La mala fama del editor de Rolling Stone

Una monumental biografía sobre Jann Wenner, el visionario responsable de la revista de rock más trascendente de los últimos 50 años, lo presenta como un personaje despectivo y arrogante, pero que también actuaba como fan apasionado de estrellas como Mick Jagger y Bono.  

Felipe Rodríguez 

Jann Wenner lo tenía todo calculado. A comienzos de 2013, el editor de Rolling Stone, la revista de rock más importante de Estados Unidos, planeaba celebrar los 50 años de su creación -que se cumplirían en 2017- en forma fastuosa. En su cabeza imaginaba fiestas, libros monumentales, un especial televisivo de tres horas y un documental de varios capítulos emitido por HBO.

Pero había algo que lo seducía aún más. Narrar en una biografía su particular existencia desde sus inicios en San Francisco con una pequeña revista que cubría el underground musical hasta sus reuniones con Obama en la Casa Blanca o sus viajes en su avión privado y sus paseos en yate junto a amigos como Jackie Kennedy.

Wenner conoció en una comida a Joe Hagan, periodista freelance , con pasado en la propia Rolling Stone -donde nunca se toparon- y medios como The Wall Street Journal, y creyó que era el indicado para relatar su vida. Hagan, por su parte, también cayó abducido por las historias de Wenner. Le contó sobre el día en que le estrechó la mano a Bob Dylan en 1969, la ocasión en que se puso unos pantalones de Mick Jagger y las conversaciones que tuvo con John Lennon -la figura de su primera portada- en un viaje en auto.

Hagan accedió a los archivos fotográficos de Rolling Stone y llegó a un acuerdo con Wenner: realizar una biografía no autorizada. El editor aceptó no poner trabas. Durante las decenas de horas de entrevistas, Hagan se encontró con un tipo soberbio y arrogante que amplificaba historias y que trataba de influir en su trabajo mostrándole conversaciones por mail con Bono de U2 o Bruce Springsteen o que le enviaba un cofre con la discografía completa en vinilo de The Beatles en formato monofónico.

Hagan, periodista sagaz e investigativo, repasa en "Sticky Fingers, la vida y la época de Jann Wenner y la revista Rolling Stone", el ascenso fulgurante de un medio periodístico que se transformó en material de lectura indispensable para los seguidores del rock de los 60 en adelante, pero también describe -a través de decenas de entrevistas con colaboradores de Wenner- el carácter ambicioso y antipático de un hombre que, con poder en sus manos, se convirtió en un ser humano déspota, incapaz de sentir compasión por los problemas que afectaban a sus más cercanos.

Su enemigo Paul Simon

Pese a ser un medio contracultural, Wenner tenía aversiones profundas. Despreciaba poner en portada a un negro -el primero que apareció fue Miles Davis- porque, decía, se vendían menos números. Cada vez que podía destrozaba a Paul Simon. El odio arrancaba en su corazón: el ex socio de Art Garfunkel se había enamorado de una novia de juventud y, en décadas posteriores, tuvo un flirteo con Jane Wenner, la mujer del editor de Rolling Stone. Y, claro, Wenner no lo perdonó.

Sin embargo, también ocupaba su ingenio para captar más lectores -y, por consiguiente, auspicios-. En sus primeros números, regaló junto a la revista un gancho pequeño, ideal para sostener un cigarrillo de marihuana. Asociado al Partido Demócrata, en sus páginas se mostraba a favor de la legalización de las drogas. La última foto de Lennon desnudo y acurrucado junto a Yoko Ono justo horas antes de morir fue portada en la edición post mortem del británico. Dio visibilidad nacional -y también global- a su revista al incorporar como redactor a Hunter S. Thompson, uno de los popes del llamado nuevo periodismo, y quien a comienzos de los 70, abordó un estilo de escritura nuevo y arriesgado, con más opinión que reporteo, en trabajos como "Miedo y asco en Las Vegas" -luego llevada al cine por Terry Gilliam-, sobre un viaje escrito en primera persona donde consume una cantidad espectacular de drogas, y quien cubrió la campaña presidencial de 1972 con aplausos y admiración de los lectores. Ese nuevo método de escritura -junto a otro sobresaliente de esa época, Tom Wolfe- aumentó el prestigio de Rolling Stone y transformó a Wenner en el editor más respetado de EE.UU..

Sin embargo, también tenía sus demonios internos. Consumidor compulsivo de alcohol y, posteriormente, con problemas por el abuso de cocaína, Wenner luchaba contra sus impulsos sexuales. Tras estar casado más de veinte años con Jane Wenner, una hermosa mujer que ayudó a conseguir parte de los 7.500 dólares necesarios para echar a andar la revista, el editor tuvo amoríos con varios hombres, entre ellos -según el libro- Richard Gere y John Travolta. Su bisexualidad era comidillo en las reuniones sociales. Un silencio que finalizó en 1995 cuando se emparejó con el modelo Matt Nye, con quien sigue hasta hoy.

En los 80, con el rock sin la fuerza transgresora de los 60, la revista decantó en portadas con las estrellas de Hollywood. Wenner, hasta esos años conocido por su olfato para destapar nuevas historias, comenzó a domesticarse. A amigos como Michael Douglas -con quien compartía vacaciones y aficiones como el esquí- les otorga varias portadas y a amigos como Jagger, Dylan, Bono y Paul McCartney -con quien estuvo años distanciado por su preferencia por Lennon- les realiza entrevistas, pero con un añadido. Antes de que los textos se impriman, les envía los artículos para que ellos corrijan y decidan qué es lo que quieren que se lea.

Lo más llamativo del monumental libro es el desplome del poder de Wenner. En 2008, un reportaje mal investigado sobre una supuesta violación masiva a una estudiante en la Universidad de Virginia le genera pérdida de credibilidad y, peor aún, indemnizaciones millonarias. Luego, se rompe una cadera jugando tenis, debe vender su avión privado por las deudas, sufre un infarto y entrega el poder editorial a su hijo Gus, un inexperto joven de menos de 30 años que lo único que manejaba con pericia eran los videojuegos.

Esos latigazos de la vida lo llevan a vender el 51% de su revista a unos nuevos dueños que, conscientes del poder de internet -y aunque la revista sigue activa en cinco continentes-, deciden publicar en papel solo una vez al mes. "Esta revista es mi vida y pese a que la aparición de internet fue lo peor que le pudo pasar al periodismo, creo que es patrimonio de EE.UU. y el mundo. Nosotros inventamos una forma de hacer periodismo", dijo Wenner hace unos meses en una charla, convencido de que su nombre quedará en la historia del rock como un revolucionario de las letras.

 


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