Gabriel Boric: el suyo es un síndrome que nos puede afectar a cualquiera de nosotros. En efecto, ¿tienen razón los que se indignan porque se califique de "fascista" a José Antonio Kast? Por supuesto, basta con abrir un libro de historia escolar para darse cuenta de que sus propuestas nada tienen con el Duce. Si esto es así, si se trata de una acusación injusta e históricamente disparatada, ¿por qué algunos de sus adherentes se refieren a las feministas radicales como "feminazis"? ¿Piensan acaso que son lectoras habituales de Mi lucha, o que promueven la instauración de campos de exterminio? Otro tanto sucede con los que hablan de "upelientos".

Como se ve, estas incoherencias no son patrimonio de Boric. Espero que tampoco sea patrimonio suyo la capacidad de arrepentirse.


El arrepentimiento de Boric es sincero y ya me gustaría que otros procedieran de la misma manera cuando se equivocan. Su problema me parece que es otro, y tiene que ver con el desprecio de las formas, porque, aunque nació en los pragmáticos años ochenta, el diputado es un sesentero nostálgico.

 


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